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TRIBUNAp. Pablo Gabriel Casas Aljama

Covadonga, cinco meses que dejaron una eternidad de amor

Su corta vida deja también un mensaje que merece ser escuchado: una vida vulnerable no vale menos. Covadonga no necesitó muchos años para demostrarlo. Le bastaron cinco meses para llenar de amor a su familia, despertar oraciones y tocar el corazón de quienes conocieron su historia

Hay vidas que duran muchos años y apenas dejan huella. Y hay vidas que duran solamente casi cinco meses y son capaces de cambiar para siempre el corazón de quienes las rodean.

Covadonga se nos fue con apenas cinco meses de vida. Nació con síndrome de Down y con una cardiopatía congénita muy severa. Desde el principio, su historia estuvo acompañada de incertidumbre y preocupación. Se llegó desgraciadamente a proponer a sus padres la posibilidad de interrumpir el embarazo. Ellos nunca lo contemplaron. Nunca dudaron de que aquella niña tenía derecho a nacer, a ser querida y a luchar por su vida.

Y así comenzó una historia de amor inmensa.

Han sido cinco meses de hospitales, pruebas, noches difíciles, preocupación y sufrimiento. Cinco meses en los que sus padres han tenido que sacar fuerzas de donde apenas quedaban. Pero también han sido cinco meses de caricias, de sonrisas, de abrazos, de oración y de una confianza en Dios que no abandonaron ni siquiera en los momentos más duros.

Rezaron por su hija. La pusieron una y otra vez en las manos de Dios. Pidieron por ella. Esperaron. Lucharon. Y, sobre todo, la amaron.

Covadonga sonreía a menudo. Difícilmente los que la hemos conocido podremos olvidarla.

Era una sonrisa pequeña, limpia, luminosa, de esas que no necesitan palabras para decirlo todo. Y también estaban sus balbuceos, sus sonidos de bebé, esa pequeña presencia que llenaba la vida cotidiana de una familia.

Ahora sus hermanos seguirán llenando la casa de voces, juegos, movimiento y probablemente seguirán dibujándola en sus folios. Pero falta ella.

Faltarán sus balbuceos.

Faltará su pequeña presencia.

Y, sobre todo, faltará su sonrisa.

Ese es uno de los dolores más grandes para sus padres: acostumbrarse a no verla sonreír.

Pero la fe les permite mirar más allá de lo que ahora pueden comprender.

Porque quienes hemos rezado por Covadonga durante estos cinco meses podemos hoy levantar los ojos al cielo y confiar en que ella ya está donde no existe el dolor.

La imaginamos contemplando cara a cara el rostro de Dios. Junto a la Virgen María. Junto a los santos a los que tantas veces hemos pedido que intercedieran por ella, como al joven S. Carlo Acutis.

Y quizá ahora haya cambiado el sentido de aquellas oraciones.

Durante cinco meses, sus padres rezaron por Covadonga. Renovaban sus fuerzas comulgando en la UCI.

Ahora podemos confiar en que Covadonga reza por sus padres, hermanos y familia entera.

Quizá aquella niña que necesitó tanto cuidado aquí abajo se haya convertido ya en una pequeña gran intercesora desde el cielo.

Su corta vida deja también un mensaje que merece ser escuchado: una vida vulnerable no vale menos. Covadonga no necesitó muchos años para demostrarlo. Le bastaron cinco meses para llenar de amor a su familia, despertar oraciones y tocar el corazón de quienes conocieron su historia.

Sus padres no eligieron el camino fácil. Eligieron el camino del amor.

Ellos eligieron acoger a su hija.

Después lucharon por ella cada día.

Y ahora tendrán que aprender a seguir amándola desde aquí, mirando hacia el cielo.

Cinco meses parecen muy poco.

Pero quizá ante Dios el tiempo se mide de otra manera.

Porque Covadonga ha vivido cinco meses entre nosotros.

Y su sonrisa puede permanecer para siempre en el corazón de quienes tuvimos la dicha de. conocerla.

El P. Pablo Gabriel Casas Aljama es capellán del hospital universitario Virgen del Rocío (Sevilla)

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