La vuelta a Cela en ochenta Coruñas
Camiliño José, como lo llamaban sus tías, pasaba largas temporadas en la ciudad y era un habitual de la tertulia del Café Galicia y del desaparecido barrio chino
La Colmena cumple 75 años y la Fundación Cela ha montado en Iria Flavia una exposición para conmemorar esa primera edición de la novela, que tuvo que publicar Emecé en Buenos Aires porque, en España, el texto se le había atragantado a la censura.
A Camilo José Cela, entre otras muchas cosas, se le afea que sus novelas en realidad no son novelas porque no acaban de encajar en el formato canónico y decimonónico del género. Él se reía mucho de esos tiquismiquis de la taxonomía literaria y aseguraba que una novela es cualquier libro que, bajo el título, lleve en la portada la palabra novela.
Las suyas son unas novelas desparramadas, que se salen del marco. Lo es, desde luego, La Colmena, con esos 296 personajes que censó José Manuel Caballero Bonald y que ni siquiera caben en el índice onomástico que llevan algunas ediciones. Es un relato crudo de unos seres vapuleados por la vida. Pierde Martín, pierde la señorita Elvira y hasta pierde doña Rosa, que deambula por el café arrastrando sus arrobas de mesa en mesa.
Afirma mi amigo Xosé Carlos Caneiro que La Colmena es un libro gallego escrito en español. Toda la razón. CJC es un escritor profundamente gallego, aunque a la teocracia de la literatura gallega no le quepa dentro nuestro único premio Nobel. Su español, como el de Valle-Inclán, es a menudo un delicioso castrapo sembrado de palabras en gallego, híbridos y neologismos.
Camiliño José, que es como lo llamaban sus tías, pasaba largas temporadas en la ciudad, junto a su familia coruñesa (los Rodríguez-Losada Trulock). Aquí frecuentaba la antigua librería de su amigo Fernando Arenas, en el Cantón Grande, y la tertulia del Café Galicia junto a su inseparable Mariano Tudela. Y aquí expuso por primera vez su pintura, en el local de Lino Pérez. Contaba que a veces salía en piragua por las aguas de Riazor y es legendaria su afición a dejarse caer por el antiguo barrio chino.
El escritor Camilo José Cela muestra su medalla del Premio Nobel, en 1989
En el Papagayo colocó una temporada a Pascual Duarte, que se encargaba de poner de patitas en la calle a los que alborotaban en la Casa de la Apacha (subiendo a mano izquierda). En La Cruz de San Andrés recrea aquella noche en que tiró una pianola por la ventana de uno de los prostíbulos de la cuesta.
Uno de sus enemigos resumió el argumento de sus obras completas como «putas, moscas y coñac», y él se limitó a replicar:
—Es lo más bonito que me han dicho nunca.
Mucho antes de llegar a la cima del Nobel, en Coruña le pusimos una calle: la ronda Camilo José Cela. Tras inaugurar la vía, en tiempos de Liaño Flores, se fueron a comer al figón Sancho Panza y, a los postres, el alcalde le regaló la antigua placa del Papagayo. Apuntan quienes visitaron su chalé en Palma de Mallorca que la había colgado, muy orgulloso, en uno de los muros del jardín.
En Madera de boj tejió un poético recuento de los naufragios coruñeses —porque está feo que lo digamos nosotros, pero a naufragar no hay quien nos gane— y en Mazurca para dos muertos descubrió, al fin, que la Historia de Galicia no es más que un largo wéstern. Algunas veces, nos sale una peli de John Ford; otras, una de Clint Eastwood; y, en la mayoría de las ocasiones, algo a medio camino entre Sam Peckinpah y Sergio Leone.
Ha pasado mucho tiempo de todo esto. Ya no existe ni el Café Galicia, ni aquel turbio Papagayo. Desde que se publicaron La familia de Pascual Duarte y La Colmena, habremos dado ya la vuelta a Cela en ochenta Coruñas. O la vuelta a Coruña en ochenta Celas, tanto da. Pero, aunque han pasado demasiados años desde casi todo, todavía llueve exactamente igual que en Mazurca para dos muertos. Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas, pero con una infinita paciencia, como toda la vida.