La España que no puede parar (y de la que casi no hablamos)
Cuanto más imprescindible es un trabajo, menos espacio parece ocupar en nuestra conversación pública
Trabajo en un polígono industrial y suelo atravesarlo a una hora en la que las ciudades aún no han despertado. Esta mañana, al pasar por uno de los muelles de carga que abundan por la zona, me ha venido a la cabeza que ahí no había rastro de la sofisticación tecnológica de la que tanto hablamos. No había algoritmos ni realidad virtual. Había, simplemente, personas haciendo su trabajo para que el resto del país pudiera desayunar unas horas después.
El debate sobre el trabajo se ha vuelto abstracto. Hablamos de inteligencia artificial, de modelos híbridos y de la oficina digital como si el empleo fuera un laboratorio tecnológico que sucede exclusivamente a través de una pantalla. Pero ese debate, cada vez más presente, no representa la realidad de la mayoría de los trabajadores.
Hay otra realidad, física y rotunda, que no es remota ni aplazable. Mientras gran parte del país debate sobre la desconexión, hay millones de personas que, sencillamente, no pueden parar.
Hablo de quienes están en pie a las cinco de la mañana. De quienes sostienen la actividad cuando el resto duerme o en turnos que no existen en los manuales de conciliación. Son quienes mantienen hospitales en funcionamiento, quienes aseguran que los productos lleguen a tiempo, quienes sustentan la industria, quienes limpian, reparan, construyen o transportan. Profesiones que no pueden apagarse sin que el sistema entero se resienta.
Lo paradójico es que cuanto más imprescindible es un trabajo, menos espacio parece ocupar en nuestra conversación pública.
Este Día del Trabajador debería servir, al menos, para dar más visibilidad a quienes siguen trabajando lejos del foco, en empleos que no pueden aplazarse ni hacerse a distancia
En España, apenas un 15 % de los trabajadores teletrabaja de forma habitual u ocasional mientras el resto queda fuera de ese modelo del que tanto se habla. Es una minoría necesaria, sí, pero que se está llevando toda la atención mediática. La gran mayoría de nuestra fuerza laboral desarrolla su actividad en sectores donde el trabajo es presencial y continuo. Es un modelo que no admite pausa, que no puede trasladarse al salón de casa y que no tiene el privilegio de elegir cuándo detenerse.
Y, además, es un modelo mucho más extendido de lo que solemos pensar. Millones de personas en España trabajan cada día con uniforme, aproximadamente uno de cada tres trabajadores. Se trata de empleos en sectores como la logística, la sanidad, la industria o los servicios, donde el trabajo no puede detenerse y donde, en muchos casos, la ropa que utilizan no es una cuestión estética, sino una condición para poder trabajar con seguridad. Una realidad que conocemos bien quienes trabajamos cerca del vestuario laboral, donde cada prenda forma parte de las condiciones en las que ese trabajo puede llevarse a cabo.
Hablamos de la columna vertebral de nuestra economía. Trabajos que no protagonizan grandes titulares, pero que sostienen a todos los demás. Detrás de cada conversación sobre productividad digital, hay alguien que ya ha preparado el entorno físico para que esa charla sea posible. Detrás de cada jornada flexible, hay otras que, por pura responsabilidad social, tienen que ser rígidas.
Durante años, hemos construido un imaginario del éxito asociado a lo inmaterial. Pero en ese camino, hemos cometido el error de dejar de mirar a quienes hacen que el sistema funcione en su forma más básica. Quizá el problema no es que no valoremos estos trabajos; el problema es que los hemos convertido en parte del paisaje. Hemos dado por hecho que el mundo simplemente «va solo».
Este Día del Trabajador debería servir, al menos, para equilibrar la conversación. Para dar más visibilidad a quienes siguen trabajando lejos del foco, en empleos que no pueden aplazarse ni hacerse a distancia.
Hablamos poco de esa España que no puede parar, quizá porque nos hemos acostumbrado a que siempre esté ahí. Pero convendría empezar a mirarla con más atención.
Porque, aunque no siempre lo veamos, son esos trabajos los que mueven el mundo.
- Enrique Fernández Allén es director general de Velilla Group