Atlantic CityLuís Pousa

El Día do Patrón

Mientras algunos se ponen solemnes con discursos sobre una Galicia imaginaria, los ciudadanos de a pie celebramos el 25 de julio con una sobremesa interminable

Hoy es 25 de julio y, por si todavía hiciese falta alguna demostración de que vivimos en un país diverso y plural como pocos, lo primero que se observa es la variedad de nombres con que nos referimos a esta jornada: Día Nacional de Galicia —esto no es una invención de la UPG, lo publicó el DOG en 1979—, Día de Galicia, Día de Santiago, Día da Patria Galega o Día del Apóstol.

Todas son denominaciones institucionales o políticas. Por eso, como no soy nada burocrático ni oficialista, mi forma favorita de llamar a la gran fiesta de Galicia es la que escucho desde hace años en los rincones donde los ciudadanos de a pie celebramos a nuestra humilde manera —lejos de toda pompa y rodeados de viandas— el 25 de julio. Para todos los que somos más de bancos corridos y churrasco que de atriles y arengas partidarias, hoy es sencillamente el Día do Patrón.

Mañana leeremos en los legacy media los análisis de las grandes peroratas en las plazas de Compostela (¿qué habrá hecho una ciudad tan hermosa para tener que aguantar semejantes turras?). Habrá sesudas explicaciones de los proyectos autonomistas, de las hojas de ruta soberanistas y de los modelos mediopensionistas. Y los vapuleados lectores se preguntarán por qué los castigan con tanta palabrería estéril. Lo que pasa con los legacy media gallegos es que hace tiempo que son más legacy que media y describen un paisaje no ya de finales del siglo XX —donde se quedaron varados muchos de sus ilustres exégetas y profetas—, sino del XIX, cuando el periodismo gastaba levita, manguitos y tipos de plomo.

Una de las entradas a la Plaza del Obradoiro

Una de las entradas a la Plaza del ObradoiroOlaia

Más allá de que las alocuciones del 25 de julio y sus posteriores autopsias sean aburridísimas, a mí lo que me preocupa de verdad es la enorme desconexión entre la Galicia real y la oficial. Y cuando digo oficial no me refiero solo a las instituciones, sino a los múltiples púlpitos desde los que ciertos líderes se dirigen a nosotros, la gente corriente y moliente, con una suficiencia y un afán de redención que no alcanzo a comprender.

La Galicia nuestra de cada día circula a 120 por la autopista, se sube cada mañana al tren de alta velocidad, trabaja en los polígonos industriales, innova en las compañías tecnológicas e investiga en las universidades, forja empresas que compiten con las grandes firmas del Ibex y también se levanta al alba para salir al campo o a la mar. Igual es mi miopía galopante —cómo negar unas dioptrías ganadas a pulso en las bibliotecas—, pero no veo nada de eso en la versión casi caricaturesca de Galicia que pintan algunas ideologías aferradas a una ensoñación medieval y ruralista que ya no existe (y sospecho que nunca ha existido). Está muy bien hacer lírica con nuestros vínculos telúricos y artúricos, pero, por favor, no tratemos de convertir ese reino

imaginario en algo tangible porque todas las quimeras preñadas de idealismo e historicismo acaban siempre descarrilando (no hay más que recordar los aciagos delirios del primer tercio del siglo XX).

Así que, mientras los políticos y sus majorettes se entretienen con estas liturgias, los de infantería, los que sacamos adelante cada día la Galicia cotidiana sin aspirar a que nos cuelguen un día la medalla Castelao del cuello, volveremos a la aldea. Nos juntaremos con los nuestros y lo festejaremos de la única forma que sabemos hacerlo. Primero tocará pasar por la parroquia, que por algo luce el nombre del Apóstol, luego sesión vermú con charanga en el atrio de la iglesia, y después nos sentaremos a comer un plato detrás de otro como si no hubiese un mañana. Quizás nos arrepintamos de tanto exceso (aunque solo un poco), pero alargaremos la sobremesa y la charla hasta enganchar con la cena a la luz de los farolillos prendidos bajo la parra. Y ya entrada la noche, antes de pillar la autovía para volver a casa, brindaremos como nos enseñaron nuestros mayores:

—¡De hoxe nun ano!

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