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Una forma muy sutil de negar a Jesucristo

Cada época ha tenido la tentación de fabricarse una versión de Jesucristo. Hemos conocido al Jesús revolucionario, al Jesús sentimental, al Jesús reducido a maestro de moral, al Jesús combativo utilizado para justificar enfrentamientos políticos, al Jesús convertido en símbolo de causas sociales. También hoy podemos caer en ese error.

«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». La pregunta que Jesús hace a los discípulos podría parecer una encuesta de opinión. Jesús quiere saber qué se comenta de Él, cómo es percibido por quienes le escuchan. Pero evidentemente, Él no necesita conocer su popularidad. La pregunta tiene una intención mucho más profunda: enseñar a sus discípulos que una cosa es lo que la gente dice de Él y otra muy distinta quién es Él realmente.

Y esta enseñanza sigue siendo enormemente actual. No todo lo que se dice acerca de una persona coincide necesariamente con su realidad. Podemos construir imágenes de los demás a partir de comentarios, prejuicios, simpatías o antipatías. Y cuando una determinada opinión se convierte en mayoritaria, fácilmente pensamos que debe ser verdadera. Sin embargo, la mayoría no define la verdad. Puede acertar, pero también puede equivocarse.

Los discípulos responden a Jesús recogiendo las opiniones del momento: unos dicen que es Juan Bautista; otros, Elías; otros, Jeremías o alguno de los profetas. Todas aquellas respuestas contenían algo de verdad, porque Jesús era ciertamente profeta, pero ninguna llegaba hasta el fondo de su misterio. Entonces llega la pregunta decisiva: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Simón Pedro responde: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Y Jesús le hace comprender inmediatamente que esa respuesta no procede simplemente de su inteligencia: «Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Para conocer verdaderamente a Cristo necesitamos la revelación de Dios. Y Cristo quiso confiar a Pedro y a sus sucesores una misión singular: custodiar la fe y confirmar en ella a sus hermanos.

A lo largo de los siglos han aparecido innumerables versiones de Jesucristo. Cada época ha tenido la tentación de fabricarse el suyo. Hemos conocido al Jesús revolucionario, al Jesús sentimental, al Jesús reducido a maestro de moral, al Jesús combativo utilizado para justificar enfrentamientos políticos, al Jesús convertido simplemente en símbolo de determinadas causas sociales. También hoy podemos caer en ese error.

Porque existe una forma muy sutil de negar a Jesucristo: no rechazarlo, sino reconstruirlo a nuestra imagen y semejanza. Tomamos del Evangelio aquello que coincide con nuestra sensibilidad y dejamos a un lado lo que nos incomoda. Terminamos así adorando no al Señor que se nos revela, sino al personaje que nosotros mismos hemos fabricado.

Por eso necesitamos permanecer en comunión con la Iglesia. No porque los cristianos seamos mejores o más inteligentes que los demás, sino porque Cristo ha querido permanecer en ella y confiarle la custodia de su Palabra. En la Sagrada Escritura, en los sacramentos, en la Tradición viva y en el Magisterio, particularmente en comunión con el sucesor de Pedro, encontramos la garantía de no inventarnos continuamente un Jesucristo adaptado a nuestros gustos.

También nosotros debemos escuchar aquella pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Nuestra respuesta no puede depender de las modas, de las encuestas ni del espíritu dominante. Queremos conocer al verdadero Cristo, no al que nosotros preferiríamos que fuese. Porque solo contemplando su verdadero rostro podremos descubrir también quiénes somos nosotros, hasta que llegue el día en que ese rostro, contemplado ahora en la fe, se nos revele definitivamente en el cielo.

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