Los helechos arborescentes
Aquellos bosques de hace trescientos millones de años siguen esperándome en los fósiles vivientes de los jardines de Méndez Núñez
Pido perdón: soy un hombre blanco occidental, heterosexual y cisgénero. Lo peor que ha existido sobre la faz de la Tierra. Tengo la culpa de todo. Desde la Conquista de América hasta la invención de la bomba atómica. Todo eso lo he hecho yo, representante del maligno heteropatriarcado que somete al planeta desde que el Homo sapiens asomó el morro hace 300.000 años.
Confieso mis pecados y los de mi especie —la ministra de Igualdad ha declarado oficialmente que hombres y mujeres somos «especies radicalmente diferentes»—. Ya solo me falta cumplir la penitencia. En vez de rezar un padrenuestro y un par de avemarías, que sería lo que me impondría cualquier cura de pueblo compasivo, he buscado un castigo a la altura de mis atrocidades y he decidido reeducar mi cerebro viejuno y machirulo tragándome una conferencia titulada Petromasculinidad y cultura fósil.
La impartió hace unos días alguien presentado por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico —organizador del jolgorio— como «científico titular del Instituto de Historia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas». Casi nada. El vídeo, que circula a toda pastilla por las redes, parece un clip de los Pantomima Full, pero es del CSIC. Al parecer, tan alta institución ha decidido incluir la parodia en el repertorio de sus sesudos estudios.
La tesis central es que el motor de combustión es el símbolo por antonomasia del macho occidental, que desde hace décadas se lanza a la carretera al volante de su coche para demostrar su poderío sexual, económico y geopolítico. Donde otros vemos a un vapuleado oficinista que vuelve a casa en medio de un atasco, el científico titular —no quiero ni imaginar lo que dirán los suplentes— ve al mismísimo James Bond a bordo de su flamante BMW. Es lo que estos corifeos académicos han bautizado como «petromasculinidad y cultura fósil».
Helechos
Me parece fascinante que haya gente que viva desahogadamente de inventar palabrejas carentes de significado para luego adornarlas con jerga universitaria y ofrecerlas de ventanilla en ventanilla por los ministerios. Todo mi respeto a los vendedores de crecepelo que logran una plaza fija en el CSIC con estas naderías en la mochila. Toda mi admiración a quien sentencia sin sonrojarse que el modesto Seiscientos encarnaba la potencia erótica del macho ibérico en pleno franquismo. Tiene mérito hacer pasar una peli de Pajares y Esteso por un paper académico. Me quito el sombrero.
Pero tengo que reconocer que como representante de la petromasculinidad occidental he salido más bien flojo. No es ya que no tenga coche con el que petromasculinear. Es que ni siquiera, maldita sea, tengo carné de conducir. Así que, cumplida mi penitencia, a falta de un todoterreno o un descapotable con el que ejercer mi
hegemonía heteropatriarcal sobre el sistema solar, tuve que echarme a andar. Me fui con mi alma de peatón a cuestas a dar un paseo por Méndez Núñez. Y allí, al cobijo de las mismas sombras de mi infancia, me reencontré con una de mis plantas favoritas de los jardines. Son los helechos arborescentes de los que hablaba Paco Umbral —otro macho alfa— en una de las fabulosas crónicas de su niñez. El niño Paquito leía la Enciclopedia infantil y descubría que en la prehistoria «inmensos bosques de coníferas y helechos arborescentes cubrían los continentes, purificando la atmósfera de anhídrido carbónico».
Aquellos bosques de hace trescientos millones de años siguen esperándome en estos fósiles vivientes del Relleno. Supongo que me paro a charlar con estos vegetales prehistóricos porque mi madre me enseñó que a las plantas hay que darles conversación, porque ya llevo medio siglo jugando al escondite bajo sus ramas y porque me recuerdan al niño Umbral que leía mientras «el lechero de la caída de la tarde pasaba con su carro de fuego y el jaleo de la leche sonando fresco dentro de los cántaros». Y, por supuesto, le hablo de tú a tú a estos helechos gigantes de mis jardines coruñeses porque, como me recuerdan de tiempo en tiempo los ministerios y sus científicos de cámara, yo mismo soy un fósil.