Quien habla no sentenciaJulia Marín Martínez

Tango, presidente del Gobierno

Os presento a Tango. Es mi perro. Un Border Collie. Tiene cuatro patas, muchísimo pelo, una mirada que te hace sentir culpable aunque no hayas hecho nada y una capacidad extraordinaria para conseguir que en esta casa todo termine girando alrededor de él.

Cada vez que salimos a la calle escucho lo mismo: «Los de esta raza son muy inteligentes».

Y yo al principio lo recibía como lo que era: un comentario amable que se le hace a cualquier dueño orgulloso de su perro. Pero después de observar a Tango durante un tiempo y, sobre todo, después de observar España durante los últimos meses, he empezado a pensar que quizá no sea una exageración.

De hecho, tengo una propuesta.

Tango debería ser presidente del Gobierno.

No lo digo porque sea mi perro. Precisamente porque es mi perro conozco sus defectos.

Para empezar, Tango sabe perfectamente lo que quiere. Si quiere salir a la calle, no existe el «luego». Insiste. Una vez. Dos. Diez. Las que hagan falta. Hasta que alguien cede. Tiene una capacidad de presión que ya quisieran muchos grupos parlamentarios.

Y además sabe defender su territorio. Lo vigila. Lo controla. Si alguien se acerca demasiado, Tango lo sabe.

En casa, de hecho, ha desarrollado una estrategia de defensa territorial bastante sofisticada: salta por la ventana, que llega hasta el techo, en cuanto detecta que alguien se acerca. No sé si esto entra dentro del concepto de seguridad nacional, pero desde luego demuestra que Tango no se anda con tonterías cuando considera que su territorio está en peligro.

Viendo lo que está pasando en Ceuta, creo que podríamos probar.

Mientras nosotros llevamos días hablando de fronteras, seguridad, inmigración y de quién tiene que hacer qué, Tango probablemente habría olisqueado la valla, habría levantado una oreja y habría entendido perfectamente el concepto: hasta aquí.

Eso sí, tiene una política exterior peculiar. Porque Tango se deja comprar por un buen jamón.

No por cualquiera. Tango tiene estándares.

Un buen jamón puede abrir una vía diplomática. Uno mediocre, no. Y esto, sinceramente, me parece una transparencia política admirable. Sabemos qué quiere, sabemos qué le gusta y sabemos que no se vende barato.

Bueno. Que no se vende barato, pero que se vende.

Luego está su faceta de artista. Si le tocas la flauta, Tango entona la nota que suena. Exactamente la misma. No una aproximación. No un «más o menos». La reproduce.

A mí me parece una demostración espectacular de inteligencia.

Aunque también puede ser que esté harto de que le toquemos la flauta. En cualquier caso, lo hace.

Y con esto ya tenemos cultura, música y sensibilidad artística en el Gobierno.

También tiene una habilidad física extraordinaria: le encanta caminar haciendo equilibrio por los bordillos. No utiliza la acera como una persona normal. Él necesita subir al bordillo, mantener el equilibrio y recorrerlo como si estuviera atravesando una cuerda floja.

No sé qué aplicación tiene esto en política.

Pero me parece un buen entrenamiento para gobernar España.

Porque hay que reconocer que mantenerse en equilibrio mientras todo se mueve alrededor tiene mérito.

Y hablando de moverse, estos días Granada ha vuelto a temblar. Después de los terremotos de los últimos días, la provincia ha vuelto a registrar nuevos seísmos y la preocupación vuelve a estar presente entre los vecinos.

Tango, ante un terremoto, seguramente haría lo más sensato: levantaría las orejas, comprobaría dónde estamos todos y buscaría un sitio seguro.

No convocaría una rueda de prensa. No culparía al Gobierno anterior.

No responsabilizaría a la oposición.

No anunciaría un comité de expertos para estudiar por qué la tierra ha decidido moverse.

Simplemente reaccionaría. Quizá la inteligencia sea eso.

Aunque Tango también tiene otra característica que, bien pensada, lo convierte en un candidato extraordinariamente realista: deja toda la casa llena de pelos, huellas y churretes y luego se desentiende completamente del asunto.

Eso sí, no es exactamente que se tumbe tranquilamente mientras los demás limpiamos. Porque cuando sacamos la aspiradora para intentar recuperar la casa que él mismo ha convertido en una extensión de su cuerpo, Tango la considera un enemigo de Estado.

La persigue.

La ataca.

Intenta comérsela.

No sé qué clase de relación tiene con la limpieza, pero desde luego no es colaborativa. Es decir, ya tiene experiencia de Gobierno.

Él crea el problema.

Los demás gestionamos las consecuencias.

Y cuando intentamos solucionarlo, se enfrenta al mecanismo encargado de hacerlo.

No sé si esto es una sátira política o una descripción bastante fiel de la Administración pública.

Además, tiene perfectamente claras sus prioridades. Mi madre es su bien más preciado. Como alguien se acerque demasiado a ella, aparece inmediatamente. No necesita que nadie le explique quiénes son los suyos.

Eso sí me parece una cualidad importante para un presidente. Saber a quién tienes que proteger.

Saber qué no puedes permitir. Y saber cuándo toca actuar.

Tango también tiene otra ventaja: no sabe fingir indiferencia. Si algo le gusta, se le nota. Si algo le molesta, también. No necesita un asesor de comunicación para preparar una declaración en la que diga exactamente lo contrario de lo que acaba de pensar.

Y, sobre todo, no se toma vacaciones. Bueno, técnicamente sí.

Después de llenar la casa de pelos, huellas y churretes, y de intentar comerse la aspiradora cada vez que pretendemos limpiar, Tango se tumba debajo del aire acondicionado con una tranquilidad que solo puede tener alguien absolutamente convencido de que otro se encargará de recoger lo que él ha dejado.

En eso, debo reconocerlo, tiene una visión institucional muy desarrollada.

Pedro Sánchez, por su parte, pasa agosto en La Mareta, su residencia oficial en Lanzarote, mientras España sigue lidiando con una actualidad bastante menos tranquila: Ceuta, los incendios del verano y ahora una Granada que vuelve a temblar.

Y aquí tengo que defender a Tango.

Porque Tango, si hubiera un problema en casa, al menos estaría en casa. No se iría a Lanzarote.

Se quedaría debajo del aire acondicionado. Pero presente.

Que tampoco es poco.

Por supuesto, tiene algunos inconvenientes para ser presidente. No sabe leer. No sabe escribir. No entiende de economía. No conoce la Constitución y probablemente crea que el déficit es algo que se come.

Pero tiene lógica.

Tiene instinto.

Sabe lo que quiere. Defiende su territorio. Protege a los suyos.

Consigue lo que quiere a base de insistir.

Sabe mantener el equilibrio cuando todo se mueve.

Es capaz de reproducir una nota musical con una precisión que algunos ministros envidiarían.

Y, sobre todo, tiene una cualidad que considero imprescindible para gobernar España:

cuando deja un problema detrás, al menos sabemos perfectamente quién ha sido. Así que sí.

Os presento a Tango.

Mi perro.

El Border Collie del que todo el mundo dice que es muy inteligente. Y yo ya no pienso discutirlo.

De hecho, creo que deberíamos hacerle un hueco en las próximas elecciones.

Tango, presidente del Gobierno.

Él pone los pelos.

Nosotros limpiamos.

Y, mientras tanto, que nadie le quite el aire acondicionado.

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