Las misiones franciscanas en la Baja California
Se dice que llegó a recorrer casi diez mil kilómetros a lo largo de su vida. Y siempre caminando, como lo hiciera dos siglos atrás otro cojo genial como fue San Ignacio de Loyola
Las misiones de los franciscanos en Baja California
Quizá todo comenzó en una sencilla localidad de Mallorca, no lejos de la población de Manacor. Me refiero al pueblo de Petra (no la de Jordania, divulgada más en la película de Indiana Jones que en el acervo cultural de la información arqueológica sobre aquellas tierras históricas). En el Pla mallorquín se encuentra la casa natal de San Junípero Serra, creador de un puñado de misiones en el llamado lejano Oeste de los Estados Unidos por su empeño y tesón religioso, impulsado por la fe generosa de continuar la obra de tantos misioneros que le precedieron en la divulgación y entrega del mensaje de Jesucristo, por los lugares más recónditos del planeta, a muchos seres humanos ignorantes de que existía un Dios que les amaba y que quería transmitirles su misericordia, su confianza y su esperanza para alcanzar un mundo mejor, más justo y con la mayor dignidad humana.
Era hijo de unos humildes campesinos payeses de la zona, cuya casa natal pude visitar en un reciente viaje a primeros de diciembre. El 24 de noviembre de 1713 nació y fue bautizado con los nombres de Miguel José Serra Ferrer. Desde muy joven su lema era «¡Siempre adelante, nunca hacia atrás!», que fue fiel reflejo de su perseverancia y alegría evangelizadora, motivado por ello a continuar pese a las dificultades en su labor misionera, primero en México y luego en las tierras de California. Así era su incansable espíritu para llevar a cabo sus fundaciones y defender a los humildes.
Recorriendo el pueblo y visitando la casa-museo pude constatar la persistencia de ese ánimo que empujó a San Junípero Serra, como consta en su canonización por parte del Papa Francisco en 2015. Al contemplar, en el jardín de la entrada, una enorme campana procedente de la californiana misión de Santa Bárbara, comprendí el reconocimiento que la ciudad de San Francisco otorgó al santo-fundador de sus misiones al adquirir en 1932 la casa, entregada por el Rotary Club de la isla a la Asociación de Pioneros de California y que durante 50 años gestionó con celo y veneración, hasta el año 1981, cuando se constituye la Fundación Casa Serra pasando la propiedad a manos del Ayuntamiento de Petra y gestionada su conservación por la asociación de amigos de Fray Junípero.
Un excelente estudiante
Mantienen dentro de la sencilla vivienda un museo en el que se muestran muchas referencias a su vida y obra misional. Paseando por el Carrer de Fra Junípero Serra pude ver una muestra, a ambos lados de la vía, de los cuadros de azulejos que reflejan las distintas misiones que fue fundando por la región californiana. El sólido convento franciscano de San Bernardí, cercano a la casa, alojó sus primeros estudios, pasando pocos años después a completarlos a la capital de Mallorca debido a sus grandes progresos en latín, filosofía y teología. En la parte exterior hay un pedestal que conmemora el bicentenario de su nacimiento mostrando cuatro baldosas con su imagen en el convento, predicando en las misiones, recibiendo la Comunión antes de morir y, finalmente, la misión de San Carlos Borromeo, donde está enterrado.
A las afueras del pueblo, en el Puig de Bonany, se encuentra el santuario desde donde el franciscano dirigió unas palabras de despedida a los habitantes de Petra antes de partir para América. Acompañado de un grupo de franciscanos, muy jóvenes, inició la labor de su misión desembarcando en Veracruz en 1749. Impulsado por el afán «siempre adelante, sin retroceder», recorrió a pie muchos kilómetros estableciendo misiones por aquellas tierras y soportando una cojera que le duró mucho producida por una profunda llaga en una de sus plantas.
Sus ojos contemplaron las ciudades de México, Monterrey hasta llegar a San Diego, donde plantó una cruz sobre una colina, comenzando allí la creación de las misiones californianas. Se dice que llegó a recorrer casi diez mil kilómetros a lo largo de su vida. Y siempre caminando, como lo hiciera dos siglos atrás otro cojo genial como fue San Ignacio de Loyola.
La expulsión de los jesuitas
Precisamente en sustitución de la labor de los misioneros jesuitas de aquellas tierras, cuando Carlos III abolió la orden, los franciscanos fueron encargados de continuar la actividad difusora de la fe cristiana en 1767. No sin duras dificultades de toda índole, que son imposibles de relatar detalladamente aquí, los edificios fueron levantados, una y otra vez, tras ataques destructivos de algunas tribus locales, que veían en la labor de los frailes una intromisión en su vida establecida en la zona.
Pese a ello, en aquellos años, Fray Junípero logró bautizar, y confirmar en la fe (porque esto último lo consideraba fundamental para afianzar la convicción del amor de Jesucristo hacia ellos) a más de siete mil nativos. No sólo les llevó la fe, sino también una cultura que les dignificaba como personas, unos conocimientos para mejorar sus condiciones de vida en la construcción de unas viviendas más sólidas, una agricultura productiva para su manutención y la protección militar y civil que había establecido la administración española para todos los habitantes de la zona, que fueron considerados súbditos de su majestad a todos los efectos.
Estableciendo comunidades de indígenas, supervisadas por uno o dos misioneros lograron revitalizar toda aquella zona creando sistemas de producción agrícola y ganadera, aprovechando convenientemente los recursos naturales de la tierra. Estas misiones fueron el germen de los conocidos posteriormente como «ranchos» que, por vicisitudes de las guerras posteriores, motivaron el abandono del dominio español, pasando a manos mejicanas y estadounidenses, finalmente, sin olvidar la fase histórica de «la fiebre del oro», y que han dado origen al emporio económico californiano actual.
Hoy día es una ruta turística de enorme interés para el que quiera conocer su pasado histórico. Vaya, finalmente, mi reconocimiento a la Orden Franciscana por su celo en la difusión de la fe católica y la defensa de la verdad, como la realizada recientemente por monseñor Sanz Montes, arzobispo de Oviedo en la Tercera del ABC, y comentada por Ramón Pérez Maura.