Copias baratas, no gracias
«Una sociedad que deja de valorar al que crea termina premiando al que reproduce»
Hoy vengo a decirte una verdad inmutable. La quieras creer o no, es y punto: Dios nos hizo a todos únicos. Ninguno igual a otro. Nos hizo a su imagen y semejanza, pero distintos, con nuestras fortalezas y nuestras debilidades, con nuestras miserias y nuestros éxitos.
Y quizá por eso resulta tan curioso que nos empeñemos tanto en copiarnos.
Si somos miles de millones de personas, ¿por qué, cuando alguien tiene una buena idea, en lugar de inspirarnos buscamos la manera de hacer exactamente lo mismo? ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer el mérito ajeno y preferimos caminar sobre el camino que otro ya se ha encargado de abrir?
Lo vemos constantemente en España. Una marca pequeña dedica meses a pensar un producto, a diseñarlo, a probarlo, a equivocarse, a invertir y, finalmente, a sacarlo adelante. Hay ilusión, trabajo y también mucho riesgo detrás. Hasta que un día consigue que funcione, encuentra su público y empieza a hacerse un hueco.
Y entonces aparece alguien.
Alguien que mira, analiza y reproduce.
Misma idea. Mismo concepto. A veces, hasta el mismo aspecto.
Con una diferencia: quien llega después no ha tenido que asumir el coste de descubrir el camino.
Y aquí está lo verdaderamente injusto. No hablamos simplemente de que alguien haya tenido una idea parecida. Las buenas ideas, por suerte, pueden surgir en lugares distintos y al mismo tiempo. Hablamos de algo mucho más evidente: de mirar lo que otro ha construido, tomarlo casi tal cual y aprovecharse del trabajo previo para competir con quien tuvo que empezar desde cero.
Eso también lo vemos en el famoso top manta. Y no porque una falsificación vaya a ser idéntica al original, sino porque representa perfectamente una lógica que hemos normalizado: si puedo tener algo que se parece por mucho menos dinero, ¿para qué voy a valorar de dónde viene?
Pero sí importa de dónde viene.
Importa quién tuvo la idea. Quién puso el dinero. Quién apostó por ella cuando nadie sabía si funcionaría. Quién pasó horas diseñando, fabricando, probando y corrigiendo. Importa incluso el error, porque también forma parte del camino que permite que algo termine saliendo bien.
Una buena idea puede inspirar. De hecho, así es como avanzamos. Uno inventa, otro mejora, otro transforma y otro encuentra una nueva manera de hacerlo. Bendita competencia cuando sirve para superarnos.
Lo que no parece tan admirable es esperar a que otro haga el trabajo difícil para después reproducir el resultado y hacerle competencia desde una posición más cómoda.
Porque competir es mejorar. Copiar es ahorrarse el camino.
Y quizá deberíamos pensar un poco más en esto antes de celebrar cualquier cosa simplemente porque sea más barata.
Porque cuando una pequeña marca pierde frente a una copia, no desaparece solamente un producto. Puede desaparecer una oportunidad, un proyecto, un oficio, una empresa familiar o el sueño de alguien que decidió apostar por una idea propia.
Y lo curioso es que, mientras nos indignamos cuando copian una marca, pasamos años copiando personas.
Copiamos cómo visten, cómo hablan, qué compran, dónde van, qué opinan y hasta qué vida parece que quieren tener. Las redes sociales han convertido la comparación en deporte olímpico. Miramos tanto al de al lado que terminamos construyendo nuestra vida con piezas que ni siquiera hemos elegido nosotros.
Y ahí está el verdadero problema.
Que mientras intentamos parecernos a alguien, quizá estamos dejando sin descubrir quién podríamos llegar a ser.
Porque Dios ya hizo al otro. Y también te hizo a ti.
Te dio una manera de pensar que nadie tiene exactamente igual, una historia que nadie ha vivido, unas capacidades que quizá todavía ni siquiera conoces y una forma de mirar el mundo que puede aportar algo que no aporta ninguna otra persona.
No tiene mucho sentido pasarnos la vida intentando ser una versión barata de alguien que ya existe.
Admiremos. Aprendamos. Inspirémonos. Incluso copiemos alguna buena práctica si hace falta. Pero después pongamos algo nuestro. Una idea, una vuelta de tuerca, una forma diferente de hacerlo. Algo que diga: esto lo he construido yo.
Porque ahí está el valor.
En lo que nace de ti y no puede encontrarse en ninguna otra parte.
Quizá deberíamos empezar a mirar de otra manera a las pequeñas marcas, a los artesanos y a quienes se atreven a crear. Y también a nosotros mismos. Valorar el original no significa despreciar lo que hacen los demás; significa entender que detrás de aquello que funciona suele haber alguien que se atrevió a hacerlo primero.
Y eso merece respeto.
Porque una sociedad que deja de valorar al que crea termina premiando al que reproduce.
Y una persona que dedica demasiado tiempo a imitar a los demás termina sin descubrir quién podría haber sido.
Así que sí: admiremos las buenas ideas. Aprendamos de ellas. Hagamos cosas mejores. Pero dejemos algo nuestro en el camino.
Porque el mundo ya tiene suficientes copias.
Lo difícil, lo valiente y lo verdaderamente valioso sigue siendo crear algo que antes no existía.
Copias baratas, no gracias.