Sánchez y Trump, ¿una versión hortera del ‘superhombre’ de Nietzsche?
El hedonismo de los antiguos griegos es, también, extremadamente intelectual para los hedonistas del mundo de hoy. Dentro de lo malo, antaño se pecaba con un poco más de erudición y elegancia
El común de los mortales podría calificar a Pedro Sánchez y a Donald Trump como los ‘superhombres’ de Friedrich Nietzsche, pero estarían bastante equivocados. Sendos gerifaltes, a lo sumo, podrían constituir una versión hortera -y, por ende, distorsionada- del delirante arquetipo nietzscheano.
El filósofo prusiano abogaba por la construcción de un prohombre que, además de encontrarse «más allá del bien y del mal», tratase de conectar con sus anhelos más profundos; unos deseos tan hondos, tan ubicados en las interioridades de su ser, que no fuesen prisioneros de tendencias tan primarias como la mera búsqueda del éxito y el poder.
Así pues, es altamente probable que Nietzsche viera a los citados optimates como siervos de unas pasiones demasiado superficiales, fútiles o banales. A lo mejor, podrían encajar, en cierta medida, en aquello de tratar de ir «más allá del bien y del mal» y de sobreponerse a otros, pero el vesánico ideal nietzscheano rebasaba los umbrales de aspiraciones tan mezquinas -e inintelectuales- como las de Sánchez o Trump.
El ejemplo esgrimido por Nietzsche de su modelo de ‘superhombre’ que más me ha convencido (en lo que respecta a entender su teoría, no a comulgar con ésta) es la de aquellos antiguos brahmanes que detentaban el poder político y que, al mismo tiempo, se dedicaban a menesteres más intelectuales y elevados; algo así como tener amarrada la potestas, pero sin convertirse en un esclavo que dependa de ella, de tal modo que uno pueda dedicar su rutina a quehaceres más sublimes.
En otras palabras, el ‘superhombre’ de Nietzsche sería alguien que, además de carecer de ataduras morales conforme al esquema del bien y del mal, no fuese dependiente de las pasiones (como la obsesión con el éxito, el dinero o el poder) que pudiesen derivarse de dicha ausencia de ética. Por lo tanto, cabe destacar que, en este último aspecto, Sánchez y Trump pecarían de debilidad, puesto que serían mercenarios de las pulsiones mencionadas.
Desde mi punto de vista, el ‘superhombre’ de Nietzsche es una quimera irrealizable, dado que exige conciliar dos aspiraciones irreconciliables: la de encontrarse «más allá del bien y del mal» y sobreponerse a otros con no ser dependiente de las pasiones de afanarse al éxito, el dinero o al poder.
La única manera real de no quedar atrapados por dichas pasiones -de éxito, dinero y poder- sería la de imitar a Cristo; la de ceñirnos, con ademán mendicante, una infamante corona de espinas; ello en pos de adquirir una humildad propia de ‘infrahombres’, que nos permita, así, transfigurarnos en genuinos ‘superhombres’; al renunciar a nuestras fuerzas limitadas, para confiar y abandonarnos en la fuerza ilimitada del Todopoderoso. Por algo, decía G.K. Chesterton que los ángeles vuelan, porque se toman a sí mismos a la ligera; y que los santos brillan por su debilidad beatífica, y no por su poder de levitación.
Volviendo al tema que nos ocupa, el binomio antagonista Sánchez-Trump, también, constituiría una marca blanca -por no decir «subalterno hortera»- del Fausto de Goethe; puesto que dicho personaje literario vende su alma a Mefistófeles y no acepta límites, ello en aras de difuminar las barreras morales, pero, al mismo tiempo, persigue metas intelectualmente más refinadas y encumbradas que la de los citados presidentes. El idealismo romántico, en su vileza y avaricia triunfalista, resulta demasiado distinguido para este par de oligarcas gubernamentales.
