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Ignacio Crespí de Valldaura

El progresismo no tiene lugar de origen, de destino ni unidad de criterio

Resulta curioso que quienes consideran que ya vivimos en un periodo de radiante esplendor («de las luces»), tras haber atravesado un preludio histórico de tinieblas e involución, sigan pensando que todo lo que está ya dentro de esa era «de progreso» es carca y atrasado, y, que, por ende, tiene que ser superado. ¿En qué quedamos?

El hecho que los «progresos» del pasado poco tengan que ver con los del presente, y los del presente, con los del futuro, explica una realidad indiscutible: no hay una unidad de criterio -ni de lugar de destino- entre «los progresistas»; algo que hace de esta entelequia una idea todavía más insostenible, puesto que sus defensores no comparten un objetivo común. Cada cual -y cada escuela- interpreta «el progreso» a su manera.

Mientras unos arguyen que «el progreso» empezó a echar raíces con el final de la Edad Media (como una humanidad que renació, que volvió a nacer, lo que da sentido al apelativo Renacimiento), otros sostienen que su inicio advino con la Ilustración; un tercer grupo, que con la Revolución Francesa; un cuarto, que con la proclamación de Las Cortes de Cádiz; un quinto, que con el final de la II Guerra Mundial; un sexto, que con la fundación de la ONU; un séptimo, que con la concepción de la Unión Europea; un octavo, que con la Constitución Española de 1978; un noveno, que bajo la legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero; un décimo, que con la consolidación del capitalismo y de la democracia liberal; un undécimo, que con el auge de la socialdemocracia; etcétera, etcétera, etcétera…

El esquematismo progresista: trazar líneas divisorias en el tiempo

A la vista de estos últimos ejemplos, se transluce otra inconsistencia intelectual: los mismos que piensan que la humanidad está en un continuo proceso de progreso trazan una línea divisoria en el tiempo, para decir: «Hasta esta época era todo oscuridad; a partir de ese momento, vino la luz». En el párrafo anterior, ha quedado sobradamente demostrado que no existe una unidad de criterio en cuanto a esa línea divisoria, puesto que cada cual la dibuja donde le place.

A su vez, resulta curioso que quienes consideran que ya vivimos en un periodo de radiante esplendor («de las luces»), tras haber atravesado un preludio histórico de tinieblas e involución, sigan pensando que todo lo que está ya dentro de esa era «de progreso» es carca y atrasado, y, que, por ende, tiene que ser superado. ¿En qué quedamos? ¿Acaso no sostienen que la humanidad ha rebasado, por fin, sus claroscuros, y que, por lo tanto, puede solazarse en un paraíso progresista y avanzado?

A lo dicho, cabe agregar otra incongruencia en esta manera de pensar: si vivimos en un permanente estado de evolución, «de progreso», ¿Cómo es posible colocar una línea divisoria entre un periodo de luz y de oscuridad? ¿Acaso la humanidad -desde su punto de vista- no está progresando de continuo? ¿Acaso no fue necesaria aquella época oscura para seguir progresando? ¿Acaso no somos lo que somos, en cierta medida, porque fuimos lo que fuimos?

Al hilo de lo anterior, cabe destacar que los progresistas moran -como almas en pena- en un estado de protesta permanente, ojo avizor y al acecho de cualquier conato de marea reaccionaria. ¿Por qué tanto miedo? ¿Acaso no están tan convencidos de que viven en la era «de las luces»? Además, si tan convencidos están de que «el progreso» es indefinido y como una línea ascendente, ¿Por qué están siempre temerosos de que esa raya, que asciende y asciende hacia «el progreso», cambie de dirección? Es más, ¿No albergan la contradicción de decir, por la mañana, que vivimos en la sociedad del «progreso», y, por la tarde, de activar las alarmas de que la era del atraso y la involución ha retornado? ¿En qué quedamos?

Una falta de confianza en «el progreso»: que el Estado tenga que intervenir en él por sistema

En relación con esto último, Herbert Spencer -uno de los evolucionistas más destacados del mundo contemporáneo, considerado como el padre del darwinismo social- criticó a aquellos otros evolucionistas que reclamaban una intervención excesiva del Estado en los asuntos cotidianos, porque denotaban una falta de confianza en la evolución, en la capacidad de esta para desarrollarse por sí misma, sin necesidad de ser forzada con un ademán desesperado.

De facto, Spencer iba más allá: decía que intervenir en los acontecimientos obstaculizaba su progreso natural, al entender la evolución de la humanidad como un organismo biológico. Huelga precisar que este pensador no es ni santo, ni de mi devoción, pero admito que desmotó -con muy buen tino- la lógica incoherente de quienes confían en «el progreso» y, al mismo tiempo, necesitan intervenir en él sistemáticamente

Pensar que vivimos en un estado de progreso permanente y, a su vez, creer que la historia ha llegado a su punto culminante

A esta incoherencia de dibujar líneas imaginarias entre la época de oscuridad y la era de «las luces», cuando, según «los progresistas», todo está sumergido en un progreso permanente, cabe añadir que otros tantos pensadores «progres» sostienen que hay un cénit en la historia del progreso, es decir, un punto culminante en la evolución. Si todo, a su juicio, evoluciona de forma permanente, en una perpetua línea ascendente, ¿Cómo es posible que acepten la existencia de un «fin de la historia», en virtud del cual la humanidad haya alcanzado su clímax?

Fukuyama, por ejemplo, argumentó que, tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, la humanidad había llegado al punto final de su evolución ideológica: La democracia liberal y el capitalismo serían la forma política y económica definitiva hacia la que tenderían todas las sociedades.

En la otra cara de la moneda, tenemos a Marx, que argüía que la humanidad, tras haber yacido estancada en un modelo económico feudal y superar dicha etapa con el advenimiento de una economía capitalista, desembocaría en una etapa definitiva de progreso, que sería el paraíso comunista.

Auguste Comte, por su parte, dividía la historia en tres etapas de evolución, para considerar la tercera como la definitiva (debe ser que creía en aquello de «a la tercera va la vencida»). Su teoría consistía en que la humanidad estuvo estabulada en un periodo teológico, para progresar hacia uno de corte metafísico y recalar, finalmente, en la era positiva o científica.

He de subrayar, para colmo, que ninguna de estas quimeras se ha cumplido: el «fin de la historia» de Fukuyama -que traería el apogeo del capitalismo y de la democracia liberal- no cesa de estar en peligro y en entredicho (aparte de no haber triunfado en múltiples rincones del planeta); el comunismo ha sido desmantelado en la mayor parte de los lugares en los que ha sido instaurado; y el endiosamiento de la ciencia se desmoronó tras las funestas consecuencias que desencadenaron las dos guerras mundiales (a raíz de lo cual, la humanidad pudo cerciorarse de que, si los avances científicos y tecnológicos no están respaldados por la ética, el mundo corre el riesgo de evaporarse en el humo de la pólvora).

Conclusión

Como colofón o a modo de conclusión, repito: Si todo, a juicio de «los progresistas», evoluciona de forma permanente, en una perpetua línea ascendente, ¿Cómo es posible que acepten la existencia de un «fin de la historia», en virtud del cual la humanidad haya alcanzado su punto culminante? Y volviendo sobre lo que he dicho un poco antes, ¿Cómo es posible que tracen líneas de separación entre épocas de oscuridad y de «las luces» si los acontecimientos no hacen más que progresar, progresar y progresar?

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