La maravillosa adolescencia
El autor reivindica la adolescencia como una etapa decisiva, humana y fascinante del crecimiento personal: «Llega un momento en que uno descubre que su hijo ya no es una copia, ni una proyección. Es una persona única. Distinta. Irrepetible»
He de confesar que me gusta educar adolescentes. Me gusta observarlos, tenerlos en clase, verlos madurar y cómo intentan aprender a dominar ese cuerpo que crece tan rápidamente y ese carácter que pide diferenciarse del de sus padres. Y, precisamente por eso, me gustaría romper una lanza en favor de tan bonita etapa de la vida.
La adolescencia no es una enfermedad, ni una desgracia, ni una especie de temporal que haya que soportar hasta que amaine. Es una fase necesaria, decisiva y profundamente humana en el crecimiento de una persona. Sin adolescencia no hay verdadera madurez, porque es en esos años cuando el niño empieza a dejar de ser niño y comienza, poco a poco, a convertirse en adulto.
Entiendo que a muchos padres les dé vértigo. De pronto, aquel hijo que hasta hace poco parecía una prolongación natural de sus padres empieza a mirar el mundo con ojos propios. Ya no repite sin más lo que ha oído en casa. Pregunta, discute, matiza, se distancia, se contradice. A veces se encierra. A veces provoca. A veces desconcierta. Pero también empieza a pensar por sí mismo. Y eso, aunque nos incomode, es una maravilla.
La adolescencia no es una enfermedad, ni una desgracia, ni una especie de temporal que haya que soportar hasta que amaine. Es una fase necesaria y decisiva
Porque llega un momento en que uno descubre que su hijo ya no es una copia, ni una proyección, ni un proyecto diseñado por sus padres. Es una persona única. Distinta. Irrepetible. Con una inteligencia, una sensibilidad, una forma de mirar la realidad y una conciencia propias. Y entonces empiezan a aparecer conversaciones nuevas: conversaciones casi de adulto a adulto. Conversaciones en las que uno escucha a su hijo y se da cuenta de que, en algunas cosas, piensa distinto; en otras, piensa mejor; y en no pocas ocasiones, sencillamente, nos supera. Eso es algo muy grande.
Por eso me entristece escuchar con tanta frecuencia a padres de niños pequeños hablar con pereza o miedo de la adolescencia que les espera. Como si fuera una condena inevitable. Como si educar consistiera en disfrutar de la infancia y sobrevivir después a los catorce años. No debería ser así. ¿Quién pudiera volver a los catorce? Con sus inseguridades, sí; con sus tormentas interiores, también; pero también con esa fuerza, esa apertura, esa capacidad de entusiasmarse y esa necesidad inmensa de encontrar un lugar en el mundo.
Ahora bien, para que la adolescencia pueda vivirse como una etapa bonita, los padres tienen que haber hecho antes sus deberes. El adolescente necesita padres sólidos. No perfectos, pero sí firmes. Padres que no se asusten ante cada cambio de humor, que no se derrumben ante cada discusión, que no confundan educar con caer bien. Padres que sean para su hijo un punto fuerte al que agarrarse cuando todo dentro de él parece tambalearse.
El adolescente necesita padres sólidos. No perfectos, pero sí firmes. Padres que no se asusten ante cada cambio de humor, que no se derrumben ante cada discusión, que no confundan educar con caer bien"
Porque el adolescente vive un auténtico punto de inflexión interior. Hay un cierto crack personal: cambia su cuerpo, cambia su cabeza, cambia su forma de relacionarse consigo mismo, con sus padres, con sus amigos y con el mundo. Y en medio de ese cambio necesita libertad, pero también raíces; necesita distancia, pero también presencia; necesita que le dejemos crecer, pero no que le abandonemos.
La adolescencia no debe darnos miedo. Debe imponernos respeto. Es el momento en que empieza a emerger, con fuerza propia, la persona que durante años hemos intentado formar.
El truco de una adolescencia feliz está, probablemente, en haber puesto antes los pilares necesarios. Pero de esto hablaremos otro día.
·Carlos Beltrán es director de colegio Aixa-Llaüt