Topónimos de quita y pon
Si nuestros ancestros les hubiesen hecho caso a los académicos de hace mil años, hoy en día seguiríamos hablando en latín
Siempre me ha asombrado la naturalidad con la que asumimos que unos señores —muy sabios y cargados de razones lingüísticas que nadie pone en duda— se reúnan en un despacho para decidir cómo se llama nuestro municipio.
En Galicia hay dos casos históricos. Uno se refiere al nombre de la ciudad en la que vivo. Oficialmente y para muchos es A Coruña. Para otros tantos es La Coruña. Y, para la inmensa mayoría, es Coruña a secas, sin artículo ni gaitas. Así la conocemos casi todos los que llevamos en la cartera un DNI que empieza por 32.
Durante años, asistimos atónitos a la llamada guerra del topónimo, escenificada en aquel adorno floral que recibía a los automovilistas en la avenida de Alfonso Molina y que dio lugar a una larguísima partida en la que los concejales del Bloque arrancaban la ele vegetal —a eso nadie lo llamó ecocidio— y luego Paco Vázquez la replantaba.
Aquello terminó nada menos que en el Tribunal Supremo, que dictó que el nombre oficial de la ciudad es A Coruña, mientras que la Real Academia Española insiste en que, si hablamos en castellano, lo suyo es decir La Coruña. Ya digo que los coruñeses de a pie hace tiempo que zanjamos el asunto pasando olímpicamente del dichoso artículo.
La otra guerra del topónimo se libró en Ribeira. Durante años, el Ayuntamiento insistió en que era Riveira, mientras que la Real Academia Galega replicaba que era Ribeira. Se pasaron un buen rato lanzándose bes y uves a la cabeza hasta que la cosa se decantó finalmente por la be.
Las batallas parecían haber terminado así, pero hace unos días, la RAG ha vuelto al ataque con el enésimo meneo al nomenclátor. En este reparto de nuevos topónimos que se ha montado la Academia, a los coruñeses nos han tocado estos retoques: Lonzas ya no es Lonzas, sino Louzás; O Portiño pasa a ser A Seavella; y As Xubias se convierte en As Xuvias (aquí yo creo que nos han colocado la uve reciclada que no dejaron usar a los de Ribeira).
Pero lo que más me gusta de este centrifugado masivo de la onomástica es el artículo de quita y pon, ese que tanto dinero hizo ganar a los bufetes que llevaron los infinitos recursos de la ele coruñesa. O Castro de Elviña lo pierde y se queda en Castro de Elviña, mientras que, allá por San Pedro de Visma y sus contornos, en vez de podar artículos, la moda es replantarlos: Loureiro es O Loureiro y Penamoa es A Penamoa.
Estoy seguro de que los eruditos tienen toda la razón y que esta es la forma correcta de llamar a esos lugares en los que nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Solo querría apuntar, desde mi humilde condición de peatón del idioma, que creo que las lenguas son de sus hablantes, y no de los catedráticos.
Siempre me ha pasmado esa visión historicista y forense del lenguaje de quienes se dedican a diseccionar las palabras como si fuesen arqueólogos que le sacan el polvo a la osamenta de un brontosaurio. Pero una lengua no es una pieza de coleccionista que se exhibe detrás de una vitrina en un museo. El idioma está siempre en ebullición y se inventó para ser manoseado, ensuciado y hasta estropeado con usos indebidos y antes nunca vistos del diccionario.
Si nuestros ancestros les hubiesen hecho caso a los académicos de hace mil años, nadie se habría atrevido a deformar el idioma del Imperio romano y hoy en día seguiríamos hablando en latín. Porque el gallego y el español que hoy manejamos nacieron mediante ese uso popular, corrupto e incorrecto de la lengua que tanto irrita a los filólogos.
Claro que a lo mejor la solución a todo este mareo es precisamente esa. Si lo que proponen desde la Academia es volver a los nombres históricos y auténticos, ¿hay algo más genuino que los topónimos latinos originales? Regresemos a Finis Terrae, a Brigantium, a Lucus Augusti y a Pontes Caesaris y dejémonos de mojigangas. Todo lo que vino después fue una pura deturpación.