De este agua no beberéRafael González

Perros y clacs

Los seres de luz que pelean contra la polarización, los pseudomedios y la politización de las tragedias andan enfrascados en trasladar el tancredismo ministerial al debate público a través de los medios afines, que no son sucedáneos de medios sino parte del cortijo montado, o ampliado, gracias a ese 30% más de impuestos que los españoles pagan al fisco en la actualidad, un incremento datado desde el glorioso año de 2018, cuando Ábalos se convirtió en el portavoz parlamentario de la lucha contra la corrupción. Desde entonces hasta ahora hemos ido de querida en querida, de pandemia en apagón, de inundaciones y descarrilamientos hasta el bolivarismo final. El parto, no obstante, se está haciendo difícil y ha dejado demasiadas muertes por el camino. Y aunque solo hubiera sido una. Pero todo sea porque no gobierne la ultraderecha ni el trumpismo ni Franco. Y morir en la cama de Moncloa, el nuevo Pardo.

En esta siniestra semana los retrógrados y los fascistas andan pidiendo responsabilidades (¡incluso penales!), haciendo memoria reciente de los avisos por tembleques de la alta velocidad ahora reducida y de cómo hasta hace poco los trenes no solo no acojonaban sino que eran incluso puntuales. Gloriosos tiempos aquellos en los que AVE devolvía parte del dinero según el retraso que se sufriera, si es que este se daba. Quizá fue una ensoñación.

En el relato no solo tenemos como asignatura obligatoria la lucha contra la polarización sino la aceptación ante las cosas y los hechos, y por eso triunfan últimamente los coachs del estoicismo. La gente se ha ido acostumbrando a los retrasos, a los sustos y a la decadencia. La han normalizado, de ahí esos aires chulescos de los ministros del ramo y del de las ramas. Forma parte de la abducción, prima hermana de la subvención para todos esos jóvenes y dinámicos españoles autóctonos o de prestado con billetes a bajo precio o gratis porque paga el Gobierno, o sea, el indie Sánchez. O sea, nosotros.

Esa obediencia se ha trabajado a costa del erario público con fruición y estrategia. Hay otra que es similar, conformada por silencios pero también por aplausos. Ocurrió el lunes pasado en Adamuz: el alcalde ordenó desalojar el pabellón municipal porque venían los perros de Sánchez. Los que huelen a ver si hay una bomba y eso, como si los de Bildu no fueran amiguis. En ese momento había un presidente de la Junta de Andalucía y varios consejeros dando la cara ante la prensa y la gente, pero hubo que negociar el permanecer en el recinto mientras se atendía a los periodistas, lo que finalmente se consiguió. Todo fueron prisas para montar un micrófono y una megafonía que Moreno Bonilla no tuvo, como tampoco perros olfateadores contra explosivos.

En una explanada frente a la entrada del pabellón municipal se agrupaban las cámaras, sobre todo las de TVE. Y algunos vecinos. Pocos. Hasta ese momento ningún curioso se acercaba por allí porque en realidad solo había políticos y la gente bastante tiene ya. El presidente llegó con demora y escoltado por Marlaska , Puente y Montero. En esa terna alguno o alguna merece un abucheo cuando menos, pero los estrategas del socialismo genético que aún queda en los pueblos del sur habían colocado junto a los seguratas, los cámaras y los perros olfateadores un grupo de clacs que aplaudieron con marcialidad y obediencia a la llegada de Sánchez en el breve recorrido que hizo, casi levitando, hasta la entrada del pabellón municipal. La cosa, no obstante, quedó forzada, como la propia legislatura nefasta y pestilente que padecemos. Dentro el asunto no fue mejor. Del centenar largo de periodistas que había solo una chica advirtió al presidente sobre la ausencias de preguntas. Aquí no se cuestiona nada.

A los aplausos con carné hay que añadir el silencio de los perros. Otra cosa que hemos normalizado como el retraso de los trenes, las vías podridas y la corrupción sanchista. ¿Para qué seguir insistiendo con el relato?

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