Consejos de Santa Teresa para tratar a los demás con santidad y buena educación
Aprovecho para animaros a dedicar más tiempo a la lectura espiritual, porque no somos conscientes del caudal de sabiduría que atesora
Con motivo de la reciente festividad de Santa Teresa de Jesús (1515-1582), onomástica que tuvo lugar, concretamente, el pasado 15 de octubre, voy a hacer hincapié en algunos de sus sabios consejos para tratar los demás con mayor deferencia y santidad; ello habida cuenta de que fue la primera mujer en ser declarada Doctora de la Iglesia (razón de más para que nos los tomemos verdaderamente en serio).
Esta abulense de pro nos instó a evitar la tentación de monopolizar las conversaciones, véase a refrenar un poco la lengua cuando estuviésemos reunidos con varias personas. Huelga decir, a este respecto, que el exceso de locuacidad resulta clamorosamente abrumador. Por mi parte, reconozco que, a medida que pasan los años, me exasperan, cada vez más, los verbosos parlanchines y lenguaraces boquimuelles. A veces, incluso puedo llegar a añorar los diálogos bidireccionales, aquellos en los que la cuota de protagonismo de cada interlocutor es relativamente similar; porque hablar, charlar, departir… es cosa de dos.
Esta santa forjada en Ávila, también, nos alentó a tratar a los demás con una alegría comedida; consejo que me parece formidable, puesto que, en mi humilde opinión, mostrarnos jubilosos con el prójimo contribuye a que le irradiemos júbilo, pero exudar un exceso de alborozo puede llevarnos a degradarle, a hacerle sentir apocado e inferior a nosotros. Imaginemos, por un instante, a ese arquetipo de persona con el rostro iluminado y caminar de estrella, a aquel que nos transmite que vive mucho más motivado que nosotros, que aparenta que la vida le sonríe demasiado.
Una de las recomendaciones más doctas de esta Doctora de la Iglesia consiste en que nos acomodemos al estado de ánimo de aquellos con los que tratemos. Así pues, Santa Teresa nos aconsejaba mostrarnos alegres con quienes estuviesen alegres, y, en cierta media, tristes con aquellos que estuviesen atravesando por un trance de tristeza, de tal modo que nos terminásemos ganando a todos. En este sentido, recuerdo una cita de San Pablo que nos alienta a aprender a cómo decirle las cosas a cada uno, para que lo hiciésemos «sazonados por la sal de la gracia».
La cuarta recomendación teresiana de la lista versa sobre pensar bien las cosas antes de decirlas. Huelga recordar que abundan las bocas deslenguadas -y las lenguas viperinas- que hablan más de la cuenta, con mucha mala idea y sin un criterio sesudamente forjado. Despotricar de los demás a la ligera constituye el deporte nacional.
La santa de Ávila sabía percibir destellos de beatitud en quienes reconocían sus tentaciones, imperfecciones y flaquezas delante de los más perfectos, pero nos pedía que fuésemos precavidos a la hora de airearlos delante de aquellos que no fuesen tan virtuosos, dado que correríamos el peligro de infundirles mal ejemplo. Desde mi punto de vista, tenemos que aprender a distinguir entre ser humildes (algo con lo que nos ganamos a todos) y presumir de nuestros pecados (conducta a partir de la cual hacemos apología del caos).
Otra de las advertencias teresianas consiste en sustituir el pensar en las faltas ajenas por reflexionar sobre las virtudes del prójimo; y en torno a nuestros propios defectos. Bajo mi criterio, todo esto nos ayudaría a dejar de mirar la paja en el ojo ajeno, a cesar de poner a caer de un burro a los demás y a juzgarnos a nosotros mismos con mayor humildad; y realismo, dado que quien se ve a sí mismo como un ser mendicante, infinitamente necesitado de la misericordia de Dios, entiende mejor que está hecho de barro, que, a falta del auxilio de la gracia y de los dones que le ha infundido el Espíritu Santo, su virtuosidad se sostendría sobre pies de arcilla.
Hay otro consejo de Santa Teresa de Jesús que me ha llamado poderosamente la atención: jamás hacer las cosas que no se pueda hacer delante de otros. Desde mi perspectiva, esto es algo que, a quienes andan distraídos en las sendas del relativismo moral, les podría servir como brújula ética para distinguir entre el bien y el mal. Recuerdo que, hace cosa de veinte años, utilicé esta máxima teresiana -sin saber que provenía de ella- para hacerle ver a alguien que fumar hierba y que acostarse con la primera que viese era algo moralmente reprochable. Me limité a argüir que si le gustaría que la persona que le fuese a hacer una entrevista de trabajo supiese que había estado fumando marihuana y acostándose con una desconocida el día anterior, algo, ante lo cual, se vio irremisiblemente forzado a darme la razón.
Como colofón, aprovecho para animaros a dedicar más tiempo a la lectura espiritual, porque no somos conscientes del caudal de sabiduría que atesora.