El Dulce Nombre de María: «Cappuccino e corneto, per favore!»
De Cuenca a Viena: una fiesta española, un Papa santo, un capuchino intrépido y la media luna que acabó en el café
Detalle de La Virgen con el niño sosteniendo
«Cappuccino e cornetto, per favore!». La frase puede escucharse cada mañana cien veces en cualquier baretto italiano, entre el ruido de las tazas, el vapor de la máquina de café y ese ceremonial matutino que los italianos ejecutan con aire casi litúrgico. Nadie pensaría, mientras moja en la espuma del cappuccino la media luna creciente (croissant), en las murallas de Viena, en un fraile capuchino que recorría Europa predicando penitencia, en un rey polaco que bajó de las alturas de Kahlenberg al frente de su caballería, en un Papa que rezaba en Roma por la salvación de la cristiandad, y en una fiesta mariana nacida en una diócesis española. Porque el 12 de septiembre, memoria del Dulce —o Santísimo— Nombre de María, tiene una historia de oración, política, guerra, civilización y gratitud.
Antes que Viena, Cuenca
La fiesta del Nombre de María no surgió en Viena tras la victoria sobre los turcos. Nació en España: en 1513 fue autorizada por primera vez en la diócesis de Cuenca, inicialmente para el 15 de septiembre; Sixto V la trasladaría después al día 17, Gregorio XV la extendería en 1622 a la archidiócesis de Toledo y, en 1671, llegaría a celebrarse en toda España y en el reino de Nápoles. Esta fiesta, vinculada a una de las grandes jornadas militares de Europa, había comenzado sin estrépito de armas, en una diócesis castellana.
Antes de que los jenízaros aparecieran ante las murallas vienesas, España había aprendido ya a honrar litúrgicamente aquel Nombre que los católicos repiten como una de sus palabras más familiares: María, porque el amor tiende espontáneamente a pronunciar el nombre de la persona amada. El católico venera en ese Nombre a Quien lo lleva: decir María es evocar a la Madre de Dios, la Virgen del fiat, la Madre dolorosa junto a la Cruz, la Reina Corredentora que intercede por sus hijos. La liturgia podía convertir un nombre propio en fiesta, porque aquel Nombre resume una vocación, una maternidad, una presencia. Cuenca encendió la lámpara; Toledo y España la hicieron crecer; Viena terminaría colocándola sobre el candelero de la Iglesia universal.
De Lepanto a Viena: otra vez la media luna
Entre la primera concesión conquense y la universalización de la fiesta habían transcurrido ciento setenta años, y Europa conocía sobradamente el poder otomano. Si queremos leer aquellos siglos a través de sus dos grandes aldabonazos sobre la cristiandad occidental, Lepanto en 1571 y Viena en 1683 forman un díptico impresionante. Lepanto había detenido en el mar la temible expansión turca y allí España desempeñó un papel militar clave, con don Juan de Austria al frente de la armada de la Liga Santa y con el peso decisivo de hombres, naves y recursos de la Monarquía Católica.
Más de un siglo después, la amenaza apareció no sobre las aguas del Mediterráneo, sino ante el corazón mismo de Europa central. Viena era la puerta; si caía, el avance otomano hacia los territorios germánicos adquiría unas posibilidades difíciles de calcular. No era una simple querella fronteriza: fue percibida por los contemporáneos como una nueva gran amenaza contra la cristiandad, la segunda gran sacudida después de Lepanto.
En julio de 1683, el gran visir Kara Mustafá cercó Viena con un ejército enorme. El emperador Leopoldo I hubo de abandonar la ciudad; dentro quedaban los defensores, cada vez más agotados, mientras las minas turcas trabajaban bajo las fortificaciones y las brechas comenzaban a hacer imaginable el asalto definitivo. Europa, entretanto, volvía a mostrar su vieja enfermedad: rivalidades políticas, intereses particulares, desconfianzas entre príncipes. Entonces aparecen dos figuras inseparables de la fiesta del 12 de septiembre: el Papa Beato Inocencio XI y el capuchino Beato Marco de Aviano.