Ahora bien, la codicia ilimitada de Sánchez y Trump sí que tendrían un asidero en el mundo de las letras. Creo que podría trabar puntos de encuentro con el ideal barojiano de ‘hombre de acción’.
Pío Baroja, en uno de sus escritos, recogido en El tablado de Arlequín en 1904, desarrolló un modelo de ‘hombre de acción’ afanado a una «lucha por la vida» de corte darwiniana. Desde su perspectiva, al igual que los animales se devoran los unos a los otros y sobreviven los más fuertes, la supervivencia humana se rige por los mismos parámetros.
De esta guisa, a juicio de Pío Baroja, uno «está en su derecho» de sobreponerse a los demás, debido a que se encuentra constreñido a «defenderse o morir». En otras palabras, justifica los ataques -y la avaricia de imponerse y dominar - con una retórica de superviviente autodefensa; algo que me recuerda en demasía a ese afán de Donald Trump por atacar primero y defenderse atacando de cualquier ataque, modus operandi que le inculcó Roy Cohn, su siniestro exabogado.
En consecuencia, Pío Baroja concebía el cumplimiento de leyes, costumbres, tradiciones y reglas morales -incluso la fidelidad en el amor- como algo que nos debilita frente al resto de los hombres; razón por la cual, al igual que los animales que desgarran a sus adversarios, tendríamos que trocarnos en feroces, «inmoralizarnos», «santificar el egoísmo» y «utilizar todos» nuestros «recursos para poder vencer en la lucha por la vida».
A esto, Baroja añade que los «reformadores en política, en religión, en arte» son aquellos a los que «no les basta con el triunfo personal en la lucha por la vida y necesitan influir sobre las voluntades ajenas», para «convertir su ley particular en ley general»; y que tales reformadores tienen por enemigo a «un mundo de impotentes» que les impiden realizar sus «ansias de poder, de amor, de orgullo».
De hecho, esto último lo llevó Baroja a tal extremo o paroxismo que era acerbamente crítico con quienes poseían mucho sin ansias de dominio, hasta el punto afirmar que teníamos que enterrar a esos «pálidos espectros, que monopolizan a las mujeres y no las fecundan; que monopolizan el dinero y no lo emplean; que lo monopolizan todo y lo guardan todo». Algo muy parecido les ocurre a los envidiosos de hogaño: prefieren a un dinosaurio codicioso con ansias de enseñorearse de todo que a «un señorito» que vive tranquilo con sus propiedades y sin tratar de desposeer a nadie en su propio beneficio. Ante esta contradicción, Nuestro Señor Jesucristo estuvo muy acertado al pedirnos que fuésemos pobres en el espíritu, puesto que hay mucho avaricioso con escasas posesiones y algunos afortunados carentes de avaricia.
Esa tendencia por preferir a un dinosaurio codicioso con ansias de dominio -antes que a un gran tenedor sosegado y conformista- la podemos ver reflejada en Gordon Gekko, el protagonista de la célebre película Wall Street, exquisitamente interpretado por el actor Michael Douglas. En uno de sus discursos más memorables, el magnate hace una apología desembarazada de la codicia, hasta el punto de definirla como la mano turbina del progreso humano.
En síntesis, Pedro Sánchez, Donald Trump y la aplastante mayoría de los líderes políticos actuales no son lo suficiente interesantes como para asemejarse al sinuoso ‘superhombre’ de Nietzsche, pero sí que podrían mirarse en el espejo del avaricioso ‘hombre de acción’ barojiano.
Del mismo modo que el ‘superhombre’ de Nietzsche, el Fausto de Goethe y el idealismo romántico del siglo XIX son demasiado sofisticados, en su iniquidad, para los políticos de nuestro tiempo, el hedonismo de los antiguos griegos es, también, extremadamente intelectual para los hedonistas del mundo de hoy. Dentro de lo malo, antaño se pecaba con un poco más de erudición y elegancia.