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MI TORRE DE MARFILIgnacio Crespí de Valldaura

Diferencias y semejanzas entre ser sabio, listo e inteligente

Mientras el enciclopedista sería aquel que conoce los distintos campos del saber de manera individualizada (la física, la química, las matemáticas, etcétera), el filósofo sabe armonizarlos en una urdimbre uniforme

Las aptitudes que vienen recogidas en el titular de este escrito están íntimamente relacionadas entre sí, guardan una estrechísima avenencia, pero, a pesar de cómo interactúan las unas con las otras, son, también, identificables de forma individualizada. En síntesis, son como los distintos afluentes de un mismo río o como las diversas ramas que emergen de un tronco común; no se pueden separar, pero sí reconocerlas y apelar a ellas de manera singularizada.

En primer lugar, es preciso subrayar que la inteligencia es la facultad que las aglomera a todas ellas, el haz en el que todas quedan ensartadas, ensambladas y enhebradas. En definitiva, se trata del tronco común del que brotan el conjunto de las ramas; o el río del que emanan los múltiples y variopintos afluentes. Dicho esto, me permito la licencia de definir a cada una de estas facultades intelectivas como mónadas, véase como unidades individualizadas de una misma unidad indivisible; o como las entidades locales de una patria fuerte y unida; por lo que, si la inteligencia es España, la listeza sería, por ejemplo, Cataluña.

Diferencias y semejanzas entre ser listo e inteligente

De esta guisa, si la inteligencia es el baremo global por el que se miden el conjunto de nuestras facultades intelectivas, la listeza sería esa aptitud concreta que consiste en ser astuto, espabilado, rápido, sagaz y expedito. Bajo mi criterio, es listo aquel que sabe sacar rédito de las situaciones cotidianas, que es hábil, ducho o avezado para las negociaciones y las conversaciones veloces. Se trata más de un todoterreno y un «aguililla» que de un erudito cumbre.

El doctor Enrique Rojas, en su ensayo 5 consejos para potenciar la inteligencia, define al listo como alguien capaz de «entender las cosas con facilidad y rapidez», cuya habilidad «está más relacionada con la cantidad que con la calidad». A esto, agrega su hija Isabel -en un capítulo del libro reservado para ella- que «el listo es hábil para sacar beneficio o ventajas de cualquier situación»; que «saca todo el partido que puede a la situación en la que se encuentra»; que «sabe lidiar mejor con el estrés que una -persona- inteligente, pues el carácter resolutivo y práctico del listo le hace no ahogarse a la primera».

En palabras de Isabel Rojas Estapé, «lista es una persona rápida, sagaz, astuta, operativa, práctica»; con «una visión inmediata de la realidad»; con una «inteligencia operativa, pegada al día a día»; en la que prevalece «el triunfo de la inmediatez, la visión más corta de la jugada»; que sabe «adaptarse al medio»; que «tiene más información que cultura». El inteligente, en cambio, «tiene más conocimiento», «sabe más»; «comprende lo complejo y lo hace sencillo»; «es más teórico y analítico, desmenuza los temas»; «tiene un componente más intelectual y de estudio, una visión más larga de la jugada». En resumidas cuentas, el listo es más habilidoso o avispado para lo inmediato, y el inteligente, más profundo y perspicaz para lo mediato.

Tres tipos de sabiduría: la espiritual, la filosófico-abstracta y la popular

Antes de trazar las diferencias y semejanzas entre la inteligencia y la sabiduría, considero pertinente definir tres tipologías de sapiencia que he ido identificando a lo largo y ancho de mi singladura «intelectuá».

La primera que quiero abordar es la que entiendo como «sabiduría popular». Ésta, más que estar basada en la capacidad intelectiva o en el cociente intelectual, sería aquella destreza que nos permite razonar con sensata sencillez, ir a lo esencial de las cosas, descomplicarnos, evitar despeñarnos por los nocivos precipicios de la vida. Es accesible a cualquier persona, puesto que depende más de la claridad y la cordura de pensamiento que de lo hondo y vigoroso que sea éste. Un ejemplo verdaderamente ilustrativo de esta tipología de sapiencia lo podríamos encontrar en aquella escena de la película Forrest Gump, esa en la que el protagonista le espeta a su desmadrada amiga Jenny: «No soy un hombre inteligente, pero sé lo que es el amor».

Yo relaciono esta «sabiduría popular» con lo que el doctor Enrique Rojas, en la obra que he citado con anterioridad, denomina «inteligencia para la vida»; la cual define como aquella que consiste en «gestionar de forma equilibrada y madura los temas esenciales de la vida, aquellos que en cualquier cultura y lugar del mundo ofrecen los asuntos más importantes de la existencia: amor, familia, trabajo, progreso y crecimiento personal».

Por otro lado, estaría la «sabiduría espiritual», también, accesible a cualquier persona, con independencia de su capacidad intelectual. Digamos que es la hermana mayor de la «sabiduría popular», pues comparte todos sus elementos, pero con la diferencia de que los eleva a un plano mucho más trascendental. Parafraseando al Padre Pío, el santo de Pietrelcina, es aquella que, más que robustecer el intelecto, lo purifica, lo acrisola, lo aclara, lo esclarece, lo hace más permeable a la penetración y percusión de la luz divina; para expurgarlo -esto lo añado yo- de toda codicia e inclinación maquiavélica, de todo pragmatismo egoísta y sin alma.

