Atlantic CityLuís Pousa

El chandalismo

¿Qué le pasa a una sociedad que va todo el día en sudadera y mallas?

Hace unos días, en medio de una certera columna sobre esa Barcelona charnega que tanto amamos los que amamos la Barcelona genuina —amor inversamente proporcional al que sentimos por la Barcelona supremacista y falsaria del secesionismo—, mi amigo Iñaki Ellakuria resumía así las dolencias que aquejan a la capital catalana: «Tiene los mismos problemas que la mayoría de las urbes: inseguridad, alto precio de la vivienda y una población que viste de chándal». Al fin un tema relevante sobre el tapete periodístico.

Al leer el párrafo, me llevé la misma alegría que Arrabal cuando salió su tema favorito en aquella famosa tertulia televisiva capitaneada por Fernando Sánchez-Dragó. Solo que mi entusiasmo —como mi obra, aunque Arrabal y yo compartamos editor en Reino de Cordelia— es mucho más modesto que el de Fernando. ¿Hablamos de milenarismo? Sería una osadía por mi parte. Hablamos del humilde chándal. ¿Qué le pasa a una sociedad que va todo el día en sudadera y mallas?

Recuerdo la primera vez que fui a Inglaterra. Mediados de los ochenta. Mi pasmo fue mayúsculo al encontrar en el súper a señoras de setenta años enfundadas en ropa deportiva. Por aquella época, en España las mujeres se tomaban muy en serio su aspecto hasta para ir a la esquina a comprar el pan. En el Reino Unido hacía tiempo que sus contemporáneas se habían dejado ir y bajaban a la tienda con el mismo atuendo que usaban para podar los arbustos del jardín trasero.

Por entonces yo todavía guardaba un chándal en el armario. Andaba por segundo o tercero de BUP y la clase de Gimnasia —la seguíamos llamando así porque eso molestaba mucho a los profesores de Educación Física— todavía era obligatoria. Pero llegó el bendito COU y se acabaron los juegos. Había que emplearse a fondo para la Selectividad y el plan de estudios se dejaba de menudencias. Adiós a aquellos exámenes en los que cronometraban cuánto tardábamos en dar cuatro vueltas a un campo de fútbol plagado de baches y piedras (en doce años nunca vimos asomar una brizna de hierba en la cancha). Ahí me despedí de la equipación deportiva, que se quedó colgada para siempre en la percha de COU.

¿Se puede vivir sin chándal en esta Coruña chandalera? Exige tesón, lo admito. Recuerdo una de esas revisiones médicas anuales a las que te someten las empresas. Durante el amable interrogatorio, el doctor, que iba apuntando mis hábitos en una hoja, me preguntó si caminaba con frecuencia. Saqué pecho:

—Diez mil pasos al día.

—¿Pero camina en serio? ¿Se pone el chándal para salir a andar?

—Perdone, pero es que no tengo.

Pensé que me iba a mandar de cabeza al servicio de Cardiología del CHUAC para que me pusieran —literalmente— a andar. Pero logré convencerlo a medias de que se puede caminar a buen ritmo sin necesidad de vestir sudadera y mallas, y se compadeció de mí.

Soy muy antiguo y todavía recuerdo cuando, en los primeros ochenta, si te encontrabas en la larga recta de la avenida de La Habana a alguien vestido de chándal, tenías la certeza absoluta de que te iba a dar el palo. Ahora el estilismo desmañado de los narcopisos y las narcodictaduras caribeñas se ha trasladado sin complejos a la calle, donde todo el mundo viste a todas horas con una indumentaria que te hace pensar si el vecino viene de correr una media maratón, si se gana un dinerillo extra cultivando maría en el trastero o si se dispone a montar la revolución bolivariana entre los ficus del descansillo.

A mí, en esta Coruña nuestra, me preocupa más la omnipresente vestimenta deportiva que el metro cuadrado a precio de caviar iraní. Si nos hemos ganado a pulso el título de capital mundial de la moda —hasta hemos puesto a John Galliano a coser en la Singer—, no podemos permitirnos andar por Juan Flórez con las mismas pintas que aquellas inglesas desmoronadas que se rindieron a los leggins de mercadillo. Porque la del chándal es ahora mismo la más temible de todas las narcodictaduras.

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