Exprópienme, soy autónomo
« El sistema fiscal español es confiscatorio. Para los autónomos y para los asalariados»
Vaya por delante que uno está donde está y hace lo que hace porque quiere. Que nadie le ha puesto una pistola en la cabeza para liarse la manta a la cabeza con 50 años y tres hijos. Pero aclarado eso me van permitir ustedes que les cuente las penas y cuitas de un autónomo cuando llega el mes de julio y ve algunas (surrealistas) cosas a su alrededor.
Uno monta su negocio con idea de prosperar; a estas alturas hacerse rico va a ser difícil y tampoco es la aspiración. Te conformas con vivir con holgura y tener que pelearte sólo contigo mismo en las mañanas complicadas. Así que te pones manos a la obra con ilusión y ganas y tiras adelante. Si tienes suerte y le echas las horitas que hay que echarle, la cosa va bien y los meses pasan sin apreturas. Los clientes no se quejan y el viento va de cola.
Tan de cola que pasado un año te das cuenta de que alguien ha decidido que te va demasiado bien y que las ayudas al arranque (la famosa cuota cero) ya no puedes pedirlas porque ingresas más que el salario mínimo y se te aplica el trato general. Traducido, toca multiplicar por unas cuantas veces lo que hay que apoquinar todos los meses por levantar la persiana. (Y eso de pagar por trabajar como que tiene la gracia justa). Con santa resignación lo haces, es señal de que la cosa tira, pero no dejas de preguntarte qué política económica tenemos cuando a quienes generan riqueza se les retiran los apoyos a las primeras de cambio mientras por otra parte se reparten ayudas que desincentivan el empleo. Y no lo digo yo, que lo ha dicho la Asociación de Familias Necesitadas de Córdoba (Anfane) esta misma semana. Y no se me entienda mal, que soy firme defensor de las ayudas públicas y de que lo que se recauda se revierta en la sociedad, pero también creo que no soy el único que piensa que si las ayudas son coyunturales para unos también deberían serlo para otros. (Debo estar loco).
No pasa nada. Superemos la primera pataleta y miremos al verano. Claro que antes tenemos que pasar por el fielato de Hacienda. Como todo hijo de vecino, por otra parte. Y hete aquí que un lunes andas por casa y una llamada transforma las idílicas vacaciones pensadas en tardes de piscina, lata de cerveza y pipas para satisfacer la voracidad del fisco. Sartenazo gordo. Así no me extraña que el mes pasado Córdoba haya registrado la menor tasa de nuevos autónomos de Andalucía. (Datos oficiales, no imaginaciones mías).
Y si creías que la cosa no podía empeorar, agárrate. Porque llega el trimestre y un correo electrónico te dice que hay que decidirse entre optar por la marca blanca de cerveza o abandonar las pipas para darle de comer a la insaciable máquina recaudadora. No es la primera vez que lo digo, el sistema fiscal español es confiscatorio. Para los autónomos y para los asalariados. Y es la demostración de que lo deciden jerarcas que han pisado poco la calle y mucho la moqueta.
Y quede claro que no me quejo. Pataleo, que no es lo mismo. Uno paga según lo que gana, claro que le gustaría que lo que paga fuera a cosas útiles y no a caprichos y dispendios. Que mientras falta aire en los colegios, médicos en los hospitales, sombras en los recreos o viviendas para los jóvenes, aún hay quien anda por ahí pidiendo que se expropien negocios ruinosos para pagarlos con el dinero de todos. Como dice mi amigo Rafa Ruiz, «el clan de la piruleta ha dictaminado que, si lo deseas fuerte, cierras los ojos y chocas tres veces los tacones de los zapatos, puedes salvar los cines de verano». Pagando usted y yo, claro, que no tenemos cosa mejor que hacer.
Pero no pasa nada, hoy estoy generoso y me apunto a la idea. Expropiénme a mi también, que soy autónomo.