De comienzo en comienzoElena Murillo

Ciudades fronterizas

«La mezcla de costumbres, el bilingüismo o la gastronomía fueron objeto de curiosidad»

Más allá de los conflictos surgidos en las fronteras, no en época reciente sino en cualquier época histórica a lo largo y ancho del panorama internacional, siempre me ha llenado de curiosidad el paso por poblaciones que, pese a estar tan próximas, mantienen la vida y costumbres propias del país al que pertenecen. Es una pena que haya fronteras que son objeto de discordia, ya que con frecuencia la desigualdad entre civilizaciones es un abismo difícil de superar.

Fui consciente de las diferencias que entraña el paso por ciudades fronterizas siendo adolescente. En los libros de texto había estudiado ciertos aspectos propios de la naturaleza específica de las distintas culturas, algo que se entiende mejor a través de la experiencia personal. Una excursión a Gibraltar, territorio británico, me hizo comprender el paso de un país a otro al cruzar desde la localidad gaditana de La Línea de la Concepción a la ya mencionada colonia. Quizá no sea el mejor ejemplo para entender lo propio de dos países diferentes, pues en este caso sus ciudadanos atesoran una mezcla de influencias; sin embargo, percibí que pisaba un terreno que no coincidía en su totalidad con las rutinas españolas.

Pocos años después comprobé algo parecido, salvando bastantes distancias, en un emocionante viaje en tren en dirección a la colina de Taizé, cerca de Lyon. El paso por la frontera entre Portbou, en la Costa Brava, y el pequeño pueblo de pescadores de Cerbère, me hacía pensar en el cambio de país que estaba experimentando en un instante. En apenas dos kilómetros, estabas en un territorio o en el territorio vecino.

Bastante tiempo más tarde, tuve la oportunidad de andar desde un lado al otro de la frontera entre Francia y España entre las localidades de Saint Jean Pied de Port y Roncesvalles. Atravesar los Pirineos caminando sobre los verdes pastos, con unas sensacionales panorámicas, por la conocida ruta de Napoleón, tenían el aliciente añadido de seguir los mismos pasos que este personaje histórico además de pisar el mismo suelo que transitaron los peregrinos en la Edad Media y que recoge el Códice Calixtino.

Como de vivencias se trata, citaré el último cruce de frontera que tenía lugar la semana pasada. No era la primera vez que paseaba por el Puente Internacional que une la portuguesa Valença do Minho con la gallega Tui, pero en esta ocasión lo hacía acompañada por la familia. Paso obligado en el Camino Portugués a Santiago, que nos encontramos recorriendo, el concepto de ciudad fronteriza fue asimilado a la perfección por los más pequeños del grupo. La mezcla de costumbres, el bilingüismo o la gastronomía fueron objeto de curiosidad destacando una característica fundamental, la de mostrarse muy abiertos en la acogida a personas extranjeras. Son un ejemplo de cultura compartida y de convivencia cordial.

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