El cómodo sillón de la mentira
El que miente se agranda momentáneamente y luego se empequeñece para siempre; el que dice la verdad se empequeñece de inmediato y por eso mismo empieza a crecer. La mentira es el globo que se hincha para reventar. La verdad es la semilla que se entierra para dar fruto
Hay una vieja broma, que no por vieja deja de ser cierta, sobre el hombre que prefiere una cárcel (como metáfora de lo que nos ata) bien decorada a un campo abierto bajo la lluvia. La cárcel tiene alfombra, calefacción, televisión y un retrato del propio prisionero colgado en la pared. El campo, en cambio, solo tiene cielo, viento y la incómoda obligación de caminar. Ese hombre no es un monstruo ni un idiota. Es, simplemente, el hombre moderno, y su cárcel se llama mentira.
Digo mentira, pero debería precisar, porque en esto —como en casi todo— los detalles son la mitad de la verdad y la otra mitad es no confundirlos. La mentira propiamente dicha es una criatura pequeña, urgente y cobarde. Nace del miedo, no del cálculo. Es el niño que rompe el jarrón y dice que fue el gato; es el recurso rápido del que no tiene tiempo, valor ni imaginación para otra cosa. Por eso la mentira, curiosamente, es la más honesta de las dos falsedades: no aspira a construir nada, solo a escapar de algo. Vive encadenada al pasado, mirando constantemente por encima del hombro, remendando lo ya dicho. No tiene futuro porque no lo necesita: le basta con sobrevivir hasta la próxima pregunta incómoda. Es, en el sentido más triste de la palabra, una criatura sin porvenir.
El engaño es otra cosa. El engaño ha leído libros. El engaño tiene estilo. Mientras la mentira huye, el engaño construye; mientras la mentira se avergüenza en el rincón, el engaño se pasea por el salón con una copa en la mano, explicando con gran elocuencia por qué el rincón, en realidad, está en el centro. El engaño no niega la realidad: la imita. Fabrica una segunda realidad, más cómoda, más halagadora, y la perfuma cuidadosamente con el aroma de la verdad, de modo que uno la respira sin sospechar que le están vendiendo aire enlatado. Si la mentira es el arma del cobarde, el engaño es la artimaña del ambicioso: no quiere escapar de la realidad, quiere gobernarla desde una realidad paralela y más rentable.
Y frente a estas dos hermanas —la fugitiva y la arquitecta— está la verdad, que no tiene ni prisa ni estrategia, porque no las necesita. Aquí está el primer gran contraste que merece ser dicho en voz alta, precisamente porque hoy nadie lo dice: la mentira y el engaño hay que descubrirlos, probarlos, desenmascararlos con esfuerzo forense; la verdad, en cambio, simplemente se manifiesta. No requiere abogado defensor. Está ahí, de pie, con la cara descubierta, esperando pacientemente a que alguien tenga el valor de mirarla y abrazarla. Esa es su única ventaja y su única desventaja: no compite. Uno puede ignorarla, insultarla, incluso crucificarla —de hecho, ya se ha hecho—, pero no puede fabricarla, porque fabricar es precisamente lo contrario de manifestarse.
Aquí llegamos al asunto de las banderas, que es donde el error moderno se pone más cómodo. La mentira y el engaño, por muy distintos que sean en su técnica, comparten un mismo cuartel general: el yo. Mienten para el yo, engañan para el yo, todo se ordena alrededor de ese pequeño trono de arena. La verdad, en cambio, tiene la extraña costumbre de proyectarse hacia el otro y el nosotros. El hombre sincero se hace, sin darse cuenta, más pequeño; cede terreno, admite el error, se pone al servicio de lo real, que es siempre más grande que él. Y aquí está la gran paradoja chestertoniana —permítanme apropiármela, ya que hablamos de estilo—: el que miente se agranda momentáneamente y luego se empequeñece para siempre; el que dice la verdad se empequeñece de inmediato y por eso mismo empieza a crecer. La mentira es el globo que se hincha para reventar. La verdad es la semilla que se entierra para dar fruto.
