Yo... me planto
En una época de bandos, velocidad y consignas, quizá el gesto más subversivo sea simple: negarse a convertir al otro en enemigo
Hay una escena que se repite con demasiada frecuencia. Empieza como una conversación normal —en una comida familiar, en un grupo de WhatsApp, en una tertulia de radio— y termina con alguien levantando la voz, otro abandonando el tema con un «da igual», y un tercero sentenciando que «ya no se puede hablar de nada». La frase suena a derrota, pero en realidad es peor, es una renuncia: a matizar, a escuchar, a convivir.
Nos hemos acostumbrado a vivir en un estado de alerta argumental. Todo parece exigir respuesta inmediata. Si no opinas, «te posicionas»; si opinas, «te etiquetas»; si dudas, «te retratas». A eso se le suma la economía de la atención, que premia lo que indigna, lo que polariza, lo que simplifica. El resultado es un clima en el que la conversación se parece cada vez más a una competición: no para entender, sino para ganar.
Vivimos momentos difíciles, incómodos, histriónicos y desagradables. Donde el más común de los mortales se siente irritado, observado y en continua tensión para no vulnerar lo política y socialmente correcto.
No hace falta buscar culpables abstractos. Basta con observar cómo consumimos la actualidad. Un titular nos dispara el pulso; una frase recortada alimenta nuestras sospechas; un vídeo de veinte segundos nos convence de que ya lo sabemos todo. Después llega la cascada de reacciones: «esto es intolerable», «son todos iguales», «los otros siempre hacen lo mismo». Y así, sin darnos cuenta, vamos sustituyendo el debate por la identidad: no discutimos ideas, defendemos bandos.
Vivimos en una sociedad enfrentada o quizás sería más justo decir, arrastrada interesadamente al enfrentamiento continuo; donde la resiliencia mal entendida se ha elevado a la categoría de valor supremo; donde el poder se ejerce, no desde la autoridad moral, ni la legitimidad de buscar el bien común, sino desde el interés particular; donde la libertad se escamotea entre normas, reglas y procedimientos que no buscan mejorar la convivencia sino imponer una forma particular e interesada de vivir.
La realidad se sustituye por el «relato» y la verdad maquillada -que no es más que mentira- la llamamos «posverdad». El lenguaje se manipula de forma que cuando no se tergiversan los conceptos se inventan oxímoros o neologismos retorciendo los conceptos. Con el lenguaje y el relato se construye la «realidad» que interesa y que acabamos aceptado con normalidad.
El problema no es que haya desacuerdo. El desacuerdo es sano: es la prueba de que somos libres y distintos. El problema es cuando el desacuerdo se convierte en desprecio, y el desprecio, en deshumanización. Cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver etiquetas. Cuando el otro ya no es alguien con quien puedo aprender —o al menos coexistir—, sino un estorbo al que hay que ridiculizar, cancelar o expulsar del mapa moral.
No hace falta estar de acuerdo para convivir, pero sí hace falta un mínimo: verdad, respeto, humanidad y matiz. Lo demás es ruido.
Lo más grave es que esta degradación no ocurre solo «arriba», en la política o en los medios. Se filtra hacia abajo, a lo cotidiano. A la manera en que un aula se divide, en que una empresa se envenena por rumores, en que una amistad se rompe por una frase mal interpretada. Y también al revés: lo que toleramos en la mesa o en el chat acaba subiendo luego a la plaza pública. La convivencia se comporta como un músculo; si lo dejamos de usar... se atrofia.
Por eso digo, sin grandilocuencia pero con determinación y claridad: yo...me planto.
Me planto ante la facilidad con la que aceptamos la mentira útil, el dato sin fuente, la descalificación gratuita, la captura de pantalla sin contexto. La credulidad se ha vuelto militante: creemos lo que nos conviene, compartimos lo que nos excita, descartamos lo que nos incomoda.
Me planto ante la cultura del sarcasmo como sustituto del pensamiento. La burla es rápida, barata y adictiva; el argumento es lento y exigente. El problema es que el sarcasmo no construye: solo degrada. Convertir al adversario en meme puede dar aplausos instantáneos, pero empobrece el espacio común. Y un país sin espacio común acaba funcionando a golpe de imposición: hoy mando yo, mañana tú, pasado nadie.
Me planto ante la tentación de reducir a una persona a su peor frase. Todos tenemos una mala tarde, una torpeza, una idea equivocada, una ignorancia que no sabíamos que teníamos. La justicia —también la justicia social— necesita proporcionalidad y humanidad. Si convertimos el error en condena perpetua, la gente aprende dos cosas: a mentir mejor y a callar más. Ninguna de las dos mejora una democracia.
Me planto ante la comodidad del «yo no me meto». No me refiero a la prudencia —que es valiosa— sino a la indiferencia, a la falta de compromiso. A ese hábito de mirar hacia otro lado para evitar el coste de sostener una conversación difícil, de defender a alguien cuando está siendo humillado, de pedir calma cuando el grupo se incendia. No meterse a veces es sensato; convertirlo en norma es rendirse.
Me planto a deshumanizarme…Y me planto, sobre todo, empezando por mí. Porque es demasiado fácil denunciar la crispación desde la crispación. Reivindicar el respeto insultando. Pedir diálogo cerrando puertas. Si quiero un país menos bronco, tengo que practicarlo en mi metro cuadrado: en cómo hablo, en cómo escucho, en cómo discuto … en cómo amo.
Eso significa cosas muy concretas. Significa preguntar antes de sentenciar. Significa leer más allá del titular. Significa desconfiar de lo que me entusiasma demasiado rápido. Significa admitir un «no lo sé» sin vivirlo como derrota. Significa separar con firmeza las ideas de las personas: puedo combatir un argumento y, a la vez, mantener intacta la dignidad de quien lo sostiene. Significa recordar que la convivencia no es estar de acuerdo, sino aceptar reglas comunes para no rompernos.
Alguien dirá que esto es ingenuo. Que el mundo es así. Que la bronca vende. Que la polarización es inevitable. Puede ser. Pero la resignación también es una elección. Y yo no quiero acostumbrarme a vivir en un lugar donde hablar sea una guerra y disentir, una amenaza. Donde deba adoctrinar a los míos y denigrar a los demás.
Por eso me planto: contra el desprecio como norma, contra la velocidad que aplasta el matiz, contra el insulto fácil, contra la caricatura del otro.
Yo, al menos, voy a empezar hoy por una decisión mínima y concreta: no deshumanizar. Ni al que me irrita. Ni al que me decepciona. Ni al que pienso que se equivoca. Porque cuando perdemos eso, ya no perdemos solo una discusión: perdemos a los demás, perdemos a la sociedad, perdemos un país. Porque el día que perdamos eso, ya no estaremos discutiendo cómo vivir juntos: estaremos discutiendo si todavía queremos hacerlo.
Germán Cerdá Olmedo. Defensor Universitario
Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir