El Apocalipsis de San Juan
La noche nace entre leyendas, aguas milagrosas y fogatas, y concluye con la realidad dudando de sí misma
Sobrevivimos a la víspera de San Juan —esa madrugada en la que Shakespeare tocó el cielo con ambas manos, en plan mate de la NBA, con El sueño de una noche de verano— y amanecimos en una Coruña devastada por el jolgorio universal. Mientras, de buena mañana, el arriba firmante cumplía con el rito de lavarse la jeta con las hierbas sanjuaneras, aún no se habían apagado en el Orzán las últimas hogueras y los barrenderos empezaban a desmontar con mucho arte la modernísima instalación que año tras año convierte nuestras playas en la sala más vanguardista del CGAC: 22 toneladas de basura botellonera y, justo en medio, el borracho más remolón de la cuadrilla, que dormitaba en plan contorsionista dentro de un carrito del Gadis que alguien había afanado y arrastrado a la arena en un despiste de los municipales.
Como ya sumo más quinquenios que cicatrices, añoro los tiempos en que esta juerga se festejaba a pie de barrio, apañando en los descampados —ahora ya no hay descampados, sino solares— palés y vigas carcomidas para armar la fogata más alta de Coruña en cada esquina. Por eso mismo, la tarde de autos, me fui a dar una vuelta por el paseo marítimo para ver cómo combatían en el Orzán el minifundismo y la concentración parcelaria: la Galicia eterna. Contempladas las pilas de leña y los buratos de moda, pasada revista a las hordas de chavales ya en ebullición —y alguno incluso en ignición—, me largué en dirección contraria, hasta la Ciudad Vieja, donde los vecinos montan una fiesta a la antigua, con más sardinas que calimocho, y a medianoche queman una bruja de trapo y las hierbas del anterior San Juan para espantar a los demonios varios.
Tras sacarlo del remojo mañanero, puse el ramo de este año a secar en la ventana porque, según Cunqueiro —que de santos y milagros sabe lo suyo—, las plantas sanjuaneras «evitan la entrada en la casa de los revoltosos trasnos, que salen del sueño invernal, pequeñas bestezuelas de córneas orejas y rabo trenzado, soldados del gran diablo Leonardo, distribuidor de las moscas de Occidente y lujurioso patrón del sábado». Para mí que alguna vez he visto al dichoso Leonardo tomando una taza en la barra del Lionardo, en Fernández Latorre a mano izquierda, pero no me hagan mucho caso, porque van a traspasar la taberna y, si se sabe que tiene un fantasma de inquilino, igual descarrila la operación.
Hogueras de San Juan en La Coruña
Don Álvaro sostiene que, a las doce en punto, cuando pasamos de Santa Alicia —que es la santa oficial del 23 de junio— a San Juan, «muchas fuentes de la cristiandad vierten durante unos instantes agua del río Jordán». Me asomé a la fuente del Deseo en Azcárraga, pero como sigue desmochada, no le pude preguntar a la diosa si manaba agua del Jordán o del regato que baja desde las Bárbaras.
Cuando ya caminaba de regreso a casa, sentí que me seguían a lo lejos Leonardo y sus moscas occidentales, pero me hice el loco y me arrimé a la balaustrada del Orzán para despistarlos entre el gentío a la altura del ambulatorio. Y entonces, abrumado por la multitud que zascandileaba de lumbre en lumbre, me di cuenta de que llevamos dos mil años rezando al santo equivocado.
Esperábamos, como cada solsticio de verano, a San Juan Bautista y quien dobló la esquina de la calle Sol fue San Juan Evangelista con el Apocalipsis bajo el brazo. Abrí el libro y me zambullí en sus versículos, pero cuando llegué al pasaje del calor abrasador y del enorme granizo que cae del cielo sobre los hombres, ya no pude seguir leyendo. Aquello no era una profecía: era el parte de MeteoGalicia para el 24 de junio.
Los coruñeses, la tarde de San Juan, no prestamos demasiada atención a las revelaciones y sacamos el vaso a la ventana para llenar el copazo vespertino de pedruscos como pelotas de pimpón. Será que hemos salido algo mundanos porque nos gusta más el fin de semana que el fin del mundo. Ya habrá tiempo para el inframundo, el trasmundo y el sobremundo.