Inocencio XI, un Papa para una hora difícil
Inocencio XI, Benedetto Odescalchi, elegido Papa en 1676, no fue un pontífice de frivolidades cortesanas. Austero, reformador, enemigo del nepotismo y escrupuloso con las finanzas pontificias, entendía el papado como servicio y responsabilidad más que como magnificencia. Pío XII, al beatificarlo el 7 de octubre de 1956, recordó su obra reformadora en beneficio de la cristiandad.
Aquel anciano Papa, comprendiendo la gravedad de lo que se preparaba en Oriente, trabajó para unir a los príncipes católicos, sostuvo la empresa contra el Imperio otomano y apoyó al rey de Polonia, Juan III Sobieski. La política pontificia debía conseguir dinero, concertar alianzas y convencer a soberanos que tenían otras guerras. Inocencio XI contó con un singular diplomático que no llevaba uniforme ni cartera ministerial, sino barba, sandalias y hábito marrón.
Marco de Aviano: el fraile que alentó a los soldados
Era aquel pobre capuchino un predicador popular, hombre de oración y consejero espiritual. Juan Pablo II, al beatificarlo el 27 de abril de 2003, lo llamó «profeta desarmado de la misericordia divina» y recordó su compromiso activo «en la defensa de la libertad y de la unidad de la Europa cristiana». No era un belicista disfrazado de fraile; era, en palabras del mismo Papa, un contemplativo que recorría los caminos de Europa y que buscaba, antes que la victoria militar, la conversión de los corazones.
Inocencio XI lo envió junto a las fuerzas cristianas como legado espiritual y mediador. Había que lograr algo quizás más difícil que combatir: conseguir que los jefes se pusieran de acuerdo. Marco predicó, confesó, exhortó a la penitencia, recordó a soldados y generales que no podían pedir el auxilio de Dios sin reconciliarse primero con Él. Antes de la batalla se celebró la Santa Misa. Sobieski, rey guerrero y católico, estaba allí. El 12 de septiembre de 1683, desde las alturas que dominan Viena, el ejército de socorro descendió sobre las posiciones otomanas; la intervención polaca, culminada por la carga de la caballería de Sobieski, resultó decisiva. Al anochecer, el campamento de Kara Mustafá era abandonado, y Viena, libre.
¿También España?
España no desempeñó en Kahlenberg el protagonismo militar directo que había ejercido en Lepanto, porque la Monarquía de Carlos II estaba entonces acosada por graves dificultades económicas y, sobre todo, obligada a mantener fuerzas en sus territorios europeos frente a la amenaza de Luis XIV. Pero la solidaridad entre las dos ramas de la Casa de Austria y la conciencia de una causa común movieron a la Corona española a prestar una pingüe ayuda económica, aun cuando tan poco holgada se encontraba. Carlos II hizo enviar urgentemente desde Milán 120.000 escudos, que por el valor de la moneda española equivalieron en Austria a algo más de 125.000; además se arbitraron recursos procedentes de rentas eclesiásticas italianas y otras fórmulas para continuar auxiliando al emperador en la guerra contra el turco.
España necesitaba aquel dinero para sí misma y tenía que vigilar a Francia en sus propias fronteras y posesiones, pero siguió contribuyendo a la causa imperial, también con su sangre. Tres años después de Viena, cuando la ofensiva cristiana avanzó hacia Hungría, numerosos voluntarios españoles defendieron el sitio de Buda, en 1686. El X duque de Béjar, don Manuel Diego López de Zúñiga, Grande de España, fue herido mortalmente durante el asalto; el emperador Leopoldo I y el duque de Lorena lamentaron ante Carlos II su muerte, elogiando su valor y el de los caballeros españoles que le acompañaban. La reconquista de Buda fue consecuencia directa del cambio estratégico iniciado en Viena: después de resistir, la cristiandad pasó a avanzar.
