La pluma y la espadaJosé Luis Monroy ANTÓN

¡A la hoguera!

El fuego destructor ha sido compañero del ser humano desde sus orígenes más ancestrales

Lo primero que se nos viene a la cabeza cuando oímos esta expresión es una turba de personas encolerizadas, enfebrecidas, pidiendo algún tipo de justicia en forma de tortura lenta que acaba con el ajusticiado consumido entre las llamas. Una buena cantidad de películas sobre brujería o de temática medieval incluyen escenas de este tipo. A la hoguera con las brujas, con los herejes, con los culpables, e incluso con los inocentes. Alejados de tamaña crueldad con nuestros congéneres, a la hoguera también se han echado tradicionalmente trastos viejos, pastos secos, troncos para procurar calor. Y a la hoguera también se echaron libros, peligrosas herramientas de pensamiento que hacían temblar a poderosos. Ray Bradbury maquinó una brigada de bomberos que los quemaba, en una sociedad que los había prohibido (Fahrenheit 451). El fuego destructor ha sido compañero del ser humano desde sus orígenes más ancestrales.

El fuego, como elemento natural que es, no necesita ser creado por el hombre. Los primeros homínidos ya convivieron con él antes aún de adquirir un estado bípedo. Lo importante entonces era conservarlo y domesticarlo, tareas complejas para cerebros en desarrollo que actuaban por puro instinto de supervivencia. Al principio era un tesoro, un signo de poder de la tribu, que provocaba conflictos por su tenencia; y luego, una vez que supimos cómo producirlo, se convirtió en elemento indispensable para el desarrollo cultural y tecnológico de la Humanidad. Y adquirió la condición de mito.

El fuego permitió tratar los alimentos, calentar los hogares, fundir el plomo para crear armas. Y reunió a los grupos a su alrededor, llegó a ser motivo de culto y adoración, y sirvió para destruir todo aquello que no era deseado. Era atributo de dioses: custodiado en el Olimpo, fue robado por Prometeo, quien se lo regaló a los mortales, siendo castigado por ello. Prácticamente todas las religiones lo tienen incorporado en su ideario o en sus liturgias o rituales. Dios se reveló a Moisés a través de una zarza ardiendo; los egipcios lo relacionaban con la divinidad solar; en el hinduismo, es un mensajero.

El fuego como uno de los núcleos de diferentes culturas lleva inherente el significado de transformación. Es la energía que cambia el estado de la materia. Tiene la capacidad de destruir, pero alumbrando algo nuevo. El pasado genera un nuevo presente. La quema de pastos fertiliza el suelo gracias a las sales de las cenizas. Los ritos de incineración de los difuntos liberan el alma para su ascensión a los lugares sagrados. Un instante efímero que transporta a la eternidad.

El fuego es volver a nacer, recuperar o revivir. Sus llamas incitan a soñar. A contar historias a la luz de la hoguera. El fuego es la pasión de los amantes, la ira en los ojos. Es imagen de dioses y demonios. Nos encara con lo fugaz de la vida, que cae destruida en segundos, envuelta en llamas que hacen llorar a multitudes. Nos iguala: el cura, el político, la prostituta, la monja, el mercader, la ministra, el futbolista o la cantante, ¡todos a la hoguera! Una chispa enciende una revolución.

El fuego es también pagano: arte y fiesta, música y bailes. Es el punto de encuentro de una sociedad diversa amalgamada en torno a sus tradiciones, que quiere huir de la realidad durante los minutos en los que contempla la hoguera. Fuego que brilla en sus pupilas, húmedas por lágrimas de emoción.

En el fuego de la hoguera acaban tantas ilusiones…, pero nacen otras. Una catarsis en muchos casos necesaria para purificar un espacio interior a partir de la destrucción de una costra superficial que se deshace en cenizas. El fuego nos da miedo, porque da miedo el cambio, pero hipnotiza nuestro espíritu e ilumina la oscuridad. Si no hubiera fuego, viviríamos en tinieblas.

Por cierto, acabo de caer en la cuenta de que en unos días se celebran las Fallas. Intentaré escribirles algo sobre estas fiestas, pero no les prometo nada.

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