¿Y Sánchez dónde está hoy?
Hay que agradecerle al presidente que no acuda a la misa de Cibeles y le robe protagonismo al Papa por la pitada que le podría caer
El Papa está en España, motivo de júbilo y de satisfacción para todos. Para todos menos para uno, al que le gusta ser el niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro. Eso de verse relegado a un segundo plano no le entusiasma a nuestro presidente, y mucho menos al tercero, ya que, en estas cosas de protocolo, siempre está el Rey por encima de él. Por eso parecía no encontrarse demasiado cómodo ayer en el Palacio Real, donde habló Don Felipe y después el Santo Padre. Él se limitó a saludar como uno más y a andar un paso por detrás.
La incomodidad de Sánchez fue uno de los detalles de la primera jornada del Papa en España, aunque lo mejor de todo fue ver las calles desbordadas de alegría. En un país en el que es tradición la fiesta, últimamente parecía que solo se salía a la calle para protestar. Porque razones hay de sobra, con un Gobierno que desmerece y que se oculta. Como hoy hará el presidente. El líder del Ejecutivo desaparecerá después de colgarse las medallas por haber traído al Papa. Sánchez considera que León XIV está en España gracias a él, pero hace mutis por el foro para librarse de la misa de Cibeles. Y no porque haya que pisar una iglesia, porque la cita será al aire libre, sino por evitar el abucheo que sufriría si se le ocurriera poner un pie en la calle.
Habrá que agradecérselo, eso sí. Porque si Sánchez acudiera a la misa, se convertiría en protagonista involuntario por la pitada y las miradas se alejarían del foco principal: el Papa y su viaje histórico a nuestro país. Así que mejor será si se va a hacer una ruta de montaña con la bici. O de jolgorio otra vez al Primavera Sound, como anoche.
El presidente del Gobierno sí estará en la Sagrada Familia –en Cataluña no le pitarán, claro está– y también acudirá con León XIV a un acto con inmigrantes en las Islas Canarias. Tiene guasa que ahora sí le llame la atención lo que pasa en el puerto de Arguineguín cuando la alcaldesa de Mogán le ha reclamado ayuda continuamente y ha hecho caso omiso a sus ruegos. Ha tenido que venir el Papa para que, de repente, sea de vital importancia la situación que viven las islas afortunadas con la inmigración.