Así, entre Lepanto y Viena hay también un hilo español. En Lepanto, España puso barcos, soldados y al vencedor; en Viena, dinero, diplomacia y solidaridad dinástica cuando sus propias fronteras exigían hombres; y en la continuación de aquella guerra, en Buda, nobles y voluntarios españoles volverían a poner su sangre. Si ciertas fronteras de Europa quedaban muy lejos de Madrid en el mapa, se hallaban muy cerca cuando estaba en juego la suerte común de la cristiandad.
Tras la batalla… cappuccino e cornetto
Si la historia es seria, posee también sentido del humor. Cuando los turcos abandonaron su campamento dejaron, según la tradición, sacos de café, producto todavía extraño para muchos europeos. Algunos cuentan que el padre Marco de Aviano encontró demasiado fuerte aquella bebida oscura y pidió suavizarla con leche —otras versiones añaden miel o crema—; el color resultante recordaba el marrón del hábito capuchino, y de ahí habría nacido el nombre de Kapuziner, remoto antepasado lingüístico de nuestro cappuccino.
Pero... falta la otra mitad del desayuno. La tradición aún afirma que los panaderos vieneses confeccionaron un bollo con forma de media luna, símbolo asociado al enemigo derrotado, de modo que los vieneses pudieran darse cada mañana el gustazo de zamparse la media luna turca. La historieta es demasiado buena para no haber sobrevivido. El problema es que el Kipferl austríaco, con forma curvada, existía ya antes de 1683, y el croissant francés tal como lo conocemos pertenece a una historia posterior. El cornetto italiano es, a su vez, pariente de esa gran familia de masas de ascendencia vienesa. Por tanto, no se puede afirmar seriamente que Marco de Aviano inventó el cappuccino el 12 de septiembre a las nueve y cuarto y que Sobieski encargó inmediatamente después el primer cornetto. Pero para la leyenda, el capuchino y la media luna quedaron unidos en la imaginación europea a una noche en que Viena pudo desaparecer.
De modo que si pedimos en un bar italiano «cappuccino e cornetto, per favore!», sobre el mostrador nos pondrán, sin saberlo, dos ecos legendarios de Viena: el marrón del hábito de Marco de Aviano y la media luna del ejército que Kara Mustafá no pudo hacer ondear sobre la ciudad. Y al levantar la taza, mirando el corazón dibujado sobre la espuma con polvo de cacao, podremos recordar que aquella victoria de 1683 universalizó una fiesta que España celebraba desde hacía ciento setenta años.
«María»: el nombre que quedó
La fiesta mariana que había comenzado en Cuenca en 1513, se había extendido a Toledo y luego a España y Nápoles, recibió tras la victoria de Sobieski su consagración universal. Por decreto de noviembre de 1683, Inocencio XI extendió a toda la Iglesia, la fiesta del Santísimo Nombre de María, vinculándola así para siempre a la jornada del 12 de septiembre, fecha de la victoria vienesa, transformada en acción de gracias. No quedó el nombre de Kara Mustafá en el calendario, ni el estrépito de los cañones, ni siquiera el nombre de Sobieski, sino un nombre de mujer: María. El 12 de septiembre recuerda cómo la cristiandad amenazada volvió sus ojos hacia Dios invocando a la Madre de Cristo, protagonista última de aquella efeméride.
Si Cuenca estrenó la fiesta y Toledo la acogió, Inocencio XI la regaló a toda la Iglesia. Sobieski regresó victorioso; Marco de Aviano volvió a sus caminos de predicador; el Papa continuó en Roma su austera reforma; los españoles siguieron enviando dinero y algunos, pocos años después, morirían ante Buda. Pasaron el Imperio otomano y la Casa de Austria. Las murallas de Viena cambiaron pero cada 12 de septiembre la Iglesia sigue incensando suavemente el Nombre que sobrevivió a todos: María.
La media luna que quiso dominar Viena acabó convertida en un dulce relleno de nutella o marmellata; el hábito del fraile que alentó a los defensores dio nombre al café; y sobre vencedores y vencidos no quedó flotando el nombre de un general ni el de un emperador, sino el Nombre dulcísimo de aquella Mujer a Quien la Cristiandad había invocado en la hora del peligro: ¡María!