De comienzo en comienzoElena Murillo

La siesta

«Los espacios para hacerla posible pueden ir desde la sombra de una parra a un lugar fresco de la casa»

La siesta es reconocida como deporte nacional haciendo alusión al tópico popular, entendiéndolo evidentemente de forma irónica, por la fama que tiene más allá de nuestras fronteras. En realidad, debería ser una parada obligatoria en las largas jornadas del tiempo estival. Por eso, me pregunto, ¿hay algo mejor que hacer en un pueblo después de comer? Bueno, más bien, después de una agradable y larga sobremesa. La respuesta es obvia, pues se puede afirmar que, efectivamente, no hay nada como dormir o echar la siesta. Es el momento en el que el silencio invade las calles y se encajan las puertas de las casas que aún permanecen abiertas la mayor parte del día. Normalmente sin ruido, aunque siempre llegará el tontaina de la moto o del quad, los conciertos de grillos o chicharras, los gallos, o las peleas de gatos o perros, que provocarán el abandono repentino de los brazos de Morfeo.

Este concepto hunde sus raíces en la antigüedad. En Roma, la hora sexta era la que se utilizaba para comer, para hacer un descanso en las tareas cuando ya el cuerpo había perdido la energía necesaria para el trabajo.

Y, aunque este receso a mitad del día resulta apetecible en cualquier lugar, ponía el ejemplo de los pueblos porque en ellos sucede la vida de manera más lenta. Los espacios para hacerla posible pueden ir desde la sombra de una parra a un lugar fresco de la casa y, por qué no, bajo una higuera o junto a una alberca. El lugar es lo de menos aunque también tenga su aporte idílico, pues el propio entorno facilita dar un paseo a la caída de la tarde para admirar el paisaje más intensamente; avistar la calidad y el tamaño de la aceituna que ya ve próxima la temporada en su modalidad de mesa; observar las granadas, todavía verdes, pero con buen tamaño y bien formadas; y otros frutos que serán recolectados en otoño como los membrillos que ya estarán en tránsito de un color a otro.

Propios y extraños han ido adoptando esta costumbre tan española a lo largo de los años. Washington Irving dejaba plasmado en sus escritos ese agradable reposo que sucede después de la comida. Y se hace obligado recordar a Camilo José Cela quien no sólo la defendía sino que añadía cómo debía ser, «con pijama, padrenuestro y orinal», evidentemente no haciendo alusión a la cabezadita que algunos dan en un intervalo más breve. Incluso ha sido fuente de inspiración para pintores de la talla de Van Gogh que recoge la escena de dos campesinos durmiendo en una de sus obras pictóricas.

No lo dudo. Dormir la siesta es una más que recomendable fuente de beneficios.

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