EditorialLa Voz de Córdoba

Córdoba también da la cara

Uno de los argumentos más sorprendentes ante una crisis como la de Ceuta lo podemos encontrar en la verdadera batalla que se libra desde hace años y que no es otra que la narrativa: la invasión de una ciudad española se reduce a un episodio humanitario en el que, cómo no, se trata de acotar a una gestión de buenos y malos. Es uno de los principios de la propaganda nazi establecidos por Goebbels: la simplificación del problema y el enemigo único, que no es, en todo caso, quien invade, sino quienes reclaman defender la soberanía. Así, los socialistas tocaron a rebato y se quitaron de en medio de las concentraciones del pasado miércoles alegando que estas estaban manipuladas por PP y Vox, a pesar de haber sido convocadas por la Federación Española de Municipios y Provincias. Si nos ponemos el traje de abogado del diablo, ciertamente hay que hacer caso a un socialista cuando habla de manipulación, porque de eso entienden, y bastante. Pero en esta ocasión quedó más patente el terror que el PSOE siente ante lo que no controla: no ya la FEMP, sino al propio pueblo español, que no comulga con ruedas de molino.

Ante la realidad de los acontecimientos, y también de la preocupación y el hartazgo ciudadanos, bien pronto se pasó a trabajar ese principio de simplificación: los que acudían a esas manifestaciones abrazaban la polarización y el odio, según el relato socialista. Pudimos comprobarlo en las redes sociales de este periódico, cuando varios usuarios se dedicaron a acusarnos de ello —por el mero hecho de publicar la noticia— y a señalar a aquellos que, desde su respetable y autónoma decisión, manifestaban su intención de acudir a la concentración de Capitulares.

Desde luego que fracasaron en su señalamiento. También lo ha hecho el PSOE, sobre todo porque ha tratado a miles de ciudadanos como idiotas embaucados —además de mala gente— por estar en su soberano y adulto derecho a salir a la calle a defender la soberanía de la nación y a exigir a su gobierno que actúe ante un acontecimiento como el ocurrido en Ceuta.

No queremos dudar, no obstante, de los alcaldes socialistas que se desmarcaron de la orden y la estrategia de su partido. Las disidencias en política se pagan caras. Pero no podemos olvidar que, en muchos casos, estos alcaldes, futuros candidatos en las próximas elecciones municipales, tendrán que explicar en su pueblo por qué no estuvieron a la altura de lo que la mayoría de sus ciudadanos reclama: la defensa de España. Ni más ni menos. De ahí que, aunque fuera cambiando la hora, convocaran la concentración, eso sí, con la consabida pátina progre de la «solidaridad» (con Ceuta), no fuera a ser que los confundieran con los ogros que demandan la repatriación de los asaltantes.

El PSOE y sus socios siguen con ese encuadre, aunque estos últimos, nadando y guardando la ropa (saben que fuera de la política para ellos va a hacer mucho frío): manifestarse es polarizar. Protestar es abrazar el odio. Exigir soluciones que no pasen por acoger a los ilegales es fascismo.

Pero la mayoría de los españoles ya no traga con ese chantaje estético y sentimental. Lo demostraron el pasado miércoles. Miles de cordobeses también lo pusieron de manifiesto desbordando el centro de la ciudad. Y si Dios quiere y Pedro Sánchez no lo impide, lo dejarán meridianamente claro las urnas el próximo año.

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