Aventuras en un SancheskiÁlvaro García de Luján Sánchez de Puerta

La maldición del Látigo Macareno

«No me gusta la Feria. Bueno, sí. En todo caso, solo un poco. No mucho, realmente. Yo qué sé»

Era Feria, muy tarde, y nadie sabía muy bien hacia dónde tirar. Porque, bien es verdad, era ya de madrugada y solo quedábamos unos cuantos en pie aquella noche no tan lejana: Manolo «el Rata», Guille «Willy el Tuerto» -tenía un ojo a la virulé y éramos fans de Los Goonies- y yo. Poco a poco, a lo largo de la noche, los demás, el resto de la pandilla, fueron ahuecando el ala, entre amores de una sola noche junto al río, remordimientos, y peleas de navajas apenas asomadas, casi por intimidar. No hace tanto de todo aquello.

Era aquel un martes de Feria y era una de esas noches sensuales y calurosas cordobesas de finales de mayo, y todo parecía estar demasiado lejos. Las novias, como si existieran, revoloteaban un algo en el delito pero en otra galaxia. De pronto, dentro de una caseta, algo voló. En un momento, dos tubos de vasos de cristal volaron sobre nuestras cabezas y fueron a estamparse y estallar en la pared, justo en frente. La fiesta empezaba. Había movida. Estábamos en la Feria más políticamente incorrecta. Y sonreímos.

Pero, ¿qué es una Feria? ¿de qué va esto de la Feria de Córdoba? Se preguntará alguno meciendo sus cabellos untados de gomina Giorgi o acariciándose la barbilla tal un aspirante a filósofo posmoderno petao de albero hasta las cejas y calzando botos de Maldonado, mientras observa atónito el por qué de esa lujuria de luces de la portada desproporcionada. ¿Es obscenidad o es que soy yo, que soy un primaveras, y me he pasado tres pueblos con el Fino Cebolla? Discurrirá nuestro amigo, herético frente a esa tormenta de luces de colores que da paso al Real o a un interminable salón de bodas, según se mire.

Vayamos por partes, como diría Jack «el Destripador» (lo sé, pero no lo he podido evitar). Existen varias, muchas Ferias en una sola. Está la de las casetas tradicionales, formal y distante; también la de las Peñas, con su cutrelux, concierto de copla en directo y su cercanía popular; la de los partidos políticos, que para qué; o la de los modernos, perdón por el disparate, de aires latinos y canción de Ska-P.

Y después, para terminar, la favorita de todos los elegantes outsiders -entre los que, permítanme esta licencia, me incluyo- que no caben en las otras ferias: la de la Calle del Infierno. Es este un hábitat particular, diferente, marginal si me apuran, en el que casi todo está permitido, como si de una reserva espiritual de Occidente llena de indios cheyenes de las Grandes Llanuras habláramos. Es un territorio a donde los guripas no entran, sabedores que tras su frontera la Feria deja de ser inclusiva para convertirse en fábrica de armas de destrucción masiva. No son bienvenidos; sobre todo de madrugada. Allí, quienes mandan son los feriantes: lata de cerveza caliente marca blanca en mano, cigarro negro en boca, controlando los vaivenes de un lugar llamado peligro. Estos son los dueños del cotarro y más nos vale no soplarles el cogote, mientras vigilan por que algunos de sus clientes encaramados en la barca vikinga no salga disparado ni que otro de los de su gremio usurpe su pedazo de solar. Porque luego, como todos los años, pasa lo que pasa en ese territorio sin ley.

Pasada la medianoche, la Calle del Infierno no es para aficionados ni para activistas de ONG. Porque allí es donde pasan las cosas, en un universo paralelo a la otra Feria donde nada es lo que parece. Ni tan siquiera el Látigo Macareno, el favorito de todos aquellos que conformamos el hampa de El Arenal. Esta inigualable atracción de feria es la de mayor éxito de «Atracciones Macareno», un clásico que viaja de feria en feria desde hace décadas por las tierras de España.

Algún día de Feria quedaremos, después de varios años, «El Rata», «Willy el Tuerto» y yo. Como protagonistas de una película de bajo presupuesto, pasaremos de largo el recién estrenado «Punto Arco Iris» y cruzaremos la frontera del Infierno, a escondidas, tal unos espaldas mojadas en mitad de la madrugada y saludaremos a nuestros amigos los feriantes, de francachela y parranda, y nos montaremos una vez más en el Látigo Macareno. Ya rozando el alba, nos guareceremos en Hamburguesas Uranga.

No me gusta la Feria. Bueno, sí. En todo caso, solo un poco. No mucho, realmente. Yo qué sé. Porque, ¿es la Feria un cruce de caminos? ¿es una horterada kitsch? ¿un desaguisado divertido? ¿un concepto etéreo en un atrezzo imposible, tal vez? ¿una canallada sin sentido? ¿dónde está esa caseta donde ponen pasodobles?

Con la Feria ocurre algo como le pasó al doctor Frankenstein al crear su monstruo en la novela de Mary Shelley: que sabes cómo empiezas pero no cómo acabas.

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