Parecía que habían bajado el pistón, pero no. Ayer mismo el algoritmo me obsequiaba con una nueva colaboración de la Plataforma No Sin Mi Cine de Verano.

No me han picado los mosquitos hasta ahora, no me ha invadido ningún marroquí, mi calle ha escapado del plan asfalto y de los selfis de Madruga y mi vida ha sido relativamente tranquila en las últimas semanas, salvo por la Plataforma Cines de Verano Víctimas del Neoliberalismo. Cada vez que he entrado en Facebook, mayormente por los compartidos del periódico… ¡zas!, un ser de luz con cara de pelagra me soltaba una chapa sobre la importancia de los cines de verano contra el cambio climático y el Ayuntamiento del PP, y en defensa del arte, la kurtura y los parias de la tierra (casco histórico) que se quedan sin entretenimiento, solaz de la gente sencilla. Debe ser esa misma que ayer se bajaba en manada de la Alsina Graells 2.0 después de remojarse los bajos en Fuengirola o Salobreña en alguna de esas excursiones de un solo día-ida-y-vuelta, modalidad que crece exponencialmente conforme el socialismo nos venezualiza. He ahí uno de los objetivos de la Plataforma Por Los Cines de Verano Sostenibles: que no se note que estamos cada vez más tiesos. Porque los cines de verano han sido y siguen siendo una modalidad de ocio relativamente económica – aunque en los últimos tiempos podías dejarte un riñón en el ambigú a poco que te animaran los mecos repartidos por John Wick en la pantalla- en la que los cordobeses aprovechaban el poco fresco presente en las noches de un estío demasiado largo, más que la propia temporada de los recintos, por cierto.

Ir al cine de verano forma parte de un ritual en el que no se suelen ver a la mayoría de reclamantes ciudadanos de la Plataforma Por Los Cines de Verano Republicanos. Ellos suelen estar participando en otras elevadas expresiones culturales o leyendo la autoegografía de Benjamín Prado en su segunda residencia en la playa. A los cines de verano acuden los que hablan a voces, comen bocadillos de mortadela y aceitunas envueltos en papel de aluminio, tienen obesidad mórbida y chiquillos desinquietos que no paran de dar la peta. No son precisamente del círculo de los espíritus elevados de la Plataforma Procines de Verano o Muerte.

Sorprende encontrarnos entre estos concienciadores a algún empresario de fuste o a la millonaria Ana Belén: ninguno de ellos proponen quedarse con el negocio para reflotarlo. Saben entre otras cosas que los del bocadillo de mortadela prefieren Netflix o el Tik Tok. Que el modelo, por aqeullo del signo de los tiempos, está en sus postrimerías. Como solución, lo de siempre: colectivizar las pérdidas a costa de tu lomo y el de un servidor. Yo pido cines y tú me los pagas, Ayuntamiento.

Les pasa como con los inmigrantes, que hay que acogerlos pero no en sus barrios ni junto a sus casas. Mientras, financian campañas en la redes para que el algoritmo nos de la turra con la Plataforma de Los Cines de Verano que Los Fachas Quieren Cerrar.

Qué pesados.

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