Aventuras en un SancheskiÁlvaro García de Luján Sánchez de Puerta

Cuando fuimos a «La Guardia de Franco»

«Fue un lugar inclasificable, casi inaudito»

Cuando aquella vez los tubos de cristal volaron en la noche a través del cielo del bar que hacía de techo, yo hincaba el codo aferrado, creo, a un dyc-pepsi justo en la esquina de la pequeña barra y hablando con una gachí. Y eso -¿otra vez, tío?- significaba que había pelea. Por entonces mis colegas, la basca, tenían esa inoportuna costumbre de buscar bulla en cualquier lugar, en cualquier situación, bajo casi cualquier pretexto. Y quién no por entonces. Estábamos, aquella noche, en La Guardia de Franco y no llegábamos a los veinte años, ni a fin de mes.

Y sonaba al otro lado de la barra en una Sony cutre, diablos, porque tú lo digas, algo de The Stone Roses.

Normalmente la cosa no se salía de madre, pero a veces sí. Ya sabes. Eran mediados de los 90 y aún estábamos vivos. Era raro que alguien, por aquel entonces, sacara la «faca» del bolsillo de los pantalones vaqueros Levi´s o de los Rok a la primera de cambio, pero el que más o el que menos sabíamos cómo guardarnos las espaldas. Allí, en la barra de La Guardia, por entonces -yo era apenas un nene- conocí a algunos de aquellos primeros anarquistas cordobeses de la antigua FAI -no represaliados gracias a camaradas falangistas, según ellos mismos me contaron-, a heavies de zapas J´Hayber, a modernos burgueses socialdemócratas del Brillante, a «pijos malos» desubicados pero de personalidad única -nada que ver con los Snoopy-, a yonquis de buen corazón, a los falangistas anti-franquistas, a proto-indies despistados; al loro y al moro. Y a casi nadie pareció nunca importarle demasiado el nombre del lugar. Los botellines eran de Mahou y costaban cincuenta pelas, y los «cacharros» doscientas cincuenta. Por entonces, era habitual encontrarte a la mitad de los parroquianos de La Guardia de Franco en los conciertos del PCE en El Arenal, como aquel año en que tocaron Los Enemigos. Y no pasaba nada. Porque, ya te digo, uno se lo pasaba pipa: con «los hunos y los hotros», que diría Don Miguel de Unamuno. O casi.

La Guardia de Franco fue un lugar inclasificable, casi inaudito. Porque allí iba todo dios. Y quien diga lo contrario -porque los habrá- miente. A mediados de los 90 aquella casa se caía a pedazos pero la parte de abajo, donde el bar, mantenía una elegancia canalla de siglos. Estaba situada en la calle Ambrosio de Morales, a dos cuadras de la sede del Partido Comunista, hoy día aún en pie. Mezcla de parroquianos abstencionistas -que no abstemios-, anarquistas sesentones sin pelos en la lengua, franquistas desengañados y no, y tipos del barrio en busca del último solisombra huyendo del calor de su hogar. Y nosotros.

A mediados de los 90, en su época final, la casa en sí la gestionaba una pareja de hippies norteamericanos con una hija: vivían en el piso de arriba, y los últimos mohicanos responsables de La Guardia de Franco les dejaron vivir allí a cambio de gestionar el bar. Mientras tanto, al mismo tiempo que todo aquello se derrumbaba, algunos saqueamos su biblioteca imposible de libros censurados hoy en día.

Cuando aquella noche volaron los tubos de cristal en La Guardia de Franco, no hubo heridos: al menos de cierta gravedad. Era raro que los hubiera, cierto es. Sabíamos, creo, dónde estaba el límite. Aquello, La Guardia, fue una imposible mezcla de juventud perdida, de buscadores de oro, de modernos auténticos rebotados del hastío de los recién acabados 80, de punkies de derechas -los hubo-, de rockers de barrio de la Avenida de Barcelona, de los primeros skinheads noventeros de la Avenida de Fleming: aquello -visto desde la distancia que da haberse convertido en un tipo juntaletras como este que les escribe y que ya solo aspira a parecerse al personaje de Rust Cohle de True Detective- fue lo más parecido a una maravillosa guardería gamberra en el paraíso.

Mi madre siempre insiste en que ella y sus amigas -porque ellas son las únicas que me leen, seamos francos- siguen cada uno de estos artefactos construidos a base de palabras, a manos de este menda, y que este bendito periódico que me acoge tiene a bien publicar. Pero yo no me lo creo. A veces, incluso, hago trampas. Y le digo que –para mortificarla, y como si alguna vez fueran capaces- escribo en Cordópolis. Y además -mientras tomo contacto con mi equipo de abogados ante un previsible y estupendo «delito de odio»- que lo hago con artículos de opinión con este título.

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