Quien habla no sentenciaJulia Marín Martínez

Mundial, sí; España, a lo mejor

«Me alegra escuchar un himno que ni siquiera tiene letra y que, aun así, todos sabemos cuándo emociona»

Qué curioso es este país.

Hace cuarenta y ocho horas, sacar una bandera de España del balcón podía levantar más cejas que una reforma fiscal. Hoy, después de ganar un Mundial, la misma bandera ondea en terrazas, coches, plazas y ventanas sin que nadie sienta la necesidad de justificarse. Parece que la licencia para querer a España dura exactamente noventa minutos... o una prórroga.

Tenemos un extraño complejo nacional. El único país que conozco donde hay quien pide perdón antes de decir que le gusta su propio país. «No, si yo la bandera la saco por el fútbol». Como quien aclara que el whisky era sin alcohol.

Y ahí está el problema.

Que hemos reducido el orgullo de ser españoles a una celebración deportiva. Como si el permiso para sentirnos parte de algo solo lo concedieran once futbolistas levantando una copa.

La bandera no gana partidos. Los juega la gente.

La juegan quienes madrugan cada mañana para levantar un negocio. Quienes investigan en laboratorios. Quienes cuidan de nuestros mayores. Quienes enseñan en las aulas. Quienes sirven un café en un bar de carretera a las siete de la mañana.

Quienes construyen, crean, emprenden, escriben, curan y sacan adelante un país mucho antes de que empiece un Mundial.

Y, sin embargo, parece que solo nos atrevemos a celebrar España cuando el marcador dice 1-0.

Es una rareza muy nuestra.

En Portugal no tienen complejo por ser portugueses. Los italianos no esconden el tricolor cuando acaba la Eurocopa. Los franceses no descuelgan su bandera porque ya haya pasado el Tour. Solo aquí parece que la rojigualda tiene fecha de caducidad.

Como si querer a España necesitara autorización administrativa.

No confundamos las cosas. Amar un país no consiste en pensar que es perfecto. Eso sería fanatismo. Amar un país consiste precisamente en querer que sea mejor. En criticarlo cuando toca, exigirle cuando falla y celebrarlo cuando acierta.

Porque España no es un gobierno. Ni un partido. Ni una ideología.

España es mucho más antigua que todos ellos y, con un poco de suerte, también les sobrevivirá.

Por eso me alegra ver balcones llenos de banderas. Me alegra escuchar un himno que ni siquiera tiene letra y que, aun así, todos sabemos cuándo emociona. Me alegra que un Mundial consiga recordarnos que compartimos mucho más de lo que discutimos.

Lo que no me gustaría es que dentro de una semana esas mismas banderas vuelvan al cajón, junto a las luces de Navidad y la sombrilla de la playa.

Porque el Mundial termina. España, afortunadamente, no.

Y el orgullo de pertenecer a ella tampoco debería hacerlo.

comentarios

Más de Córdoba - Opinión

tracking

Compartir

Herramientas