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HOY ES DOMINGOJesús Higueras

Saber corregir y dejarse corregir

Hay ocasiones en las que amar significa también corregir. En determinadas circunstancias, callar no es prudencia, sino comodidad

«Si te hace caso, has salvado a tu hermano». Hay palabras del Evangelio que, escuchadas con atención, nos descubren una responsabilidad que quizá preferiríamos evitar. Jesús no dice que dejemos a nuestro hermano equivocarse tranquilamente, ni que pensemos que sus decisiones son asunto exclusivamente suyo. Hay ocasiones en las que amar significa también corregir.

Pero corregir no es fácil. Y hacerlo bien, todavía menos.

Para corregir a alguien hace falta, antes que nada, partir de la verdad y del amor. No se trata de demostrar que tenemos razón, ni de colocarnos moralmente por encima de aquel a quien corregimos. Quien corrige desde la soberbia, desde el resentimiento o desde el deseo de humillar puede decir una verdad y, sin embargo, conseguir que esa verdad no sea escuchada.

Porque la verdad necesita también un corazón que sepa acogerla. Y quien pretende ayudar a otro tiene que preguntarse primero desde dónde habla. No es lo mismo decir «eso que estás haciendo puede hacerte daño» que decir «siempre haces las cosas mal». No es lo mismo buscar el bien del otro que aprovechar su error para descargar sobre él nuestra propia irritación.

Jesús nos recuerda algo importante: si nuestro hermano se equivoca y nosotros podemos ayudarle a reconocerlo, no debemos mirar hacia otro lado. «Si te hace caso, has salvado a tu hermano». Es una expresión fuerte. Significa que, en determinadas circunstancias, callar no es prudencia, sino comodidad. A veces preferimos no complicarnos la vida, evitar una conversación incómoda o conservar una relación aparentemente tranquila. Pero el verdadero amor no siempre consiste en dejar que el otro siga su camino sin decir nada.

Saber corregir es un acto de amor. Un acto de amor difícil, porque exige valentía, delicadeza y humildad. Y exige también aceptar que quizá nuestra corrección no sea recibida. Podemos ofrecer la verdad; no podemos obligar al otro a aceptarla. Pero nunca debemos olvidar que todo aquello que se dice con crueldad o con dureza de corazón difícilmente será escuchado.

Y hay una segunda parte, quizá todavía más difícil: dejarse corregir.

Aceptar que otra persona nos diga que estamos haciendo algo mal es una de las pruebas más claras de humildad. Todos tenemos argumentos para justificarnos. Todos encontramos rápidamente una explicación que nos permite quedar bien ante nosotros mismos. Y, cuando alguien nos señala un defecto, resulta tentador responder recordándole los suyos: «¿Y tú quién eres para decirme eso?», «mira quién habla», «tú tienes muchos más defectos que yo».

Pero esa reacción nos hace perder una oportunidad preciosa.

Si alguien nos dice algo verdadero sobre nosotros, aunque nos duela, habremos ganado mucho si somos capaces de escucharlo. Tal vez descubramos un defecto que no veíamos, una actitud que necesitábamos cambiar o una herida que estábamos causando a otros sin darnos cuenta. Y si lo que nos dicen no es verdadero, también podemos ganar algo: humildad, paciencia y capacidad para no responder con agresividad.

Quizá por eso dejarse corregir sea una señal de inteligencia. El inteligente no es quien cree que nunca se equivoca, sino quien sabe que siempre puede aprender algo, incluso de quien le incomoda.

Corregir con amor y dejarse corregir con humildad son dos caras de una misma virtud: querer sinceramente el bien del otro y el propio. Porque todos necesitamos alguna vez que alguien nos diga: «Por ahí no». Y todos necesitamos tener la humildad suficiente para escuchar.

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