Prohibir, prohibir, prohibir
Puestos a prohibir, yo empezaría por prohibir la película 'Bambi'. Pocos filmes han hecho más daño a la formación de los jóvenes
Hace tiempo que tenemos pruebas incontestables de que el ansia totalitaria de la izquierda pasa por prohibir todo lo que no se debe impedir racionalmente. Son infinitos los ejemplos que tenemos en el último medio siglo. Por no ir más lejos, la prohibición de fumar hasta en parques y jardines en algunas ciudades del mundo.
Ayer hemos tenido noticia desde los Emiratos Árabes Unidos de que Sánchez quiere prohibir el acceso a las redes sociales de los menores de 16 años. ¿Por qué desde los Emiratos? Supongo que porque allí se siente crecido, pues mantiene recluido a un enfermo Rey Juan Carlos a quien impide siquiera pernoctar una noche en su domicilio del Palacio de la Zarzuela. Cuando se trata de prohibir, Sánchez se viene arriba.
No diré yo que no se deban poner algunas cortapisas al acceso de los menores a determinadas redes sociales. Todos sabemos los horrores que se pueden ver en ellas. Pero automáticamente les sale el término prohibir porque es lo que les hace sentirse fuertes en su infinita miseria humana. Si Sánchez hubiera hablado de «regular» el acceso de menores a las redes sociales, yo no hubiera podido decir nada. Pero no pueden decirlo más claro. No se trata de regular, sino directamente de prohibir. Y a mí la experiencia me ha enseñado a lo largo de la vida que no hay nada más atractivo que lo prohibido.
Casi en paralelo con este afán prohibicionista conocemos la voluntad de este Gobierno de legislar la interdicción del acceso de los niños a las corridas de toros y a la caza. Dos ejemplos de cultura española, en el caso de los toros, y universal en el de la caza. Aunque en este último caso, hay muchas modalidades por el mundo entero.
La fiesta nacional es una manifestación de cultura que nada tiene que ver con el conservatismo. ¿Conocen algún artista más aficionado a los toros que Pablo Picasso? Y ¿uno más izquierdista que él? Como gustaba reírse Salvador Dalí, «Picasso es comunista, yo tampoco». Pues la afición a los toros hay que inculcarla desde niños. Yo no soy un gran aficionado, aunque tengo abono en la Feria de San Isidro y me enorgullece ver qué mis tres hijos tienen afición. Nunca se queda el abono vacío. El afán por hacer políticas antitaurinas está contribuyendo a llenar las plazas españolas. Y, muy a su pesar, habrá que acabar reconociendo el gran servicio a la tauromaquia que está haciendo el ministro de cultura, Ernest Urtasun, con su prohibicionismo.
Y, por último, está el afán por prohibir a los menores acudir a cacerías. Los niños tienen que aprender que la carne no se fabrica en el Carrefour de turno. Ni los huevos salen de una máquina. Los pequeños educados así acaban siendo los ecologistas de salón de hoy en día que quieren dar lecciones a las gentes del campo sobre cómo cuidar el medioambiente. Estos son los que han conseguido que las ciudades estén llenas de jabalíes que acuden a alimentarse a los basureros. Los que adoptan políticas que permiten tener campos llenos de guarros, corzos y ciervos que arrasan las cosechas. Los que no quieren que los jóvenes de ambos sexos comprendan la naturalidad de mancharse las manos de sangre al desollar un venado. Todo lo quieren prohibir.
Puestos a prohibir, yo empezaría por prohibir la película «Bambi». Pocos filmes han hecho más daño a la formación de los jóvenes.