Escritores con carné
Si uno hace cuentas, tanto Camilo José Cela como Wenceslao Fernández Flórez suman más páginas en gallego que algunos protagonistas del Día das Letras
Como mandan las leyes del auténtico columnismo —nada que ver con la acomodada labor del opinador de parte—, cada vez que veo un charco, aunque sea allá en el horizonte, tengo la costumbre de dar dos pasos atrás para coger carrerilla y luego lanzarme de cabeza a la poza. Una vez a remojo, nada mejor que aprovechar el pase gratuito a la piscina para hacer unos largos.
Fiel a estos arriesgados principios, el otro día se me ocurrió afirmar aquí que el padronés Camilo José Cela es un escritor profundamente gallego, aunque a la teocracia de la literatura gallega no le quepa dentro nuestro único premio Nobel. ¡Anatema! Tras completar sus oraciones matinales con el recitado de unos versículos de Sempre en Galiza, los ayatolás de guardia salieron en tromba en las redes sociales —en estos casos no les importa que sean una creación del imperialismo yanqui— para explicarme que lo suyo no es una teocracia y, al mismo tiempo, ofrecerme abundantes detalles sobre su visión dogmática de las letras universales.
Tras leer en diagonal sus argumentos —eran tan numerosos como reiterativos—, llegué a la conclusión de que, según su perspectiva minifundista de la realidad, solo se merecen el carné de auténticos escritores gallegos aquellos que escriben en gallego, que son los únicos que pertenecen a algo que llaman «el sistema literario gallego».
Antes de poder continuar con mis reflexiones, tuve que recuperarme del ataque de alergia desatado en mis neuronas al ver en una misma frase los términos literatura y sistema. ¿Hay algo menos sistemático que la literatura, que es el arte de juntar palabras que nunca antes habían estado juntas? ¿Hay algo más antisistema que la literatura?
Torrente Ballester
Pero volvamos con los pontífices investidos como los únicos autorizados a repartir carnés de escritor gallego (e incluso luego matizan, en función de la ideología, si se trata de un buen o un mal escritor gallego).
¿Son Camilo José Cela, Emilia Pardo Bazán, Wenceslao Fernández Flórez, Gonzalo Torrente Ballester o Ramón del Valle-Inclán autores gallegos? El canon oficial los rechaza: cometieron el pecado imperdonable de traicionar al país escribiendo en castellano, aunque si uno hace cuentas, tanto Cela como Wenceslao suman más páginas en gallego que algunos protagonistas del Día das Letras.
¿Exagero? Manuel Murguía, primer presidente de la Real Academia Galega y patriarca al que se dedicó un merecido 17 de mayo, apenas publicó cuatro textos en la lengua de su adorada Rosalía. ¿Alguien duda de que Murguía, manejando un perfecto español, hizo más por Galicia que la mayoría de los literatos secundarios —secundarios de enseñanza secundaria, no nos irritemos— que obligan a leer a nuestros hijos en el instituto?
A mí en el fondo me da un poco lo mismo este reparto de pegatinas en el que solo ciertas firmas obtienen la bendición de los sumos sacerdotes de la cosa. Como estoy muy lejos de todas estas capillas y mojigangas, me parece estupendo que se entretengan distribuyendo títulos y meriendillas. Mientras están ocupados con la expendeduría de carnés no estorban con asuntos más relevantes. Lo que me parece inquietante es que, mientras estoy hablando de literatura, vengan a explicarme en qué estantería de la biblioteca hay que colocar los libros. Pueden quedarse la taxonomía si eso los hace tan felices, que de leer y escribir ya nos encargamos los que sabemos algo de barajar palabras.
Por mi parte, seguiré haciendo cincuenta largos diarios en los charcos que encuentre por el camino y afirmando que Pardo Bazán y Murguía son autores profundamente gallegos. Como es radicalmente irlandés el colosal James Joyce, que escribió toda su obra en inglés y todavía hoy sigue siendo, a millones de años luz del resto, el más irlandés de todos los autores irlandeses.