Fundado en 1910
MI TORRE DE MARFILIgnacio Crespí de Valldaura

¿Por qué el tiempo pasa, cada año, más deprisa?

No cabe duda de que el 'tempus fugit' parece que le va comiendo, cada vez, más terreno al 'carpe diem'

Habrá una respuesta biológica y científica al enigma en cuestión, pero mi cometido como escritor es tratar de despejar la incógnita desde un prisma filosófico. Tengo una fe resuelta en que el tiempo transcurre cada vez más -y más, y más, y más- deprisa porque es una señal de Dios para advertirnos de que nuestra condición de mortales no es eterna, y que, por consiguiente, nuestra hora está más cerca de lo que pensamos. Al principio, suena desalentador, pero, cuando interiorizas el mensaje y actúas en consecuencia, te termina por resultar reconfortante… e incluso esperanzador, ya que te espolea a confiar y a abandonarte en el Señor, en la esperanza divina.

Estoy convencido de que, de esta respuesta, se derivan otras: como, por ejemplo, que tanto los placeres benignos como los malignos son efímeros… transitorios… perecederos… caducos… ya que el hecho de que el tiempo pase, cada vez, con mayor celeridad hace que compense, cada vez, menos el afanarse a ellos con un exceso de entusiasmo. ¿Por qué? Por una razón muy sencilla: debido a que duran mucho menos; amén de que la carga emocional que nos reportan disminuye. Antaño, disfrutar de ellos era como participar, con ropas principescas, en una danza eterna. Hogaño, su usufructo -uso y disfrute- se esfuma en un santiamén… en un Avemaría… o en lo que tarda en cantar un gallo.

Con lo dicho, no cabe duda de que el tempus fugit parece que le va comiendo, cada vez, más terreno al carpe diem. Esa fiesta, despedida de soltero o boda que estuvimos esperando con tantísimo entusiasmo, una vez que tiene lugar, nos asalta la siguiente pregunta retórica: «¿Ya está? ¿Esto es todo?». Ese viaje que nos pasamos meses y meses pertrechando, una vez que disfrutamos de él, nos decimos a nosotros mismos: «Ha estado fenomenal»; para, acto seguido, añadir: «¿Ya está? ¿Esto es todo?». Ese ascenso empresarial por el que peleamos con tanto denuedo, arrojo y ahínco, al principio, nos llena de alborozo, pero, pasados unos días, retorna a nuestro haber reflexivo la incesante pregunta: «¿Ya está? ¿Esto es todo?».

Con esto, no quiero, ni por asomo, decir que nos desprendamos de todos los placeres, aspiraciones e ilusiones terrenales, por tres razones primordiales: la primera, porque soy católico, y no estoico; la segunda, debido a que supondría caer en el ‘ismo’ del espiritualismo o del sobrenaturalismo, véase en reducirlo todo a lo espiritual o sobrenatural hasta el extremo de olvidarse de lo terrenal, tentación al platonismo impropia del catolicismo y más en sintonía con el modus vinvendi de algunas espiritualidades orientales; y el tercer motivo , íntimamente relacionado con el anterior, dado que no hay que confundir aislarse del mundo con renunciar a ser atrapado por el mundo (esto último es aquello que sí que hemos de evitar).

Así pues, aguardar a la espera de una fiesta, despedida de soltero, boda, viaje u ascenso profesional con una ilusión equilibrada, supondría transitar con alegría por el orbe. Eso sí, depositar, con ademán desmedido, nuestras ilusiones en algo tan efímero o fugaz, se correspondería con aquello de lo que estoy tratando de disuadiros y disuadirme; porque tempus fugit.

Con respecto a los placeres malignos, es decir, en referencia a los pecados, me veo en la tesitura de sentenciar lo siguiente: pecar, antes, molaba; debido a que el lapso pecaminoso duraba más tiempo, e incluso me entrampaba en éste con mayor delectación anímica. Ahora, puedo decir que la cosa ha perdido toda su gracia. El disfrute que me reporta es tan efímero que ha dejado de compensarme.

A esta conclusión de que, cada vez, compensa menos cometer pecados, y afanarse desmedidamente a los éxitos y placeres benignos, dado que la velocidad con la que pasa el tiempo no nos permite disfrutar de estos momentos como lo hacíamos antes, he de añadir que, además, uno, al hacerse mayor, cada vez, dispone de menor libre albedrío para hacer lo que le plazca. Esto último es un motivo adicional a favor de mi sentencia: pecar, antes, molaba; no tenía apenas consecuencias y nuestra irresponsabilidad no ponía significativamente en peligro la supervivencia de nuestras responsabilidades (según el caso a tratar, naturalmente). Ahora bien, llegados a una edad, uno se da cuenta de que las tornas han cambiado; y de que no cesan de cambiar.

Es más, el Evangelio según San Juan (21, 18) reza así: «Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras».

Por este cúmulo de factores, precisamente, estoy convencido de que la creciente velocidad a la que pasa el tiempo es una oportunidad que nos brinda Dios para que recapacitemos y nos demos cuenta de que lo que, en verdad, nos compensa es abrazarnos a Él. A esto, agrego: nos compensa hasta desde un punto de vista egoísta; e incluso hedonista, me atrevo a apostillar.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas