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Unas líneasEduardo de Rivas

Si va Sánchez a despedir al Papa, todavía estaría en Tenerife

Hemos normalizado las prebendas que disfrutan la familia Sánchez Gómez. Todo es justificable para la izquierda a cambio de que la derecha no vuelva a gobernar

El viaje del Papa a España nos deja una de las anécdotas que se recordarán siempre y que dice mucho de la capacidad resolutiva de nuestro jefe de Estado. El avión que tenía que llevar de vuelta al Santo Padre a Roma se averió y el Rey no tardó ni diez minutos en ofrecerle el suyo para regresar al Vaticano, en cuanto supo que no había posibilidad de reparar la aeronave. No pensó Don Felipe en ningún momento en que él se quedaba sin avión y que tardaría horas en regresar a Madrid, sino que veló por la imagen de España y por que León XIV se marchara con una sensación positiva de nuestro país. Si ya quedó conmovido por el cariño recibido por las calles de Madrid, Barcelona, Gran Canaria y Tenerife, terminó maravillado con el gesto de Felipe VI. Otro gallo habría cantado si el que hubiera despedido al Papa hubiese sido Pedro Sánchez. Todavía estaría en Tenerife esperando para salir.

Esa es la diferencia entre nuestro presidente del Gobierno y nuestro jefe de Estado, que mientras uno piensa siempre en el bien de la imagen del país, el otro se preocupa del bienestar propio y de los que tiene a su alrededor. Véase su mujer, su hermano, su presidenta del partido, su gerente, su número tres... y así podríamos seguir hasta cansarnos, aunque no serviría de nada porque los españoles estamos completamente anestesiados.

Echen la vista atrás por un momento. Recuerden la que se montó cuando Pedro Sánchez acudió con su mujer a un concierto usando el Falcon por primera vez. Fue a los pocos meses de asumir el cargo, para ver a The Killers en el FIB de Benicasim. Un escándalo de dimensiones épicas, ya que era la primera vez que un presidente del Gobierno usaba un avión del Estado para su regocijo. Y ahora compárenlo con lo poco que se habló de que hiciera lo mismo la semana pasada. Solo había tres diferencias: el destino, que ahora el presidente peina canas y que en 2018 Begoña no estaba pentaimputada.

Hemos normalizado por completo los dispendios de La Moncloa y las prebendas que disfrutan la familia Sánchez Gómez (y allegados). Ya nada parece alarmante porque todo es justificable para la izquierda a cambio de que la derecha no vuelva a gobernar. Con todo lo que han visto nuestros ojos en estos ocho años, ¿qué pensará Màxim Huerta? Le hicieron dimitir por no pagar suficientes impuestos antes de ser ministro y los que vinieron después no es que no pagaran, es que se los llevaban.

El día de la dimisión, Sánchez le preguntó a Màxim Huerta cómo creía que le recordaría la historia. No lo sé, pero lo que sí sé es cómo lo recordaré yo.

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