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Prejuicios, odios y teorías conspirativas sobre el atentado a Donald Trump

Según un estudio de The Washington Post, una quinta parte de los comentarios en los medios de políticos, periodistas e intelectuales, se inclinan por la versión de que todo es mentira, una farsa para mayor gloria de un Trump que anda de capa caída

La primera dama de Estados Unidos, Melania Trump, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y la corresponsal principal de la Casa Blanca de CBS News, Weijia Jian

La primera dama de Estados Unidos, Melania Trump, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y la corresponsal de CBS News, Weijia JianAFP

El 2 de septiembre de 2022 la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner fue víctima de un amago de atentado, amago porque la pistola del tirador, una Bersa calibre 32, se encasquilló cuando pretendía acabar con la vida de la mujer que más poder había concentrado en la historia de Argentina.

La viuda de Néstor Kirchner se encontraba a pocos metros de su piso del barrio de la Recoleta, en Buenos Aires. Apoyada en un automóvil saludaba con una mano mientras con la otra sujetaba un libro biográfico. Se le cayó el ejemplar y en el preciso instante en el que se agachó para recogerlo el sujeto apretó el gatillo.

La bala no salió y CFK, siglas por las que se la conocía entonces, no se daría cuenta de lo sucedido –y del peligro–hasta más tarde. El individuo, Fernando Sabag Montiel, fue detenido, juzgado y condenado con otros cómplices. Durante todo el proceso, la cascada de especulaciones sobre si el atentado había sido real o respondía a un montaje parecía no tener fin.

Para colmo, el episodio tenía los ingredientes de una tragicomedia argentina. La organización criminal respondía al nombre de la banda de los copitos, porque sus miembros, la mayoría okupas, vendían en un carrito algodón dulce por las calles. Los perfiles de la banda eran más de lumpen que de asesinos profesionales o mercenarios como se comprobó con la chapuza hecha y, aún así, se les vinculaba con los servicios de Inteligencia con una fama histórica regular.

Aquel suceso con Cristina Fernández recuerda en cierto sentido a lo que pasa estos días en Estados Unidos, con el tercer intento de asesinato de Donald Trump y el primero en tratar de acribillar a la plana mayor de su Gabinete. Ahora, como sucedió entonces, se repiten las teorías que niegan la veracidad de los hechos y se impone la imaginación. Jasmine Crockett, congresista demócrata, fue de las primeras en poner en duda el atentado contra el republicano, pero no la única.

Según un estudio de The Washington Post, una quinta parte de los comentarios volcados en los medios y en las redes sociales de políticos, periodistas e intelectuales se inclinan por la versión de que todo es mentira, una farsa para mayor gloria de un Trump que anda de capa caída con la guerra interminable, –de dos meses–, de Irán; su fracaso en poner paz en Ucrania y la media victoria impuesta en la franja de Gaza.

En la noche de la cena de los corresponsales, según un testigo presencial, los periodistas que aguardaban para salir del Hotel Hilton hicieron algo parecido a un sondeo doméstico para opinar si lo que habían visto con sus propios ojos fue un atentado frustrado o una farsa. La mayoría se inclinó por la última opción.

Todos sabían que a un agente le había alcanzado una de las balas de Cole Tomas Allen, todos vieron la cara de terror de Melania, cómo agarraron a J.D. Vance por las solapas y lo sacaron a rastras, el bochorno de Robert F. Kennedy Jr., dejando atrás a su mujer mientras los escoltas se lo llevaban a rastras y el rostro desencajado del secretario de la Guerra, Pete Hegseth, incluso pasado el peligro. Aún así, no se creían nada.

La mala reputación de Donald Trump, –como la tuvo y conserva Cristina Fernández–, cala tan hondo entre la población por algo. La retórica beligerante, los insultos, la falta de empatía y las mentiras flagrantes no caen en saco rato. Provocan un efecto dañino para todos. Suben la temperatura del caldero de las pasiones entre la gente y provoca lo que en España conocemos bien gracias a Pedro Sánchez: polarización extrema y política desterrada como tema de conversación salvo entre iguales.

Hasta ahí se comprende, lo que no es fácil de asimilar es que el mismo proceso, con los mismos prejuicios, se imponga entre los periodistas, entre quienes tenemos el deber de contar lo que vemos, mantener el equilibrio y la ponderación.

Trump tiene muchos defectos, pero negar las evidencias y dar rienda suelta a las especulaciones porque es más rentable dejarse la venda puesta que quitársela con la mayoría de los colegas, no parece una idea acertada. Aún así, habría que preguntarse qué cuota de responsabilidad tienen los que siembran esos vientos para provocar tantas tempestades. Trump y «Cristina», quizás, también deberían reflexionar.

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