El fin del mar
En nuestras cañerías se oye, como en una caracola, el fermentar del océano. Y en cada barrio tropezamos con el Atlántico como se tropieza con un objeto olvidado
Se ha muerto António Lobo Antunes. Algún titular lo ha descrito como el último gigante de las letras portuguesas, pero ahí está Gonçalo M. Tavares para desmentirlo. Portugal produce gigantes de la literatura con la misma facilidad que Alemania ensambla automóviles o Argentina fabrica zurdos campeones del mundo.
Se ha muerto António Lobo Antunes y han emergido como hongos los clásicos artículos —toda una tradición en los obituarios y en los comentarios otoñales sobre el fallo del Premio Nobel— donde los columnistas compiten entre sí por demostrar quién ha leído más y mejor al difunto. El periodismo —como la historia— está lleno de profetas del pasado.
Se ha muerto António Lobo Antunes, autor de una prosa difícil, concuerdan las necrológicas. Pero todas las cosas bellas son difíciles: el amor, el álgebra, la metafísica o la poesía. Hasta ser del Dépor, que es una de las cosas más hermosas de este mundo, a veces resulta complicado.
Se ha muerto António Lobo Antunes y, más allá de esos lances de toreo de salón de la prensa legacy, me he acordado de un pasaje de El orden natural de las cosas en el que, mientras él habla de Lisboa y el Tajo, mi cabeza se va a Coruña y al Atlántico. La escena arranca en una letrina. En las cañerías «se oye, como en una caracola, el fermentar del río» y del retrete salta Antunes a la enormidad del estuario del Tajo: «El mal de Lisboa, amigo escritor, consiste en que tropezamos con el Tajo en cada barrio de la ciudad como se tropieza con un objeto olvidado, el Tajo que se nos aparece en todos los postigos, que nos balancea la cama, durante el sueño, con su vaivén de cuna, el Tajo y sus luces nocturnas».
Mar en La Coruña
Se ha muerto António Lobo Antunes y en mi mente ese párrafo se va traduciendo de Lisboa a Coruña, del Tajo al Atlántico. Y confirmo que en nuestras cloacas también se oye, como en una caracola, el fermentar del océano. Y que tropezamos con el Atlántico en cada barrio de la ciudad como se tropieza con un objeto olvidado. Y que el mar se nos aparece en todos los postigos y nos balancea la cama, durante el sueño, con su vaivén de cuna.
Se ha muerto António Lobo Antunes y pienso que el título de una de sus novelas, En el culo del mundo, podría hablar de Coruña en lugar de hablar de Angola. Como tantas otras cosas —ya lo explicaron minuciosamente los Monty Python en La vida de Brian—, tenemos que agradecer a los romanos que bautizasen este extremo del mundo como Finisterre. Es la versión poética y latina de ese culo del mundo en el que todos pensamos cuando tenemos que subirnos a un tren o un avión para volver a una casa que está tan lejos de todo. Ahora que vuelven a estar de moda las pancartas contra el imperialismo, yo me declaro fan del Imperio que nos civilizó. Si no fuese por los romanos, nuestros bárbaros topónimos hablarían del culo del mundo, y no del Finis Terrae, y aquí seguiríamos atrincherados en el castro de Elviña, peleándonos a pedradas por un jabalí.
Se ha muerto António Lobo Antunes y yo creo que incluso él estaría de acuerdo en que esta esquina nuestra —que al final es un poco la misma esquina de Portugal—, más que el culo del mundo, es el culo del mar. Para los romanos, que eran más cultos y por eso nos doblegaron, el fin del mar. El fin de ese océano omnipresente que se nos aparece en cada barrio y ronronea bajo cada alcantarilla de nuestra Atlantic City.