Yo, Claudio
Mis entrenadores favoritos son señores corrientes, que tienen más pinta de ponerte un café con leche en el bar de la esquina que de dirigir al futuro campeón de Liga
Soy de los que piensan que los entrenadores de fútbol están sobrevalorados. Le damos demasiada importancia a su papel. Con los directores técnicos (como los llaman en Argentina) pasa lo mismo que con los gobiernos. El mejor míster es el que apenas se nota. Cuanto menos intervenga y menos protagonismo se arrogue, mucho mejor para todos. A fin de cuentas, su labor se limita a situar sobre el césped a los mejores en cada puesto y dejar que hagan lo que saben hacer.
Mis favoritos son tipos corrientes, que tienen más pinta de ponerte un café con leche en el bar de la esquina que de dirigir al campeón de Liga. Señores que se sientan en el banquillo enfundados en el chándal del equipo y que se limitan a hacer su trabajo, sin aspavientos ni posturitas para la tribuna. No visten trajes de Armani con chaleco y ni se les pasa por la cabeza usar las ruedas de prensa para pontificar sobre temas ajenos al fútbol. Los míos son gente como Arsenio Iglesias y Javier Irureta (que lo ganaron todo con el Dépor) o los campeones del mundo Vicente del Bosque y Lionel Scaloni (nuestro 12 eterno, que algún día volverá a Riazor).
Por eso no entiendo el éxito mediático de esos entrenadores hiperventilados y resultadistas que tanto en los partidos como en la sala de prensa quieren ser María Callas en La Scala. Me resulta difícil de tragar esa sobreactuación permanente y, si me pidieran consejo, yo recomendaría a los directores de comunicación de los grandes clubes que, antes de lanzar al míster a lidiar con los medios, le susurrasen al oído esa frase que repiten en las películas mientras esposan a los detenidos:
—Tiene derecho a permanecer en silencio y todo lo que diga podrá ser usado en su contra.
Me acordé de esto al pensar en los dos últimos éxitos periodísticos del técnico del Celta, Claudio Giráldez. Antes del duelo contra el Friburgo en la Liga Europa sentenció:
—No me preocupa nada lo que pase en esta competición.
Y no mentía, porque a continuación le cayó un 3-0. Pero sabios como Irureta (que también entrenó con acierto a los celestes) podrían explicarle que al jugador hay que adiestrarlo para ganar en todo momento y circunstancia, incluso en las pachangas de los entrenamientos.
Antes del encuentro de vuelta contra el Friburgo, Vigo se volcó con la remontada. Pero Giráldez, en lugar de hacer un discurso en plan Patton para insuflar moral a sus huestes, se permitió el lujo de ponerse exquisito con la afición. Solo quería a los muy cafeteros en las gradas de Balaídos. Los dubitativos podían quedarse en casa y ver el partido por la tele:
—El que no crea, que no venga.
Sus propios futbolistas tampoco debían de creer mucho. Fueron los primeros en obedecerle y apenas aparecieron sobre el terreno de juego. Perdieron 1-3 (en suma, 6-1 para los alemanes en la eliminatoria).
Nadie resta mérito a la hazaña de Giráldez al frente del Celta. Agarró a un equipo desahuciado y desquiciado por Rafa Benítez —otro de los grandes sobrevalorados de la Premier— y lo puso a salvo mimando una magnífica cantera. Pero desde que el preparador celeste proclamó que no le importaba nada la UEFA, el equipo se ha desenchufado y ha encadenado cinco derrotas consecutivas en todas las competiciones.
Me pregunto qué pensaría el Claudio de Robert Graves (y de la extraordinaria serie de la BBC Yo, Claudio) sobre su tocayo vigués. Pocos lo vieron venir como Herodes Agripa, que un día le soltó al conquistador de Britania: «He conocido listos que se fingían tontos y tontos que se fingían listos. Pero eres el primer caso que he visto de un tonto que se finge tonto. Te convertirás en un dios».
Si me dan a elegir entre el divino emperador de Roma (que era un listo nada listillo) y el divo entrenador del Celta, yo me quedo sin duda con el Claudio de los supermercados. Los gallegos siempre hemos sido más de hacer la compra que de hacer la guerra.