Por derechoLuis Marín Sicilia

El mayor daño moral

«Posiblemente estemos en la fase final de la podredumbre sanchista, esa que comenzó construyendo un monstruo Frankestein para ocupar el poder»

Ketty Garat, en su denso y documentado libro sobre los hombres de Sánchez, argumenta con indicios suficientes que las correarías mujeriegas de Abalos fueron el pretexto para cesarlo, pero que en realidad se trataba de quitar de enmedio al que estaba compitiendo con Zapatero en el rentable negocio del tráfico de influencias y las mordidas derivadas de la corrupción politica. De ahí aquel «¿qué pasa, que vas por libre?» que Sanchez soltó refiriéndose a Abalos. Pese a ello, dos años después de cesarlo, la regla no escrita de la «omerta» hizo conveniente rescatarlo e incorporarlo a las listas electorales para asegurar su silencio.

Hace escasamente una semana, nada más terminar las elecciones andaluzas, se produjo la imputación por corrupción del expresidente Rodríguez Zapatero, el faro y guía del sanchismo, convertido por Sánchez en su más fiel aliado para adormecer a una militancia absorta ante un «Bambi» convertido en imagen de la bonhomía, la humildad y la decencia pública, talismán y espejo donde mirarse la fiel infantería socialista. El auto judicial, citándole como investigado, es tan contundente en la exposición de los indicios delictivos que ha provocado un verdadero seísmo en los cimientos del sanchismo. Y ha acreditado, una vez más, la vocación populista y el doble rasero de quienes aún apoyan a Pedro Sánchez, incapaces de entender lo que es un régimen democrático con división de poderes.

Posiblemente estemos en la fase final de la podredumbre sanchista, esa que comenzó construyendo un monstruo Frankestein para ocupar el poder, apoyado por ideologías radicalmente opuestas pero inspirado en ordeñar a un país entero para satisfacer sus dispares intereses. Los distintos miembros que dieron vida a esa criatura política, sobre cuya perversion ya advirtió Rubalcaba, han ido pudriéndose más de lo que ya estaban y hoy solo sostienen al Gobierno algunos corruptos que se disfrazan de honrados, otros pocos aprovechados para sacar tajada, algunos aduladores serviles, diversos estómagos agradecidos, obsesos izquierdistas tan originales y obsoletos que no quieren que gobierne Franco y parte de una sociedad inerte incapaz de exigir responsabilidades. No hay en ellos ni un solo principio armónico que los defina, sólo su interés particular y excluyente, todos afanados solamente en cobrar su hipoteca a cambio de mantener en el poder a Sánchez.

En la última sesión de control parlamentario al presidente del Gobierno, Feijoo fue contundente en su diagnóstico: «Sin su Consejo de Ministros, Zapatero no habría podido delinquir», una sentencia tan certera que es la clave de lo que puede ocurrir si se confirma el tráfico de influencias del que se acusa a Zapatero. Porque no es mera casualidad que, desde el primer día y aprovechando su cercanía al poder, se dedicaran a mejorar su economía la esposa del presidente, su hermano y sus dos secretarios de organización, al tiempo que el ejemplar Zapatero monopolizaba áreas de poder económico en regímenes totalitarios mientras todos ellos proclamaban su limpieza política y su afán protector de los débiles.

Las indagaciones policiales parecen acreditar que Zapatero era el peaje que empresarios chinos pagaban para conseguir petróleo venezolano, así como que sin el expresidente español no era fácil mover el hidrocarburo de Venezuela. Y también está acreditada la actividad lobista irregular de Zapatero en el régimen comunista asiático y ciertas conexiones marroquíes. El maridaje de Sánchez y ZP quizá explique, además del viraje de la política sobre el Sahara, la última obsesión sanchista con sus reiteradas visitas a la republica china y la legítima sospecha de que compartía con Zapatero la preparación de su futuro.

«Ser socialista es tener poco y estar dispuesto a dar mucho», exclamó Zapatero enardeciendo a la militancia. Una frase que le perseguirá como ejemplo del concepto de la honestidad y la decencia que algunos tienen, expresándola sin desahogo mientras incrementan su patrimonio de forma poco ortodoxa y transparente. «Esto ya no se sostiene» parece oirse por todos los entornos del Gobierno y del partido socialista, abatidos por acontecimientos vergonzosos que, como mínimo, son políticamente inaceptables. Y resultan ridículas esas excusas del orfeón papagayo sincronizado sobre la legitimidad de hacer negocios los expresidentes, ocultando que lo condenable no es hacer negocios sino realizarlos con ventajismo político y comprando voluntades en perjuicio del interés público.

En la fiction literaria de Mary Shelley una criatura de despojos formó el monstruo de Frankestein. En nuestra vida real, una diversidad de intereses dio vida a un Gobierno imposible sumergido en la descomposición. En la ficción, la incapacidad de una vida digna de los miembros de aquel ser putrefacto provocaron su fin agónico; en la actualidad política, los diversos elementos que sostienen al Frankestein gubernamental estarán tan podridos como él si no cejan en su empeño de mantenerlo a costa de las visceras de una nación que merece mayor respeto.

Hoy, que se conocerá el sumario que imputa a Zapatero, resulta patente, como mínimo, la doble moral, el engaño de un buenísmo que engatusó a tantos falsos progresistas. Pero con ser ello grave y deleznable su conducta criminal, si se acreditan los hechos imputados, lo que más duele al ciudadano medio es el daño que ese contador de nubes ha hecho a la convivencia ciudadana. Desde 2003 en que suscribió el ominoso Pacto del Tinell, Zapatero se empeñó en que hubiera más tensión social, como dijo a Gabilondo en televisión, resucitando el guerracivilismo de las dos Españas e inaugurando un periodo de polarización inaguantable para un país decente. Y eso no hay sanción penal suficiente que limpie el daño moral irreparable que se ha hecho a un país que apostó hace casi medio siglo por convivir en paz, mirando al futuro sin sectarismos en un empeño colectivo.

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