Más equipo que selección
«Independientemente del resultado de esta tarde-noche se podría decir que la participación de la selección española de fútbol en este Mundial 2026 ya ha sido un éxito»
Independientemente del resultado de esta tarde-noche se podría decir que la participación de la selección española de fútbol en este Mundial 2026 ya ha sido un éxito. El seleccionador nacional, Luis de la Fuente, al término de la semifinal insistió en que la clave radicaba en que se trata de un grupo que es «más equipo que selección». Lo cierto y verdad es que no tengo ni idea de futbol pero la hipotética fórmula «más equipo que selección» da que pensar. Por lo que, a lo mejor, sería útil que nos preguntáramos: -¿Y si todos nos aplicáramos el cuento? ¿Es transportable la fórmula a nuestra realidad como sociedad o como país?
No hace mucho recordaba en esta misma ventanita digital un interrogante de Chesterton en El Napoleón de Notting Hill: «¿Qué es un Estado sin sueños?». Claro que en la misma obra, escribiendo en pretérito imperfecto, realmente está conjugando en futuro simple: «La democracia había muerto, porque nadie tenía interés en que la clase gobernante gobernase». No hay más que remitirse a un ejemplo. En estos mismos días hemos podido ver como el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha considerado que los intereses financieros de la Unión Europea no se vieron afectados con el golpe independista catalán. Constatado el dato solo cabe preguntar: ¿Para qué sirve entonces la Unión Europea? ¿Se trata de «un equipo» o de «una selección de intereses más o menos espurios»?
Como la cuestión parte del deporte rey, tal vez sea sugestivo reflexionar con una de las escasísimas reflexiones de Chesterton sobre el deporte. En su obra Lo que vi en América nos recuerda que los deportistas «soportan un régimen ascético que no puede compararse con ningún ascetismo monástico y apenas con ningún militarismo». Es más, considera que serán recordados los deportistas – se entiende que de élite – «como una misteriosa orden religiosa de faquires o bailarines derviches que se afeitaban la cabeza y ayunaban para honrar a Hércules o a Cástor y Pólux». El drama proviene de un hecho tal como que en «esta atmósfera espiritual» los dioses han desaparecido y todo se reduce a «una religión subconsciente y, por lo tanto, irracional». Es cierto que pocas cosas – como vivimos en estos días con el antecedente de 2010 – unen más que este «equipo» y que algo de identidad nos da; pero también es cierto que la identidad de una sociedad o nación, si bien se hereda, también está muy necesitada de que sea cultivada, alimentada y celebrada y en esto, creo que todo podemos estar de acuerdo, no solo basta un deporte por mucha capacidad que tenga de aglutinar o de generar una cierta mística de identidad patria.
En estas lides – lo siento, pero vuelvo a Chesterton – es tremendamente oportuno recordar que «el principal aspecto psicológico del patriotismo reside en el hecho de que este nunca se jacta de la grandeza de su país, sino siempre, y necesariamente, de su insignificancia». Si bien «solo cuando estamos suficientemente seguros de que sabemos apreciar las fuerza de una nación, entonces, y no antes, estaremos legitimados para juzgar su debilidad». Seremos «equipo» cuando evitemos aspavientos innecesarios al preguntarnos con cierta humildad y sabiduría: «¿Qué ha sido de todas aquellas figuras ideales que van desde el Sabio del estoicismo hasta el deísta demócrata del siglo dieciocho? […] ¿Qué ha sido de aquella dorada liberalidad que los humanistas hallaron en las altas mesetas de la cultura helénica, del equilibrio sereno en la belleza que tanto escasea en el mundo moderno?». «Hemos vivido para conocer un tiempo en el que la leyenda heroica de la República y el Ciudadano que para Jefferson fue la eterna juventud del mundo, han empezado a envejecer llegada su hora». Chesterton lo tiene muy claro: «Los hombres, poco a poco, se irán dando cuenta de que la democracia no tiene sentido si nada tiene sentido, y que nada tiene sentido si el universo no posee un centro de significación y una autoridad que es autora de nuestros derechos».
Finalmente, y a modo de ejemplo, tomemos el pulso al mundo de la educación. Difícilmente nos constituiremos en equipo – situaciones como la ignorancia generalizada de los jóvenes en temas culturales lo hacen más que apremiante – si los mejores estudiantes, como suele ser el caso, no quieren ser profesores y si la política de inmigración introduce en las aulas otras lenguas y otras actitudes ante el conocimiento y, a veces, hasta con una hostilidad cultural al país receptor (así lo ha reconocido recientemente la pedagoga Inger Enkvist). El equipo se construye con no poca dificultad cuando, por ejemplo, los sindicatos solo luchan en primer lugar y casi exclusivamente en el sector público, donde sus adversarios son sus conciudadanos. A lo que habría que añadir el interrogante: ¿Qué puede hacer una familia occidental que no esté de acuerdo con las políticas educativas del gobierno de turno? Lo dicho, hacer «Equipo».