En consecuencia, concibo la «sabiduría espiritual» como aquella facultad de la inteligencia que está más enfocada a esclarecer nuestro pensamiento que a enriquecerlo; más orientada a limpiar nuestra mirada que a ampliar sus lentes; más centrada en hacer visibles a los invisibles que en sublimar lo visible; y más proclive a depurar la voluntad que a fortalecerla. Por esto, precisamente, el sofista, véase el sabio que sabe mucho, pero que carece de sapiencia de espíritu, tiende a arrojarse en brazos de la soberbia, para privarse a sí mismo del fecundo magisterio que nos proporciona la humildad bien entendida.

En resumen, la sabiduría espiritual es un don que recibimos del Espíritu Santo, un estadio superior del entendimiento que no depende tanto de la capacidad intelectual como de la cercanía a Dios, del diálogo con Él, de la lectura sin sesgos de su Palabra, de la humildad bien entendida y de la pureza de corazón. Nos eleva a una atmósfera de comprensión de lo vital que las mentes más brillantes, por sí solas, no son capaces de sondar ni rastrear.

¿En qué consistiría la sabiduría filosófico-abstracta?

El tercer y último tipo de sabiduría -de mi lista- sería la que he bautizado como «filosófico-abstracta», por ser la que está más relacionada con aquella área de la inteligencia conocida como «razonamiento abstracto»; que es la que nos permite comprender mejor el significado o la densidad teórica de las grandes cuestiones, con todo su ramillete de ángulos, aristas, recodos y recovecos.

En síntesis, es la que nos faculta para entender las corrientes de pensamiento más profundas, complejas, alambicadas e inextricables; para, después, bien, asumirlas como propias, bien, rebatirlas con aplomo, bien, establecer analogías, contrastarlas o confrontarlas con otras, bien, fabricar otras nuevas.

El doctor Enrique Rojas describe la «inteligencia teórica» como «la capacidad para moverse en el terreno abstracto», dado que «lo teórico tiene siempre un aire etéreo, impreciso en su precisión, intangible, en donde la exactitud de la palabra lo que hace es fijar el concepto»; pues «no olvidemos que definir es limitar y por tanto establecer una cierta frontera que traza el mapa de las ideas que estamos apresando. Es la figura del intelectual. Pondría aquí las figuras de Sócrates, Platón, Aristóteles, Séneca, Descartes, Pascal, Kant, Ortega y Gasset, Julián Marías…».

Diferencias entre tener sabiduría filosófico-abstracta y ser culto

Si un sabio es aquel que atesora el don de leer dentro (intus legere), el conocedor se caracteriza por ser ese que sabe muchas cosas (bien, alguien culto, bien, alguien experto en una materia determinada); y el informado, por su parte, sería el enterado de varios chismes, cotilleos, soplos o noticias. Como rezan aquellos versos de T.S. Eliot, «¿Dónde está la sabiduría? / Que se nos ha perdido en conocimiento / ¿Dónde está el conocimiento? / Que se nos ha perdido en información».

A la sazón, no cabe duda de que la sociedad de nuestro tiempo está hambrienta de sabios; de personas con inquietud por trascender hasta las primeras causas y los fines últimos de las cosas, a la luz de la razón; de personas habituadas a leer dentro (intus legere), con penetración para comprender que lo esencial es invisible a los ojos (como decía Antoine de Saint-Exupéry, en El principito); de personas capaces de distinguir, con claridad, entre lo fundamental y lo particular; de personas que puedan adentrarse en campos del pensamiento que no les corresponden y aun así colonizarlos; de intelectos capaces de vertebrar los diversos elementos de la realidad bajo una estructura unificada de pensamiento.

Sabiduría filosófico-abstracta versus enciclopedismo

A mi juicio, esta diferencia entre sabiduría y conocimiento es equiparable a la distinción establecida, por Rafael Gambra, en su ensayo Historia sencilla de la filosofía, entre el filósofo y el enciclopedista.

Mientras el enciclopedista sería aquel que conoce los distintos campos del saber de manera individualizada (la física, la química, las matemáticas, etcétera), el filósofo sabe armonizarlos en una urdimbre uniforme, en un porqué previo que les revista a todos ellos de sentido, de una primera causa y de un fin último (como puntualizó Santo Tomás de Aquino en dos de sus cinco vías).

Por esto último, precisamente, Aristóteles sentenció, en Metafísica I, 2, que una ciencia que «domina a las demás es más filosófica que la que está subordinada a otra». En otras palabras, la filosofía es superior al conocimiento enciclopédico de cada campo del saber individualizado, puesto que está situado por encima de los mismos, además de presente en cada uno de ellos. Mientras la filosofía se sirve a sí misma (algo que la eleva a la categoría de Señora), el resto de las ciencias se limitan a servir a las demás (lo que las mantiene en un estatus de siervas).

Ya declaró Heidegger, con desencanto y estupor, que la física estudia el mundo de los cuerpos… «y nada más»; la biología, la órbita de los seres vivos… «y nada más». Ante este vacío, reivindicó la búsqueda de un todo como unidad; lo cual sólo nos otorga la filosofía.

Conclusión: La mejor solución al problema que se nos plantea

Como colofón, considero que la receta más lograda para saciar estos anhelos de Aristóteles y Heidegger es unir la «sabiduría filosófico-abstracta» con la «sabiduría espiritual» (de tal modo que la primera quede subordinada a la segunda, es decir, la razón incardinada a la fe), de tal modo que ese pensamiento superior que da sentido a los distintos terrenos del saber (la biología, la física, las matemáticas, etc) sea verdaderamente honesto, íntegro, coherente, redentor y unificado; porque la razón sin fe es prosa, pero fe y razón son poesía.

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