Ahora bien, la pregunta seria, la que de verdad debería quitarnos el sueño, no es por qué existe la mentira —eso lo sabe cualquiera que haya sido niño—, sino por qué nos hemos acomodado tan bien en ella. Y aquí propongo una respuesta poco heroica pero muy exacta: porque ya no paga peaje. Vivimos, dicen los sabios de nuestro tiempo con cierto orgullo académico, en la posverdad, como si hubiéramos alcanzado una etapa superior de la evolución, cuando en realidad hemos alcanzado una etapa inferior de la pereza. Mentir en la plaza pública ya no cuesta nada, y lo que no cuesta nada, tarde o temprano, se hace gratis del todo, incluida la conciencia.
Nos hemos alejado tanto de la verdad que hemos perdido incluso la brújula moral para notar que nos alejamos. Eso es lo verdaderamente grave, más grave que la propia mentira: no el error, sino la anestesia ante el error. Somos, permítanme la licencia, consumidores antes que buscadores, y la pereza mental disfrazada de tolerancia nos permite instalarnos en atalayas de prejuicios e ideologías desde donde contemplamos el mundo sin necesidad de bajar a comprobarlo. Es más cómodo un prejuicio bien amueblado que una verdad recién descubierta, porque la verdad, apenas llega, exige reformas en la casa, y las reformas —como bien sabe cualquiera que haya intentado alguna— son caras, ruidosas y no siempre terminan a tiempo.
Y así llegamos al colmo del absurdo, que es también, por supuesto, la parte más divertida de esta tragedia: al que se atreve a proclamar la verdad desde la fe, esa búsqueda sincera y hasta heroica de lo que no cabe del todo en la razón pura, se le llama iluso, iluminado, pobre engañado. Fíjense en la ironía: en un mundo que ha hecho las paces con el engaño organizado, se sospecha precisamente de quien busca la verdad con las dos manos y algo más que la razón. Se permite cualquier ficción cómoda, pero no se permite la esperanza incómoda. Es como desconfiar del hombre que busca agua en el desierto y aplaudir al que vende espejismos embotellados.
Pero hay un detalle que ni la mentira ni el engaño podrán jamás falsificar, por mucho estilo que tengan: se les huele. Están en el gesto que no cuadra con la palabra, en la mirada que se desvía un milímetro de más, en la actitud que protesta demasiado. La mentira apesta a miedo y el engaño, por perfumado que vaya, siempre deja un regusto metálico, como el de la moneda falsa. La verdad, en cambio, no se huele: se contagia. Se pega a quien la toca, como el fuego se pega a la leña seca, sin pedir permiso ni dar explicaciones.
El engaño, además, tiene una última treta, quizá la más ruin de todas: convence a los demás de renunciar a su propia responsabilidad sobre la verdad. Les dice, con voz suave y meliflua: No te preocupes, ya me encargo yo de pensar por ti. Y así el engañado se convierte en cómplice pasivo, no por maldad, sino por comodidad delegada. La verdad no delega. Va de cara, sin escondites, sin asesores ni relaciones públicas, y se queda ahí, en la calle, esperando pacientemente a que alguien decida por fin abrirle la puerta.
Porque al final, cuando se despoja a la mentira y al engaño de todos sus disfraces —el poder, el placer, la comodidad, el propio yo engordado hasta reventar—, queda una sola pregunta, pequeña y terrible: qué bandera estamos dispuestos a llevar. La mentira y el engaño ofrecen muchas, de todos los colores y todas las tallas. La verdad, en cambio, solo tiene una, y es de madera, pesa mucho y no promete comodidad alguna. Pero es, por alguna razón que la posverdad jamás logrará explicar, la única bandera bajo la cual un hombre pequeño puede, por fin, hacerse grande y eterno.
Eduardo Brunet, experto en financiación sostenible, es también articulista y conferenciante. Inició su camino en los Retiros de Emaús en 2014. Es coautor del libro 'Retiros de Emaús' (Almuzara)