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TribunaMonseñor Alberto José González Chaves

La virtud de la religión: arrodillarse para estar en pie

El hombre contemporáneo piensa que arrodillarse es perder dignidad, cuando ocurre exactamente lo contrario; sólo quien se arrodilla ante Dios queda libre de hincarse ante cualquier cosa: el poder, el dinero, la opinión, el propio ego

'La oración de la tarde', por Peter Fendi

'La oración de la tarde', por Peter Fendi

I. Religión: palabra con mala prensa

Hoy es una palabra inactual: «religión». Se la relega al ámbito de lo íntimo, de lo optativo y emocional: algo que cada uno «vive a su manera», según su sensibilidad. Sin embargo, según Santo Tomás de Aquino la religión no es un sentimiento ni una experiencia subjetiva, sino una virtud, es decir, un hábito firme que ordena la vida conforme a la verdad. El Aquinate (que le dedica nada menos que 22 cuestiones en la Suma Teológica: II-II, 81-102), la define como la virtud por la cual rendimos a Dios el culto que Le debemos. Y añade que a la religión corresponde ordenar a Dios todas las cosas, como al primer principio de los seres y último fin. No estamos, pues, ante un estado de ánimo, sino ante una respuesta objetiva del hombre a Dios, fundada en lo que Dios es y en lo que el hombre es ante Él.

La raíz de la religión no está en la psicología, sino en la metafísica. Dios no es una proyección de la conciencia humana, ni una construcción cultural, ni un eco de la necesidad afectiva. Es el primer principio y el último fin. Y el hombre, en cuanto criatura, está radicalmente ordenado a Él.

Por eso la religión no nace de «lo que yo siento», sino de lo que es real. Es una forma de justicia: dar a Dios lo suyo, pero con una diferencia radical respecto de toda justicia humana: esa deuda no puede ser saldada. El hombre religioso no «cumple» con Dios como quien liquida una cuenta; vive más bien en una actitud permanente de reconocimiento, de dependencia agradecida, según su íntima e inalienable verdad ontológica.

Cuando se pierde este fundamento, la religión se desliza hacia el terreno de lo subjetivo: cada uno configura su propia «espiritualidad», a medida de su sensibilidad. Pero entonces ya no es Dios quien determina el culto, sino el hombre quien se erige en medida de lo divino, y eso ya no es religión, sino una forma refinada e intelectualmente soberbia de autorreferencialidad.

II. El hombre no puede no adorar

Si la religión es justicia para con Dios, su acto fundamental es la adoración, reverencia que el hombre tributa a Dios. Adorar no es sentir algo intenso ni experimentar una cierta conmoción calor interior; es reconocer que Dios es Dios y que yo estoy colgado de Él: es reconocer la Verdad. Y como el hombre no es un puro espíritu, este reconocimiento no puede quedar encerrado en lo interior; necesita expresarse: en el silencio, en la palabra, en el gesto, en el tiempo ofrecido, en el cuerpo.

El culto externo no es teatralidad sino la manifestación necesaria de una verdad interior; si falta, no es que la religión se purifique, es que se empobrece o ha muerto ya. Cuando de la piedad católica se minusvalía la solemnidad litúrgica, se «antroponcentriza» el rito, desaparecen gestos como la genuflexión, o se banaliza la manera de acercarse al Misterio eucarístico —por ejemplo, no arrodillándose en la consagración, o comulgando en la mano, sin signos visibles de adoración—, no se trata sólo de cambios disciplinarios, sino de algo más profundo: la conciencia misma de lo que se está haciendo. Porque el cuerpo dice la verdad del alma… o su progresiva pérdida.

Hay una ley profunda de la condición humana: el hombre es un ser que adora. No puede dejar de hacerlo. Si no adora a Dios, adorará otra cosa: cambia el objeto, no la actitud. Hoy muchos dicen no tener tiempo para rezar, pero consultan el teléfono a cada momento; no es cuestión de agenda, sino de centro: todos tenemos un «altar»; la cuestión es qué —o quién— lo ocupa. La virtud de la religión no añade cargas a la vida, sino que la ordena. Devuelve a Dios al lugar que le corresponde y, al hacerlo, devuelve también al hombre a su propio lugar.

III. Ni sentimentalismo ni formalismo

Hay dos desviaciones opuestas. Por un lado, reducir la religión al sentimiento: una vivencia interior, cambiante, donde lo decisivo es «lo que yo experimento». Por otro, vaciarla en una pura exterioridad mecánica: gestos sin alma, ritos sin vida. Frente a ambas (hijas del gnosticismo y del luteranismo, y productos, por tanto, del modernismo), lo genuinamente católico sabe que la religión es una virtud que compromete la voluntad y ordena toda la persona.

No consiste en sentir mucho, sino en querer servir a Dios con toda el alma, no tanto multiplicando gestos, sino tratando de que estos expresen una verdad vivida. La vida de gracia no se apoya en emociones fluctuantes, sino en una decisión firme de dirigirse a Dios: el culto exterior, para ser verdadero, ha de brotar de un alma que reconoce interiormente a Aquel a quien se dirige. Pero esa interioridad, si es auténtica, tiende por su propia naturaleza a manifestarse exteriormente.

IV. El culto de la vida y el culto perfecto de la Misa

La religión madura no es un conjunto de actos aislados sino una unidad de vida que no se limita a la iglesia o a determinados momentos; alcanza el trabajo, el descanso, las relaciones, el sufrimiento: todo puede y debe ordenarse a Dios. Entonces la existencia adquiere una integridad nueva: ya no hay compartimentos estancos entre lo «sagrado» y lo «profano», sino una dirección única. La vida entera se vuelve, de algún modo, oración continua, no porque se esté siempre rezando materialmente, sino porque todo está orientado hacia Dios con intención recta.

Esta dinámica alcanza su plenitud en el sacrificio, que es el acto más alto de la religión. Y en la vida cristiana ese sacrificio es el de Cristo, que se hace presente en la Santa Misa, donde el hombre no sólo ofrece, sino que es introducido en la ofrenda misma del Hijo al Padre. El culto ya no es sólo ascendente —del hombre hacia Dios—, sino también descendente: Dios mismo da al hombre el modo perfecto de darle culto. Por eso la Santa Misa no es una práctica más entre otras, sino el corazón mismo de la religión.

Por eso en la Misa el católico se arrodilla: para estar en pie. Es una imagen sencilla y poderosa: no como gesto exterior aislado, sino como símbolo de toda una actitud interior. El hombre contemporáneo piensa que arrodillarse es perder dignidad, cuando ocurre exactamente lo contrario; sólo quien se arrodilla ante Dios queda libre de hincarse ante cualquier cosa: el poder, el dinero, la opinión, el propio ego.

La virtud de la religión no empequeñece al hombre; lo sitúa en la verdad. Le recuerda que no es el centro, y precisamente por eso le permite vivir con libertad. Porque dar a Dios lo que es de Dios no empobrece la vida humana: la funda, la ordena y la eleva.

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