Lo que no son cuentas, son cuentosSamuel Díaz

El 'playback' económico

«El político hace playback con el efecto inmediato: muestra el beneficio que se ve y silencia el coste que llegará después.»

Hay canciones que suenan perfectas… hasta que descubres que el cantante está haciendo playback. Con la economía ocurre algo parecido. Llevamos años escuchando una melodía económica perfectamente sincronizada: «La deuda es sostenible», «las pensiones están garantizadas», «el déficit no es preocupante», «el dinero vale porque lo dice el Estado». Frases que, repetidas suficientes veces, terminan sonando a verdad. Pero ¿y si estamos escuchando un playback económico?

El papel que llevamos en la cartera no tiene valor porque el papel sea valioso. Tampoco porque podamos comerlo, construir una casa con él o utilizarlo como combustible. Su valor depende, fundamentalmente, de que confiemos en que mañana alguien lo aceptará a cambio de bienes y servicios. La palabra clave es confianza. Y aquí aparece la primera pregunta incómoda: ¿Cuánto de nuestra economía depende de que todos sigamos creyendo en la canción?

Después está la deuda pública. Nos hemos acostumbrado a escuchar que «la deuda no importa mientras sea sostenible». De acuerdo. Pero sostenible no significa gratis. Cada euro que el Estado pide prestado tendrá que devolverse, refinanciarse o erosionarse mediante inflación. Y los intereses no desaparecen porque un ministro diga que la deuda está bajo control. La segunda pregunta incómoda es todavía más sencilla: ¿Quién pagará la factura?

Y llegamos a las pensiones. Nos dicen que las pensiones están garantizadas. Pero una pensión no es una montaña de dinero guardada en una caja fuerte esperando al jubilado. Es, en gran medida, una promesa de que los trabajadores del futuro financiarán a los jubilados del futuro. Por eso el problema no es solamente cuánto dinero hay hoy. El problema es cuántos trabajadores habrá mañana, cuánto producirán y qué parte de esa producción estaremos dispuestos a transferir.

Y entonces aparece el déficit. Nos hemos acostumbrado a pensar que un déficit del 3%, del 5% o del 6% es simplemente una cifra técnica que manejan economistas con gráficos y palabras complicadas. Pero un déficit significa algo extraordinariamente sencillo: Gastamos más de lo que ingresamos. Un año puede ser comprensible. Dos también. El problema aparece cuando convertir el déficit en normalidad se convierte en una forma de vida. Y aquí está, quizá, el verdadero playback económico: Confundir una promesa con un recurso.

El Estado puede prometer pensiones. Puede emitir deuda. Puede crear dinero. Puede aprobar presupuestos. Pero ninguna ley puede imprimir petróleo, productividad, trabajadores, viviendas o horas de trabajo. Al final, la economía real siempre acaba entrando en el estudio de grabación y desconectando el playback. Porque detrás de los billetes hay producción. Detrás de la deuda hay impuestos futuros. Detrás de las pensiones hay trabajadores futuros. Y detrás del déficit hay una factura.

Así que quizá deberíamos dejar de preguntarnos únicamente «¿cuánto dinero hay?» y empezar a preguntarnos algo mucho más incómodo: «¿Qué hay realmente detrás de ese dinero?» Porque mientras la música siga sonando, todo parece estar en orden. El problema llega cuando alguien pulsa el botón de STOP.

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