Historia de dos polis: uno blanco y otro negro
«El calor pegajoso, que se contagia y se incrusta en la piel. Sparta y Córdoba tienen mucho en común»
'En el calor de la noche' es una película dirigida por Norman Jewison y estrenada en 1967. El largometraje se desarrolla en Sparta, un pequeño pueblo perdido de Mississippi. Y bien podría haberlo estado en Córdoba. Los protagonistas principales son dos 'maderos'. Uno blanco, el jefe de la policía del lugar Bill Gillespie interpretado por el gran Rod Steiger, y otro negro, el sofisticado inspector de homicidios Virgil Tibbs encarnado por Sidney Poitiers. El argumento de la película gira en torno a la aparición del cadáver del potentado del pueblo tirado en un callejón en mitad de la madrugada, a los dos policías, al calor pegajoso y tórrido del lugar y a una serie de personajes sacados de la white trash de la América profunda y racista de la década de los 60.
Aparentemente, Gillespie y Tibbs son dos tipos muy diferentes, pero no tanto. Se podría decir que el papel protagonista es el que encarna Poitiers, pero no es así. Gillespie, el ajado jefe de policía con sobrepeso que no para de masticar chicle -nunca se ha visto masticar chicle en la historia del cine como lo hace el bronco jefe Gillespie en esta película-, va camino de los sesenta sin esposa ni hijos, y bebe cola Dr. Pepper mientras se queja de que hay que engrasar el aire acondicionado de su oficina, a base de golpes contra el aparato. El jefe de policía es un antihéroe, un perdedor solitario en el fin del Mundo que bebe bourbon Wild Turkey por las noches. En cambio, el brillante inspector negro Tibbs, elegante e impoluto, representa su némesis ganadora, al triunfador. Juntos deben resolver el homicidio y salvarse el pellejo mutuamente.
Apenas se sabe algo del pasado del Jefe Gillespie. Se diría que llegó a Sparta huyendo de mil fracasos, comparado con el brillante detective e inspector del departamento de homicidios de policía Tibbs al que detienen por error de madrugada en la estación de trenes mientras espera un transbordo para ir a visitar a su madre.
Película tórrida, donde hay trenes de mercancías, perros sabuesos, ventiladores, jóvenes pandilleros delincuentes, chevrolets con matrículas con la bandera confederada, un departamento de policía de Sparta que es como otro millón de comisarías de pueblos a lo largo del sur de Estados Unidos, un café de carretera donde sirven -o no- pasteles, moscas, caciques, negros recolectando en los campos de algodón, tractores John Deere, el salpicadero del coche del ayudante -interpretado por el gran Warren Oates- del jefe Gillespie, la radio que cuelga del retrovisor, una antena de radio que baila como nunca sobre la carrocería del coche patrulla, una butaca desvencijada, una mesa coja, chicas semidesnudas que beben coca-cola en las cocinas de sus casas con porche en la madrugada porque no pueden dormir a causa del calor.
Obviaré destripar el final de la película por si algún insensato y afortunado lector aún no ha visto esta inigualable película. Con una inquietante banda sonora compuesta por Quincy Jones y con una canción de Ray Charles.
Esta película no es para novatos, no. Sí lo es para verla en Córdoba una noche de verano, acompañado tan solo de un viejo ventilador, a ser posible, mientras a uno le caen gotas de sudor en la noche y bebe limonada fría. El calor pegajoso, que se contagia y se incrusta en la piel. Sparta y Córdoba tienen mucho en común.
Desconozco el estado actual de los cuerpos de policía pero ruego a Dios que si alguna vez me detiene alguien de la pasma -todo llegará- que sea el jefe Gillespie o el inspector Tibbs, este tándem de policías irrepetibles que han pasado a la historia del cine. Cualquier cosa antes de que la Policía del Pensamiento único me dé caza.