La chusma
«La peor parte pero la más instructiva para mi niña ha sido descubrir la verdadera naturaleza del género humano. Del actual, sobre todo»
Este fin de semana he aprovechado para ir a Málaga a disfrutar de su repostería, sus pescaíto y de unas horas con mi hija, estudiante de un doble grado universitario que a mí me parece una heroicidad, y trabajadora hasta hace poco en el sector de la hostelería. Es de esas personas que han entendido que la independencia tiene un precio y que papá y mamá ni pueden ni deben costearlo, por lo que descubrí una hija, por tanto, más maravillosa de lo que ya es. Supongo que por aquí habrá lectores que hayan vivido esa circunstancia siempre dura que supone compaginar el trabajo -generalmente precario, temporal e ingrato- con los estudios, así que no me extenderé más al respecto, porque tampoco quiero hacer con el asunto personal una excepcionalidad que busque el aplauso, ni mucho menos. Pero convendrán conmigo que en estos tiempos de juventud mayormente acomodada, que se ha encontrado casi todo hecho y/o dado, optar libremente por la vía del sacrificio y el esfuerzo personal a mí, como padre, me llena de orgullo. También de cierto desasosiego, por supuesto.
Además, en el año y medio de curro en una franquicia de hostelería mi hija ha aprendido más que del ADE que cursa o el grado de Economía (en inglés), siendo este último un aspecto que me haría dudar de mi paternidad si no llevara mis ojos, mi piel fácilmente achicharrable por el sol y la mala leche de recién levantada. Las herencias buenas se las dejaremos a la madre, claro.
En su trabajo se ha encontrado con la dura realidad de la vida, sobre todo con un encargado psicópata, de los que son promocionados en cursos formativos de empresa de esos que te hacen andar descalzo por brasas ardientes y a decirte que eres el rey del universo – yo he estado ahí, amigos- y que si no consigues todo lo que deseas es porque no lo deseas con la fuerza suficiente. La fuerza suficiente acaba transformándose en machacar a los iguales, volcar las frustraciones personales con los de abajo y trepar sobre las categoría laborales como un koala frío y calculador.
Pero sobre esa particularidad – quien no ha sufrido un jefe psicópata es como quien tiene un jardín sin flores- la peor parte pero la más instructiva para mi niña ha sido descubrir la verdadera naturaleza del género humano. Del actual, sobre todo. Gente maleducada, que trata a los camareros con desprecio, sin educación, con amenazas incluso si son advertidos de los posibles alérgenos que pueden afectarles como clientes delicados que son (abundan los intolerantes a la lactosa, al gluten, a los colorantes, al polen, y a una buena mili en Chafarinas), que sacan las valoraciones de Google como una pistola, que van de gurmés de la vida (comedores de mocos en realidad) , que dejan a los niños sueltos por el establecimiento a pesar de las molestias que pueden generar y el riesgo que supone para todos (así son educados los cachorros y futuros clientes) y que representan a una clase media venida a menos pero con un móvil en sus manos. Me atrevo a decir que sin formación, sin lecturas, sin cultura ni más valores que el Tik Tok y todos los derechos posibles que les otorga el Estado del bienestar subvencionado.
«Uno me hizo llorar, papá». Comprenderán que se me rompa el corazón (aunque a la vez agradezca la dura lección con el alma quebrada).
Hubo un tiempo donde primó la decencia, el saber estar, las formas se guardaban, se pedía la vez, se cedían asientos y pasos, remataba las frases el por favor y se daban las gracias. No hace tanto de eso. Hubo una España mejor. Ahora está tomada por la gentuza. Supongo que todos hemos contribuido a ello en mayor o menor medida. Y entiendo que la hostelería tenga dificultades para encontrar personal: quién puede soportar el bregar con tal clase de chusma.