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HOY ES DOMINGOJesús Higueras

Jesús no es un héroe de piedra

A veces hemos transmitido una imagen equivocada de la santidad. Parece que un buen creyente nunca debería entristecerse, llorar o sentir el peso de una pérdida. Como si la fe consistiera en anestesiar los sentimientos. Sin embargo, el propio Jesucristo desmiente esa idea

Jesús no es un hombre insensible ni un héroe de piedra. El Evangelio nos muestra una y otra vez que vivió con toda la intensidad de un corazón auténticamente humano. Por eso conmueve especialmente el comienzo del pasaje de este domingo: «Al enterarse Jesús de la muerte de Juan Bautista se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto». Antes de cualquier milagro, antes de cualquier enseñanza, aparece un hombre que necesita retirarse para afrontar el dolor.

A veces hemos transmitido una imagen equivocada de la santidad. Parece que un buen creyente nunca debería entristecerse, llorar o sentir el peso de una pérdida. Como si la fe consistiera en anestesiar los sentimientos. Sin embargo, el propio Jesucristo desmiente esa idea. Él, verdadero Dios y verdadero hombre, experimenta el sufrimiento por la muerte de su familiar y amigo, de aquel que había preparado el camino del Mesías y que había dado la vida por fidelidad a la verdad.

Jesús sabía perfectamente que la muerte no tenía la última palabra. Sabía mejor que nadie que Juan Bautista vivía ya completamente en Dios y que su existencia no había terminado con el martirio. Pero ese conocimiento no elimina el dolor de la separación. La esperanza cristiana nunca pretende borrar los sentimientos humanos, sino iluminarlos. Una cosa es la desesperación y otra muy distinta el sufrimiento. Una cosa es la rabia y otra derramar lágrimas por quien amamos.

Vivimos en una sociedad que, con frecuencia, tampoco sabe gestionar el duelo. Unos intentan esconder el sufrimiento bajo una actividad frenética; otros buscan distraerse continuamente para no pensar; algunos creen que mostrar tristeza es un signo de debilidad. Sin embargo, el corazón tiene sus tiempos. El duelo no es un fracaso de la fe, sino una expresión del amor. Solo llora de verdad quien ha amado de verdad.

Por eso Jesús busca un lugar desierto. Necesita silencio, oración, soledad. No huye de la realidad, sino que entra en ella con profundidad. Nos enseña que hay dolores que no se resuelven con prisas ni con explicaciones fáciles. Necesitan ser presentados ante Dios, dejar que el corazón los recorra y que la gracia los transforme poco a poco.

También nosotros estamos llamados a vivir así nuestros sentimientos. Dios no nos pide que dejemos de sentir, sino que aprendamos a ordenar lo que sentimos. La ira, la tristeza, el miedo o la nostalgia no son pecados por sí mismos. Forman parte de nuestra condición humana. Lo importante es qué hacemos con ellos. Podemos encerrarnos en la amargura o abrir esas heridas a la acción de Dios, que nunca desprecia un corazón quebrantado.

La santidad no consiste en no sufrir, sino en amar también desde el sufrimiento. No consiste en no llorar, sino en descubrir que incluso las lágrimas pueden convertirse en oración. Jesús santificó todas las dimensiones de nuestra humanidad, también el duelo y la tristeza. Gracias a Él comprendemos que nuestras pérdidas no son un camino sin salida, sino un lugar donde Dios sale a nuestro encuentro. Porque el Señor no nos salva apartándonos de nuestra condición humana, sino habitándola plenamente y enseñándonos a vivir cada sentimiento con la esperanza de quien sabe que el amor nunca muere.

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