España: el país donde producir se ha convertido en una carrera de obstáculos
La libertad económica es el requisito previo de todas las demás libertades.”
¿Y si el problema de España no fuera que falta riqueza, sino que hemos construido demasiados obstáculos para crearla? Hay algo que los economistas deberían recordar más a menudo: las personas responden a los incentivos. Si trabajar compensa, trabajan; si ahorrar merece la pena, ahorran; si emprender ofrece una oportunidad razonable, arriesgan; y si invertir resulta rentable dentro de un marco estable, invierten. No es ideología. Es comportamiento humano.
La Escuela Austriaca de Economía lleva décadas insistiendo en una idea fundamental: ningún planificador puede sustituir el conocimiento disperso que millones de personas utilizan diariamente para tomar decisiones. Los precios, la competencia y el beneficio funcionan como señales que coordinan ese conocimiento. El mercado descubre oportunidades que ningún despacho público podría identificar a tiempo, porque nadie posee toda la información necesaria para decidir desde arriba qué producir, cuánto, dónde y para quién.
España parece haber olvidado esa lección. No necesitamos un Estado gigantesco para tener una sociedad próspera; necesitamos un Estado que funcione. Justicia, seguridad, infraestructuras, educación, sanidad, propiedad privada y reglas estables son funciones esenciales. Pero, una vez garantizadas esas bases, debe existir espacio para que ciudadanos y empresas puedan experimentar, competir, asumir riesgos y equivocarse. La prosperidad necesita instituciones que permitan descubrir oportunidades, no una administración que pretenda anticiparlas todas.
Cada impuesto, cada cotización y cada regulación modifica los incentivos. Si trabajar más apenas aumenta la renta disponible, el esfuerzo adicional pierde atractivo; si contratar se vuelve demasiado costoso, las empresas contratan menos; si hacer crecer una compañía implica atravesar nuevos escalones burocráticos, existe un incentivo para permanecer pequeño; y si ahorrar e invertir ofrecen un rendimiento menor, se reduce la acumulación de capital. Ninguna de estas decisiones necesita ser irracional para resultar perjudicial para el conjunto. Son respuestas racionales a las reglas del juego.
La economía española no necesita más obstáculos, sino más libertad para experimentar, invertir y equivocarse. El empresario debe poder arriesgar capital sin enfrentarse a una incertidumbre regulatoria permanente; el trabajador debe conservar una parte suficiente del fruto de su esfuerzo; y el ahorrador debe tener incentivos para transformar su ahorro en inversión productiva. Una economía dinámica necesita capital, talento, trabajo y emprendimiento moviéndose hacia donde puedan generar más valor, en lugar de quedar atrapados en una maraña de impuestos, regulaciones y burocracia.
La inmigración también debería formar parte de esta ecuación. España tiene un problema demográfico y necesita trabajadores, pero no necesitamos simplemente más población: necesitamos más capacidad productiva. Atraer personas que trabajen, emprendan, inviertan, paguen impuestos y cotizaciones y desarrollen aquí su capital humano puede reforzar el crecimiento. El objetivo debería ser atraer a quienes tengan una elevada capacidad de incorporación al mercado laboral y, al mismo tiempo, diseñar un sistema que evite que las transferencias públicas desplacen los incentivos a trabajar.
Y aquí está la cuestión verdaderamente importante: la prosperidad no es una cifra abstracta en una hoja de Excel. Es una familia que puede ahorrar, un joven que encuentra un empleo mejor, un autónomo que puede contratar, una empresa que consigue crecer y un trabajador que comprueba que aumentar su esfuerzo también aumenta sus oportunidades. El PIB importa porque detrás de él hay producción, salarios, inversión, innovación y capacidad para mejorar las condiciones materiales de millones de personas.
España no necesita que el Estado decida cada vez más cosas. Necesita que millones de personas puedan decidir más sobre sus propias vidas y conservar una mayor parte de los beneficios de sus decisiones acertadas. Un Estado eficaz no es necesariamente el que está en todas partes, sino el que hace bien aquello que debe hacer y permite que la sociedad haga el resto. Porque la prosperidad no se decreta desde un ministerio: se descubre, se arriesga, se trabaja y se crea.