José Esparza con su mujer María Luisa Encina en 1986. El matrimonio tuvo seis hijos.
Entrevista a Victor Sanz, autor de “Luces desde Lodosa"
«El que primero llegue al cielo, que prepare el sitio al otro»: el diálogo de uno de los primeros supernumararios navarros con su hija antes de morir
Víctor Sanz Santacruz rescata en su libro Luces desde Lodosa la figura de José Esparza Galilea, quien convirtió lo cotidiano en un camino hacia Dios
Nacido en Lodosa, Navarra, en 1928, José Esparza Galilea no fue un hombre de grandes titulares, sino un gigante de lo cotidiano. Trabajó en el sector de las harinas con una atención constante a las condiciones de quienes tenía a su cargo. Tras formarse en Pamplona volvió a su tierra, donde acabó siendo una figura reconocible en la vida económica y social de la zona. Su historia, sin grandes gestos hacia fuera, se entiende mejor desde dentro: la de alguien que vivió la fe en medio del trabajo, la familia y las responsabilidades de cada día.
Apasionado del fútbol y miembro activo de la Peña Alegría, su inseparable bombo se convirtió en el 'acompañante' de una vitalidad que contagiaba a todo el pueblo. No solo fue capitán y presidente del Club Deportivo Lodosa, sino también impulsor de la formación agraria para los jóvenes a través de la Escuela Familiar «Imas». Su capacidad para hacer amigos era tal que, en su funeral, muchos asistentes se sentían sinceramente como sus mejores amigos.
Incorporado al Opus Dei en 1953, mantuvo una relación sencilla y constante con Dios, plasmada en casi 300 cartas llenas de hondura y sentido del humor. Afrontó con fe serena el Alzheimer de su esposa y la pérdida de una hija, mostrando cómo la fe y la vida interior también —y de modo especial— se forjan en la dificultad. Hoy, su biógrafo Víctor Sanz, que plasma su vida en Luces desde Lodosa (Ediciones Rialp), reconstruye el perfil de este cristiano coherente que hizo de la alegría su forma de estar en el mundo.
Víctor Sanz Santacruz, autor de «Luces desde Lodosa. Vida de José Esparza Galilea (1928-2018)»
Una alegría que no pasaba desapercibida
– Usted conoció a José Esparza de cerca, pero ¿qué le empujó definitivamente a rescatar su historia y con qué material ha contado para reconstruir una vida tan poliédrica?
–Aunque le conocí personalmente y a menudo pensaba en tomar notas sobre sus reflexiones, no fue hasta su fallecimiento en 2018 cuando el proyecto tomó forma. Su hijo Miguel Ángel, sacerdote en Bélgica, me facilitó casi 140 cartas que José le escribió durante veinte años, las cuales me impresionaron por su hondura cristiana; además, contábamos con 12 horas de grabaciones de audio de encuentros y reuniones. El puzle se completó en el Archivo del Opus Dei en Roma, donde localicé 145 cartas llenas de anécdotas que José envió a san Josemaría Escrivá y a sus sucesores. Escribir el libro fue, en última instancia, una forma de continuar su propia tarea: acercar a la gente a Dios a través de su ejemplo.
– La incorporación de José al Opus Dei marcó un antes y un después en su trayectoria. ¿Cómo se produjo ese encuentro y de qué manera ese carisma terminó moldeando su carácter?
–El vínculo surgió a través de una amistad de la infancia con José Miranda, quien se había incorporado a la Obra mientras estudiaba medicina en Zaragoza. José Esparza no solo adoptó ese espíritu, sino que lo impregnó de su propia personalidad, destacando un afán apostólico natural. Él entendía que el 'secreto' para ayudar a los demás no estaba solo en la palabra, sino en la oración. Así le explica a su hijo en una carta: «No olvides que el bien más grande que puedes hacer a las almas será más a través de lo que reces que de lo que les hables, aunque esto también hay que hacerlo, pero lleno de lo otro».
José Esparza con uno de sus nietos.
– Al sumergirse en su día a día a través de tantos testimonios, ¿cuál es el rasgo que más le ha fascinado de su personalidad?
–Sin duda, su arrolladora alegría y esa capacidad casi infinita para hacer amigos respetando siempre a quien pensaba distinto. Pero lo que más impresiona es su vida llena de Dios vivida con total sencillez. Una de sus hijas lo definió perfectamente: para él, Dios era «un amigo más, alguien con quien hablaba con una naturalidad impresionante», rasgo que transformó la existencia de toda su familia. «Nos enseñó a disfrutar de lo bueno al máximo y a ofrecer lo que cuesta», me explicaba la hija.
Una forma concreta de vivir la fe
– ¿Cómo aceptó la enfermedad de su mujer y la muerte temprana de su hija más joven?
–José aceptó los más de quince años de enfermedad de su mujer con un sentido sobrenatural admirable, viéndolo como una oportunidad para estar con Dios «a las duras y a las maduras». Lejos de quejarse, aprovechó esa etapa para dar testimonio de amor a través de gestos que emocionaban a sus nietos.
En las últimas páginas del libro se incluye un asombroso diálogo con su hija, pocos días antes de que muriera ella y seis meses antes de fallecer José, en el que logra hacerle reír cuando le dice: «Tengo ya 89 años, así que no sé quién de nosotros va a llegar antes al cielo; en cualquier caso, el que primero llegue, que le prepare un sitio al otro. Si llegas tú primero, no tendrás que esperar mucho para verme…».
José Esparza, apoyado en el bombo, en unas fiestas de su pueblo (Lodosa) con otros miembros de una charanga.
– Llama la atención esa capacidad para contagiar la fe de una manera tan natural...
–Así es. Las anécdotas sobre esto son numerosas. En un funeral con la iglesia abarrotada, un amigo de José le confesó a su hijo que él se consideraba el mejor amigo de su padre, solo para descubrir que muchísimas otras personas sentían exactamente lo mismo. Es decir, que todos se sentían especiales a su lado.
–¿A qué lectores se dirige fundamentalmente este libro?
–Pienso que puede interesar a todo tipo de lectores que quieran conocer la vida de un cristiano coherente: un hombre corriente, enamorado de su familia, alegre, simpático y trabajador; amigo de la fiesta, pero, por encima de todo, de sus amigos; con un trato íntimo y cercano con Dios y un gran deseo de que muchos más lo conozcan y se propongan hacer de su vida un verdadero camino de santidad.