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Santa Catalina de Siena, de Fray juan Bautista Maíno

Santa Catalina de Siena, de Fray juan Bautista MaínoMuseo del Prado

Catalina de Siena: la mística «incómoda» y analfabeta que devolvió al Papa a Roma y murió de «pasión» por la Iglesia

Nacida entre tintes en una Siena superpoblada, esta doctora de alma no dudó en desafiar a los poderosos de su tiempo para devolver la paz a la Cristiandad y el Pastor a su sede romana

Ni el analfabetismo ni las limitaciones propias del siglo XIV frenaron a la vigésimo cuarta hija de un humilde tintorero sienés. Catalina Benincasa no buscaba poder, sino almas, y con esa fuerza mística que solo nace de la oración, se convirtió en el azote de los tibios. Fue la mujer que, armada solo con cartas dictadas y un amor feroz, plantó cara a los poderosos de su tiempo para cumplir la voluntad de Dios.

Llamaba al Papa «dulce Cristo en la tierra», pero no le temblaba el pulso al exigirle que abandonara el lujo de Aviñón y regresara a la Ciudad Eterna. Doctora de la Iglesia y patrona de Europa, esta santa «incómoda» vivió consumida por un fuego divino que la llevó a morir de pasión por la Iglesia.

La diplomática de Dios que rescató al Pontífice

Nacida en 1347 en el barrio de los Tintoreros de Siena, Catalina fue la penúltima de veinticinco hermanos. A los dieciséis años, ingresó en las mantellate, la Tercera Orden de Santo Domingo, dedicándose al servicio de los pobres y enfermos. Su heroísmo alcanzó su cénit durante la peste negra, cuando se entregó sin reservas al cuidado de los moribundos.

Sin embargo, el momento decisivo llegó en 1368, con la visión de sus nupcias místicas con el Señor, quien le encomendó la misión de transformar el mundo a través de la caridad y la conversión de los pecadores. Como señaló san Josemaría Escrivá, Catalina se convirtió en una figura «incómoda», una mujer cuyo ejemplo y palabra generaban un desasosiego necesario en las conciencias instaladas en el pecado.

A pesar de que nunca aprendió a escribir, su pensamiento era irresistible y comenzó a dictar más de 380 cartas dirigidas a laicos, clérigos y monarcas. En su correspondencia con los Papas, conjugaba un amor filial extremo con una firmeza asombrosa, exigiendo una reforma profunda de las costumbres eclesiásticas y el fin del exilio papal. En 1376, su fervor la llevó hasta Aviñón para presentarse ante Gregorio XI. Allí, con solo veintinueve años, convenció al indeciso Pontífice de que regresara a Roma, denunciando la triste situación de una Iglesia plagada de eclesiásticos mundanos más preocupados por la política que por las almas.

Su entrega fue total, rubricada en Pisa cuando recibió los estigmas de la Pasión como símbolo de su unión con el Esposo divino. Durante el trágico Cisma de Occidente, se trasladó a Roma para defender con determinación la causa del Papa Urbano VI, luchando incansablemente por la unidad y la santidad de la jerarquía. Consumida por su celo apostólico y la penitencia, Catalina falleció en la primavera de 1380, con tan solo 33 años. Sus últimas palabras, «Sabed que muero de pasión por la Iglesia», resumen una vida que Pablo VI reconoció en 1970 al nombrarla Doctora de la Iglesia, y que san Juan Pablo II selló en 1999 al proclamarla Patrona de Europa.

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