C.S. Lewis ya lo vio
«Es dramática la anemia de la imaginación en la educación actual»
Estos días de verano me han dado la oportunidad de volver a Las Crónicas de Narnia de C. S. Lewis. Las peripecias narradas en el Libro VI, La silla de plata, me han hecho pensar en lo que de profético tiene un dato de la aventura que tiene por protagonista a la niña Jill Pole que sufre y llora por su estancia en el colegio y el «bullying» que parece que le están haciendo.
Todo comienza con las lágrimas de Jill Pole detrás del gimnasio de su colegio. Lewis, ya de antemano, advierte que no se va a tratar de «un relato escolar» pero es curiosa la descripción que del colegio y de lo que se denomina «Escuela Experimental» hace. El problema estaba en «la confusión mental de los que la dirigían». «Eran personas que pensaban que había que permitir que a los alumnos hacer lo que quisieran». Evidentemente no había ni expulsiones ni castigos. Consideraba el director – más adelante será directora - que «eran casos psicológicos muy interesantes y los hacía llamar a su despacho y conversaba con ellos durante horas. Y claro, “si uno sabía que decirle, acababa convirtiéndose en un alumno favorito en lugar de todo lo contrario». Es más, «debido a los curiosos métodos de enseñanza de la Escuela Experimental, uno no aprendía demasiado Francés, Matemáticas o Latín o cosas parecidas; pero sí aprendía como escabullirse – es el caso de Jill Pole – de prisa y sin ruido» cuando los malotes te buscaban. Y ni que decir tiene que «los alumnos de la Escuela Experimental no habían oído hablar de Adán y Eva», porque, entre otras cosas, «no se fomentaba el uso de la Biblia»
Las peripecias harán que Jill Pole aprenda que puede que no entienda las cosas tan bien como cree pero el primer paso será «siempre recordar»: «Recuerda las indicaciones y cree en ellas. Nada más importa». También aprende que aunque olviden unas consignas todo es subsanable desde la obediencia. Pero lo que de verdad aprende Pole es lo que recibe del curioso personaje que es «Charcosombrio» en su enfrentamiento dialéctico con la «Bruja Blanca». Esta le conmina: -«[…] fijaos en cómo no sois capaces de introducir nada en vuestra simulación sin copiarlo de mi mundo real, que es el único mundo. Pero incluso vosotros, niños, sois demasiado mayores para un juego así». A lo que «Charcosombrio» responde:
- «Supongamos que no hemos hecho más que soñar o inventar todas esas cosas: árboles, hierba, sol, luna, estrellas y al mismo Aslan. Supongamos que sea así. Entonces todo lo que puedo decir es que, en ese caso, las cosas inventadas parecen mucho más importantes que las reales. Supongamos que este pozo negro que tenéis por reino es el único mundo. Pues lo cierto es que me resulta muy poca cosa. ¡Qué curioso! No somos más que criaturas que han inventado un juego, si es que tenéis razón; pero nuestro mundo ficticio deja en mantillas a vuestro mundo real. Por eso voy a quedarme en ese mundo imaginario. Estoy del lado de Aslan incluso aunque no exista para actuar de guía. Voy a vivir de forma tan parecida a la de un narniano como pueda, aunque no exista Narnia».
Verdaderamente C. S. Lewis lo vio en su ironía con respecto a esta hipotética «Escuela Experimental». Vio la tendencia de la educación moderna a «ignorar las propiedades simbólicas de las cosas». Vigen Guroian ha denunciado la incapacidad de los alumnos para «reconocer, crear y utilizar metáforas». En su opinión se muestran los alumnos desconcertados al leer novelas que les exigen encontrar «conexiones internas de personaje, acción y narrativa». Es más, parecen incapaces de leer «símbolos», porque han sido educados para buscar únicamente «hechos», que requieren poca o ninguna interpretación. Es dramática la anemia de la imaginación en la educación actual pues es «la imaginación la que interpreta, la que da sentido al mundo al ‘unir puntos’, al descubrir conexiones entre cosas, eventos y cualidades que de otro modo permanecerían invisibles» (S, Caldecott).
Post data: La historia termina en un primer momento con el nombramiento de la directora como «inspectora para que pudiera entrometerse en el trabajo de otros directores» y, en un segundo momento, con la introducción de la directora «en el Parlamento, donde vivió felizmente para siempre».